CÁDIZ

CÁDIZ

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Recostado en una almena del Castillo de San Sebastián, a la sombra del faro y bañado por la luz del océano, retrocedo cuarenta años en el calendario para evocar nostalgias en la Caleta vestido de color caqui, cuando la milicia universitaria se me antojaba castigo y el destierro apenas era consolado por las cartas que llegaban al fugaz descanso de la sobremesa estival.

Permanece la estrechez de la pasarela que nos llevaba desde el castillo a la ciudad y continúan las mareas con su ir y venir cegando y liberando los ojos del serpenteante recorrido que separaba la vida civil y militar, pero no hay rastro de la taberna donde burlábamos la disciplina del uniforme con ropa de paisano, para facilitar encuentros con las faldas, imposibles de lograr con las botas de hebillas y el gorro cuartelero.

Aquí sigue Puerta Tierra, el Teatro Romano y la catedral de Santa Cruz reflejando la luz del sol en sus azulejos dorados. Tampoco se ha movido del sitio donde quedaron, el monumento a las Cortes, la cárcel Real y el descendiente del achacoso vaporcito Adriano II que nos ha llevado una vez más al Puerto de Santa María, para recordar a Rafael Alberti y visitar los cocederos que muestran afanosos sus mariscos.

Pero no queda rastro por las calles gaditanas de los quioscos de fritura, cuando los pescaítos pasaban del cucurucho de papel a la mesa del bar, acompañados de cerveza y bromas de los paisanos a los jóvenes milicianos que hasta allí llegábamos desde todos los rincones de España, para hacer sonar los cañones del 15/24 emplazados en la terraza superior de la fortaleza.

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