La infancia es la edad de la inocencia y la obediencia; la juventud es incertidumbre y  rebeldía; entre 40 y 60 años domina la certeza, el dogmatismo y poderío; pero quienes van delante de estos los miran sonriendo sabiendo que llegarán donde ellos están, con la templanza, tolerancia, capacidad de perdón y humildad que en su efímero trono no sospechan.

Sueñan los emigrantes al sur del Sahara con tierras de promisión que alejen sus estómagos de la hambruna y terminan desgarrados en concertinas, colgando en ellas el sueño redentor de la indigencia. Su delito: nacer en el sur. Su ambición: sobrevivir. Su pecado: ninguno. Su error: dejarse engañar. Su ingenuidad: confiar en otros hombres. Su esperanza: comer algo cada día. Su destino: la pobreza. Su realidad: el fracaso en la redención de la injusta indigencia que los condena, en un mundo sobrado de alimento recursos para todos.

Si las miradas que llevan al encuentro inesperado de dos almas gemelas concluye en venturosa pertenencia mutua con vocación duradera, entonces se produce el milagro entre quienes disfrutan la sorpresa desprevenida y el casual acercamiento que redime y altera el ritmo de su sangre, provocando felices extrasístoles que sobrepasan la frontera de la piel.

Ser padres de padres es privilegio exclusivo de abuelos, hermanos de sangre de “yayos” y herederos de “abus”, con mérito intransferible de llevar a los nietos en volandas por la vida, abanderando ternura, entrañable dulzura, palabra sabia, complaciente tolerancia y generosa entrega, como preciados talismanes que solo otorga la abuelidad, condecorando de amor la solapa de sus almas.

Condeno la pena de muerte con la misma fuerza que rechazo la pena de vida para las personas que expresan libre y conscientemente su voluntad de ser ayudados a dejar este mundo sin dolor y cuanto antes, cuando el revisor del tren de la vida les ha picado el billete para el gran viaje, porque nada reporta el sufrimiento gratuito si el dolor no lleva a curación alguna, ni cuestiona la sagrada misión del médico por salvar la vida del enfermo, cuando ésta es insalvable.

No conozco persona desenfadada, indulgente, bienhumorada y feliz ocupada en hacer daño a los demás. La maldad, el rencor, la incapacidad de perdón y el espíritu vengativo son propios de espíritus infelices y moralmente mediocres que dañan a los demás, sin percibir que el perjuicio ocasionado es un búmeran que los hunde cada vez más en la infelicidad, la frustración y la amargura.

La comida de ayer me trajo recuerdos infantiles de “cuarto y mitad”, “cuartillo”, “perras” y “rubias”; “ultramarinos” con olor a especias, donde se cortaban las bacaladas con enorme cuchillo, pesadas en la “romana”; “mandiles” y “fardeles”; aceite servido a golpes de émbolo y manivela; “achicoria” despistando al café; licorería de “quinados”; y “cocidos” en pucheros templados con carbón, en fogones encenizados.