MADUREZ

MADUREZ

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El precio a pagar para alcanzar la madurez es simplemente haber vivido, siendo la experiencia personal el único aprendizaje que no está en los libros, y el camino a una sabiduría inalcanzable para los jóvenes que consideran saberlo todo, aunque sea más lo que ignoran que lo que conocen.

La madurez es un espacio vital de plenitud al que se llega después de haber pasado por la turbulenta la juventud y antes de llegar a la sosegada vejez, dominado por el buen juicio, la templanza, el respeto, la prudencia, el conocimiento, la sensatez y el juicio benevolente sobre los errores ajenos.

También conforman la madurez: el equilibrio mental, la fortaleza de pedir ayuda, la humildad de solicitar perdón, la templanza ante el fracaso, la moderación por el éxito y la buena disposición a llevar de la mano a quienes van hacia ella despistados por el camino, con el alma en vilo, demasiada prisa, sobrada autosuficiencia y desmedido entusiasmo, sin escuchar la voz de quienes ya recorrieron el paraje donde ellos se pierden.

A la madurez se llega dejando íntimos pelos en la gatera de la vida y llevando cicatrices en los ojos camino de la estación término, hacia donde vamos con heridas en el alma y costurones en el cuerpo; con artrosis espiritual y reúma en las articulaciones; con fracturas de espíritu y roturas óseas; con desgarrones anímicos y decepcionantes arañazos, que dejaron en nosotros huella duradera.

Tal es el patrimonio de la madurez, que sólo se adquiere madurando. Regalos de la vida que se unen a los de nuestros predecesores sin pedir consentimiento y que aceptarán los sucesores, cuando no haya tiempo en los relojes para el arrepentimiento por tan largas horas perdidas en busca de lo innecesario sin dar oportunidad al encuentro, la paz, el diálogo, las sonrisas y el amor.

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