LA OTRA CARA DE BOTSUANA

LA OTRA CARA DE BOTSUANA

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Botsuana es un país que tiene en su territorio algo más importante que animales en el punto de mira de rifles millonarios y cacerías reales con monarcas bien acompañados por faldas, que abandonan a sus profesionales mujeres en palacio para irse a disparar con fusiles a cabezas de elefantes, rompiéndose caderas en torpes caídas provocadas por efluvios etílicos, aromatizados con humores corporales por el esfuerzo realizado sobre una cama en vaivenes anónimos dentro de la cabaña.

Es bueno saber que Botsuana tiene otra cara alejada de matanzas placenteras para ricos ociosos, poco interesados en la mayor concentración de arte rupestre del mundo que se esconde en cuatro colinas de Tsodilo sobre el desierto de Kalahari, tres de las cuales tienen por nombres “Macho”, “Hembra y “Niño”, siendo declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001.

Este paraje, conocido como “Louvre del desierto”, llamado por los bosquimanos «Montañas de los dioses» y «Rocas que susurran», es un museo natural con 4.500 pinturas en un espacio de apenas 10 kilómetros cuadrados, que son un relato cronológico de las actividades realizadas por los seres humanos que allí habitaron, reflejando también los cambios ambientales que han tenido lugar durante 100.000 años.

Afloramientos religiosos de las comunidades que allí habitaron, siendo respetados por espíritus ancestrales obras con dos mil años de antigüedad, figuras geométricas con mil años de vejez y pinturas de animales vacunos posteriores al siglo VI, cuando estos animales llegaron al territorio botsuano.

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