RESTOS TRASHUMANTES

RESTOS TRASHUMANTES

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El deseo expresado por los vivos de que los muertos descansen en paz, lo expresan con las siglas R.I.P. que significa Requiescat In Pacen, es decir, descanse en paz. Esto le sucede a casi todos los ciudadanos que son llamados al valle de Josaphat, pero en el caso del conquistador de México no se cumple esto, sino todo lo contrario.

Hernán Cortés expresó en su testamento el deseo de ser enterrado en el convento mexicano de Coyoacán, pero como su muerte se produjo el 2 de diciembre de 1547 en el sevillano pueblo de Castilleja de la Cuesta, sus restos fueron a parar a una cripta del monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, propiedad del duque de Medina Sidonia, y allí estuvieron tres años hasta que pasaron junto al altar de Santa Catalina del mismo monasterio.

En 1566 los restos de Cortés fueron trasladados al templo mexicano de San Francisco en Texcoco, junto a su madre y una de sus hijas, donde descansaron hasta 1629 en que pasaron al altar mayor de la misma iglesia. Pero una remodelación de la capilla en 1716 obligó a llevar lo que del conquistador quedaba, a la parte posterior del retablo mayor, donde permanecería 78 años.

En 1794, ordenó el virrey exhumar de nuevo la osamenta sifilítica del conquistador y llevarla a la iglesia contigua al mexicano hospital de Jesús, pensando que sería el último viaje de sus huesos. Pero no fue así, ya que pasados veintinueve años, en 1823 tratando de evitar una profanación de los restos con motivo de la recién conquistada independencia mexicana, fueron escondidos bajo la tarima del templo del hospital de Jesús hasta 1836.

Ese año, con los ánimos populares más calmados, fueron depositados en un nicho sobre la pared, donde fueron encontrados 110 años después, poniendo sobre el muro una placa de bronce con el escudo de armas de Cortés grabado y la inscripción: HERNÁN CORTÉS
 1485 – 1547, obteniendo sus huesos el descanso definitivo tras 8 cambios de destino.

Pero nada sabemos del paradero de su alma, porque entre los frascos que guardaba el indio Tomás, almero de Usumacinta, con las almas de los muertos, no se encontraba la del conquistador, obligando a pensar que algún espíritu azteca la robó del almario para que estuviera errando eternamente en busca de asentadero hasta redimir los abusos, expolios y muertes de tantos indígenas inocentes.

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