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Día: 21 diciembre 2013

WASHKANSKY, BARNARD Y DARVALL

WASHKANSKY, BARNARD Y DARVALL

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Hace hoy 46 años que el corazón del primer hombre trasplantado dejó de latir en el pecho donde lo habían hospedado un equipo de cirujanos, sin prevenir el rechazo celular del cobaya humano que prestó su cuerpo para que otros vecinos pudieran sobrevivir durante años con un corazón prestado.

Una lesión de corazón, la muerte cerebral de una accidentada y el arrojo científico de un cirujano, se reunieron en un quirófano la madrugada del domingo 3 de diciembre de 1967 para escribir el nombre de Louis Washkansky en las páginas de la historia, sin que el enfermo tuviera otro mérito que sobrevivir dieciocho días al primer trasplante de corazón, realizado esa noche en el Groote Schuur Hospital de Ciudad del Cabo, por el joven cardiólogo Christian Barnard, artrítico ya entonces desde hacía once años.

La inmolación de Louis no hizo más que adelantar unos días el desenlace fatal que esperaba a este judío lituano, cuando ya la insuficiencia respiratoria congestiva le impedía seguir despachando mercancías en una tienda, firmando su sentencia de muerte al dejarle paulatinamente sin aliento ni diástole vital.

Barnard gozó durante los 34 años que sobrevivió a la operación, de fama, dinero, honor, romances y gloria, hasta que un ataque de asma se lo llevó por delante en Chipre a la edad de 78 años. En cambio, Louis murió sin saber que su nombre aparecería en todos los tratados de Medicina, en diccionarios, enciclopedias, periódicos y revistas, siendo borrado de la memoria colectiva de los ciudadanos del mundo.

Menos recuerdo queda de la joven donante de 25 años Denise Darvall, mantenida con vida a golpes de heparina tras el accidente de coche sufrido, para que no se coagulara su sangre, hasta que se cansó de vivir, poniendo a cuatro cirujanos en marcha bisturí en mano, que extrajeron de su pecho el corazón todavía latiente que esperaba Louis, anestesiado en otro quirófano a veinte metros de distancia, dejando atrás una muchacha descorazonada tras su muerte cerebral, con sus cejas negras intactas, mientras los vecinos de Ciudad del Cabo dormían ajenos a su tragedia.