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Día: 10 diciembre 2013

DULCE MARÍA LOYNAZ

DULCE MARÍA LOYNAZ

Loinaz

Aunque inevitable la muerte y doloroso el recuerdo, es obligado evocar el olvido de los “pocos sabios que en el mundo han sido”, pero gratifica más conmemorar la venida al mundo de las personas que han dejado huella duradera entre nosotros, como sucede con la poetisa cubana Dulce María Loynaz, que hoy cumpliría 111 años de vida, si la parca no hubiera hecho de las suyas con el romántico corazón de la soñadora.

Quiso María de las Mercedes llamarse Dulce María, porque fue dulce su sentimiento, miel su nostalgia, ambrosía sus versos y néctar su poesía, haciendo universal la lírica que inició su andadura recostada en el malecón de Habana, tejiendo melancólicas esperanzas en noches redimidas de luz, mientras rescataba la belleza de la vulgaridad diaria.

Viajera incansable por diferentes países hasta hacerse isleña canaria adoptiva, recordando el primer poema de su alma que vio la luz en La Nación a sus juveniles diecisiete años, sin haber pasado por aulas escolásticas formales, antes de doctorarse en leyes y sentir la fascinación del asombro ante la tumba de Tutankamón.

La revolución cubana llevó a Loynaz a un largo exilio interior en el caserón familiar del barrio habanero El Vedado, donde su apoliticismo la mantuvo alejada del nuevo régimen isleño, y en ese rincón permaneció a pesar de las invitaciones recibidas para abandonar su Cuba natal y residir en España, sin dejarse persuadir por la oferta.

A las reuniones intelectuales celebradas en su casa asistieron amigos suyos que fueron maestros literarios como García Lorca, Juana de Ibarbourou y los Nobel Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez, con quienes se reencontró en la eternidad el 15 de abril de 1997, cuando un paro cardiorrespiratorio decidió terminar con sus 94 años de vida.