JOSHUA BELL

JOSHUA BELL

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A primera hora de una ajetreada mañana americana cuando la ciudad de Washington comenzaba a desperezarse, un joven de treinta años se acomodó junto a la papelera en una estación de metro, apoyó el violín en su hombro y estuvo deslizando el arco sobre sus cuatro cuerdas durante una hora.

Pasaron ante él sin detenerse más de mil personas que viajaban hacia “la noche oscura para el suicidio del que desespera”. Sólo siete de los pasantes por aquella “subterránea y basta gusanera” donde se cataba el secreto de la tumba, detuvieron varios segundos su acelerado paso frente al músico.

Nadie aplaudió su actuación, pero algunos arrojaron de paso monedas a la funda del violín hasta alcanzar 37 dólares en calderilla, permitiendo bromear al músico mientras recogía los centavos y algún dólar suelto, diciendo que con ese dinero podría vivir, sin tener que pagarle a su agente.

Sólo fue reconocido el violinista callejero por la señora Stacy Fukuyama, trabajadora del Departamento de Comercio, que había pagado tres semanas antes 100 dólares por asistir al concierto que el virtuoso más cotizado, Joshua Bell, había dado en la biblioteca del Congreso.

La anónima actuación del gran violinista fue organizada por el periódico The Washington Post como parte de un experimento social que pretendía analizar la sensibilidad y prioridad de las personas, preguntándonos de forma indirecta a los seres humanos si teníamos tiempo para la música, el arte y la belleza.

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