CIELO E INFIERNO

CIELO E INFIERNO

Habiéndome olvidado de cumplir la promesa hecha el pasado día 8 de septiembre, un buen amigo me recuerda el compromiso que hice ese día de explicar en este blog dónde está “mi cielo” y “mi infierno”. Algo que me obliga a pedir disculpas por el retraso sin demorar ni un segundo más la respuesta.

Mi cielo se encuentra en el mismo lugar que lo sitúa el santificado escritor Lucas en el capítulo 17 de su libro, cuando afirma en el apartado 21 que el reino de Dios está entre nosotros. Siento esto así, y así lo creo, es fácil imaginar que el cielo se encuentra en la sonrisa de los niños, en los gestos de solidaridad, en la ayuda mutua, en la verdad sincera, en la generosidad desprendida, en la honradez demostrada, en el respeto al discrepante, en la paz sostenible, en la amistad leal, en la lectura de un libro, en la música preferida, en el paseo compartido, en compartir algo hermoso, en abrazar a la persona amada, en el humor que libera beta-endorfina,  en la capacidad de perdonar,  en el agua que sacia la sed, el pan que destierra la hambruna, en el beso de buenas noches y por supuesto, en el amor sin exclusiones, que nos libera de miserias morales.

Sin pecar de soberbia que al infierno me condene, no estoy de acuerdo con Lucas (16,23), ni con Mateo (13,42), ni con Marcos (9,46), ni con el arte litúrgico, porque en mi infierno no hay más llamas que las procedentes de las hogueras inquisitoriales. Para quien hace públicos estos pensamientos, el infierno se encuentra en la muerte prematura de alguien querido, en la enfermedad que rompe el alma, en el sufrimiento inmerecido, en la injusticia social, en el desengaño de la amistad, en las chabolas de cartón piedra, en la especulación de la pobreza, en la explotación de la miseria, en el abuso de los patrones, en el desprecio de los poderosos , en la sinrazón de las balas, en las viudas y huérfanos de guerras, en la usura de los banqueros, en las lágrimas de los desahuciados, en la muerte por inanición, en la mentira como oficio, en el enriquecimiento con sangre ajena, en la hambruna y en las pateras desesperadas.

La ventaja de mi cielo es que está al alcance de cualquiera que lo persiga llevando el corazón en la mano. Y el consuelo del infierno es que su castigo no es eterno, pues apenas dura el tiempo que la vida nos concede, por canalla que ésta sea para nosotros.

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