ANTORCHA HUMANA

ANTORCHA HUMANA

Me han conmovido el alma y sublevado el espíritu, las imágenes de la joven monja budista Palden Choetso ardiendo inmóvil en una calle de Tawu, hasta caer al suelo desmadejada en  cerro de cenizas, para reclamar los derechos de un Tibet libre.

Novena inmolación en poco tiempo, rociada con inflamable espíritu de 35 años vividos en la impotencia y frustración, sin más más salida de protesta que el suicidio.

Palden se plantó sobre el asfalto con el bidón de gasolina, una caja de cerillas y la voluntad firme de mantenerse ardiendo en pie para gritarle al mundo que la libertad de credo no puede ser aguijoneada por espuelas de intolerancia ni abuso de inquisidores .

El suicidio de esta monja ha transformado el ciclo de reencarnaciones en su credo, pero ella ha preferido perder posiciones en el mismo a cambio de golpear la moral de los despachos políticos, con el fin de lograr la libertad de sus hermanos tibetanos y los “programas de reeducación patriótica”.

No ha sido la locura causa de la expiación, ni tampoco el desamor a la vida, sino el deseo de emancipar a los hermanos de yugos y humillantes servidumbres, la causa que la ha llevado a ofrecer su vida por la patria y la fe, haciendo que la responsabilidad del acto caiga sobre quienes la obligaron a inmolarse para exigir libertad.

Ha pretendido Choetso hacer con su pira un arma contra el invasor y dar un tremendo aldabonazo a las conciencias occidentales que toleran silenciosas el atropello de un pueblo indefenso.

Por eso, quiero desagraviar mi dolor inmolándome con ella para hacer más llevadera mi estancia en esta magnífica cloaca, así definida por Marcuse y denunciada hace pocos días en el Parlamento Europeo por su seguidor Daniel Cohn-Bendit, en una histórica intervención que está dando la vuelta al mundo, de ordenador en ordenador.

Para los occidentales es difícil comprender la consolación que producen tales suicidios en el espíritu de quienes los practican, desde que el monje budista Thich Quang Duc se quemó vivo en una calle de Saigón el 11 de junio de 1963.

Por eso, me consuela pensar que para Choetso la muerte no ha sido una tragedia, ni un sufrimiento físico, porque se inmoló convencida que morir bien es mejor que vivir mal, pues malvivir es el mayor sacrificio.

Alguien que se prende fuego por un ideal, sin dar un solo grito, es un héroe al que todos debemos respetar.

Por eso, me inclino ante Palden ahogando lágrimas de dolor, mientras deposito en el asfalto chamuscado esta vela de adviento cristiano que hoy ilumina mi bitácora.

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