VERSOS EN LA TARIMA

VERSOS EN LA TARIMA

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El comienzo del curso académico es buen momento para recordar que durante muchos años de mi vida profesional mantuve la buena costumbre de invitar a los alumnos a que cada día subiera uno de ellos a la tarima, para leer un poema de su preferencia, elegido a gusto de quien le tocaba intervenir, antes de comenzar la clase de Física de cada día, negándome siempre a sugerirles poesías concretas.

Con esta sencilla forma de abrir la clase, hurtábamos un par de minutos a los conceptos y teorías que venían después, obligándome hoy a declarar que esta hermosa costumbre me deparó más sorpresas, alegrías, encuentros y satisfacciones que todas las sesudas leyes y demostraciones que emborronaban la pizarra después de tan dulce destierro a los versos, en la escolástica rutina cotidiana, dando oportunidad a los versos para aventar algunas inquietudes juveniles en los pupitres.

No solo a mí reconfortaban y estimulaban los poemas leídos por los alumnos, pues muchos de ellos los quedaron grabados a en su memoria, como me comentaban Juan y Raquel, marido y mujer, antiguos alumnos y actuales docentes, que mantienen la costumbre que deposité en su alma adolescente, con un recuerdo hacia este profesor por llevarles cada mañana de la mano al misterioso país de los versos.

Gesto cotidiano sin más pretensión que despertar en almas jóvenes mundos viejos y más felices que los saberes cartesianos y la rigidez de los principios científicos, alejados del mundo real que les tocaba vivir en el romanticismo del primer encuentro amoroso, la primera queja social o la primera entrega de la intimidad en unos versos para declarar el amor a la vida y la esperanza en la verdadera resurrección del hermanamiento solidario y comprometidas con el mundo áspero de cada día.

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