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SALAMANCA LA BLANCA

SALAMANCA LA BLANCA

El azar puso frente a mí una columna de humo blanco que oscilaba a merced del viento, llevando la curiosidad mis pasos hasta un monstruo de hierro que bufaba echando humo por diferentes respiraderos como si de una inmóvil máquina de vapor se tratara, a punto de expandir sus cenizas por los aires.

Dice bien la canción cuando dice que a la blanca Salamanca la mantuvieron los carboneritos rurales que iban y venían de un lugar a otro, en tiempo se sequía social, cuando los troncos de encina se ahumaban en túmulos cubiertos de tierra, hoy sustituida por el hierro que deja toberas al descubierto para liberar el humo en dispersas nubes blancas, sin otro oficio que carbonizar la madera vegetal que aún templa cuerpos en invierno con cisco en brasero removido donde la badila “firma” “escarbones”, alimenta fraguas y vitaliza pucheros en cocinas abiertas el cielo, ahumadoras de embutidos milagrosos.

Negrura vegetal de carboneritos entrañados en Villalba, Matilla de los Caños, Robleda y otros pueblos salmantinos que atestaban los vagones ferroviarios llevando el carbón de encina y cisco de roble a diferentes puntos de la geografía española, manteniéndose los carboneritos en el insomnio de las cabañas, con carne de matanza y vino de pitarra.

Oficio en extinción por empuje de combustibles fósiles líquidos y kilowatios de centrales eléctricas, que han enterrado las carboneras rurales en musgo y barro, olvidándose los enterradores de recordar a los pupitres que fue el carbón durante siglos sustento de vida, cuando la electricidad era inalcanzable quimera, los gases combustibles desconocidos, la respiración vaho doméstico y los sabañones amigos.

VERSOS EN LA TARIMA

VERSOS EN LA TARIMA

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El comienzo del curso académico es buen momento para recordar que durante muchos años de mi vida profesional mantuve la buena costumbre de invitar a los alumnos a que cada día subiera uno de ellos a la tarima, para leer un poema de su preferencia, elegido a gusto de quien le tocaba intervenir, antes de comenzar la clase de Física de cada día, negándome siempre a sugerirles poesías concretas.

Con esta sencilla forma de abrir la clase, hurtábamos un par de minutos a los conceptos y teorías que venían después, obligándome hoy a declarar que esta hermosa costumbre me deparó más sorpresas, alegrías, encuentros y satisfacciones que todas las sesudas leyes y demostraciones que emborronaban la pizarra después de tan dulce destierro a los versos, en la escolástica rutina cotidiana, dando oportunidad a los versos para aventar algunas inquietudes juveniles en los pupitres.

No solo a mí reconfortaban y estimulaban los poemas leídos por los alumnos, pues muchos de ellos los quedaron grabados a en su memoria, como me comentaban Juan y Raquel, marido y mujer, antiguos alumnos y actuales docentes, que mantienen la costumbre que deposité en su alma adolescente, con un recuerdo hacia este profesor por llevarles cada mañana de la mano al misterioso país de los versos.

Gesto cotidiano sin más pretensión que despertar en almas jóvenes mundos viejos y más felices que los saberes cartesianos y la rigidez de los principios científicos, alejados del mundo real que les tocaba vivir en el romanticismo del primer encuentro amoroso, la primera queja social o la primera entrega de la intimidad en unos versos para declarar el amor a la vida y la esperanza en la verdadera resurrección del hermanamiento solidario y comprometidas con el mundo áspero de cada día.