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JOVEN ANCIANO

JOVEN ANCIANO

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La casualidad puso ayer delante mis ojos en la pantalla televisiva a un joven hablando con palabras de ancianidad a la que nunca espero llegar, aunque la vida me conceda la desgracia de ser inservible centenario en manos ajenas, sin posibilidad de encontrar una enfermera como la de Johnny cuando dejó su fusil y le taparon la cara.

Tales fueron las palabras de este joven anciano, que sospeché tratarse de un truco mágico en la que un viejo reviejo se había puesto careta joven para disimular su rostro ajado, pero no fue así. Se trataba de la imagen real-real de un joven-joven, que se expresaba con ideas de viejo-viejo, sin que el director de escena gritara ¡corten!, y el responsable de emisiones de la Bola del Mundo en Navacerrada, cortara la emisión.

Yo, que tantas veces he pedido a mis hijos y alumnos rebeldía y fuerza para luchar contra todos los molinos de la vida, me encontraba ante un joven anciano moralmente moribundo, resignado a su injusta desgracia, que daba paternales consejos de confesionario a otros jóvenes con voz doblada por el miedo, pidiéndoles paciencia bíblica, humildad evangélica, esperanza en providenciales sortilegios, apuntillada con el deseo de que tuvieran suerte en la lotería y les acompañara la fortuna de un braguetazo que les resolviera la vida.

El discurso de este anciano de veintitantos años hubiera ganado un concurso galáctico de monólogos, provocando carcajadas en los marcianos, fraternales paisanos de este ejemplar de fauna extinguida, del que afortunadamente solo queda él como muestra en la Tierra.

AL ENCUENTRO DEL AMOR

AL ENCUENTRO DEL AMOR

ENCUENTRO CON EL AMOR

Cuando bromeaba con mis alumnos y alumnas preguntándoles si estaban enamorados, me miraban con ojos sonrientes y picardía juvenil, antes de responderme lo que correspondiera, pero siempre refiriéndose al amor en las dos primeras acepciones que el académico diccionario propone, obligándome a seguir la broma advirtiéndole que me refería a si estaban enamorados de la vida, más allá de su sentimiento hacia otra persona.

No es preciso tener frente a nosotros una pupila para sentir profundo amor por el objeto amado que nos convulsiona el ánima invirtiendo el rumbo de la sangre, pues el amor es grande e inabarcable dándonos oportunidad de quedar irremediablemente prendados de un gesto, una virtud, una cualidad o un objeto, incluso de la propia vida, a la que amamos desde que tomamos conciencia de la muerte, quedando a la espera de su visita para llevarnos hacia el viaje definitivo.

Amores desengañados o fieles y perdurables, que desbordan el intercambio de sentimientos entre seres de nuestra especie, demostrando la experiencia que el amor a otra persona es el más inestable de todos los posibles en muchas ocasiones, el menos duradero, el más decepcionante, el que menos garantiza la felicidad y el que más hace sufrir, cuando la convivencia se torna escurridiza, la rutina toma cuerpo, aumentan los bostezos y se apaga la chispa del encuentro con la novedad diaria.

Es entonces cuando toman fuerza otros enamoramientos, como el amor a la belleza y a la generosidad, a la obra bien hecha, a la paz, a la vida, a un paisaje, al crepúsculo encendido, a la esperanza incluso desesperanzada, a la justicia, a la amistad y al amor propio como garante de amor eterno y perduración amorosa.

COMIENZO DE CURSO

COMIENZO DE CURSO

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Declaraban ayer unos padres su alegría por el inminente comienzo de curso ya que podrían “empaquetar” a sus hijos y enviarlos a la escuela, quedando ellos descargados de problemas filiales, sin pensar que otros cargarían con ellos, ni agradecimiento alguno a los porteadores de sus dificultades, por parte de quienes quedan liberados de la carga.

A tal ingratitud se añade con frecuencia la incomprensión y críticas al colectivo de profesionales que tiene que soportar a treinta niños y jóvenes tan molestos como esos dos hijos de los felices padres que se hacen insoportables en ocasiones, sin que los maestros puedan quejarse ni poner mala cara ante el grupito de indomables que este año les toque.

No solo deben hacer bien su oficio los profesores, educando e instruyendo a los hijos de los vecinos, sino que tienen que soportar en silencio y por añadidura las impertinencias y faltas de respeto de alumnos y padres, porque en estos tiempos hay papás que se suman a los hijos en sus ataques y críticas a los profesores, sin percibir el error que cometen.

Deseo, pues, a los profesores la mejor de las suertes en el comienzo del nuevo curso, y les pido que tengan la paciencia que muchos padres no tienen con sus hijos, el interés por su oficio para suplir el abandono institucional de la enseñanza, el esfuerzo por seguir dignificando una hermosa profesión tan maltratada socialmente y que mantengan el romanticismo de un oficio que nunca los hará ricos, pero sí felices.

VERSOS EN LA TARIMA

VERSOS EN LA TARIMA

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El comienzo del curso académico es buen momento para recordar que durante muchos años de mi vida profesional mantuve la buena costumbre de invitar a los alumnos a que cada día subiera uno de ellos a la tarima, para leer un poema de su preferencia, elegido a gusto de quien le tocaba intervenir, antes de comenzar la clase de Física de cada día, negándome siempre a sugerirles poesías concretas.

Con esta sencilla forma de abrir la clase, hurtábamos un par de minutos a los conceptos y teorías que venían después, obligándome hoy a declarar que esta hermosa costumbre me deparó más sorpresas, alegrías, encuentros y satisfacciones que todas las sesudas leyes y demostraciones que emborronaban la pizarra después de tan dulce destierro a los versos, en la escolástica rutina cotidiana, dando oportunidad a los versos para aventar algunas inquietudes juveniles en los pupitres.

No solo a mí reconfortaban y estimulaban los poemas leídos por los alumnos, pues muchos de ellos los quedaron grabados a en su memoria, como me comentaban Juan y Raquel, marido y mujer, antiguos alumnos y actuales docentes, que mantienen la costumbre que deposité en su alma adolescente, con un recuerdo hacia este profesor por llevarles cada mañana de la mano al misterioso país de los versos.

Gesto cotidiano sin más pretensión que despertar en almas jóvenes mundos viejos y más felices que los saberes cartesianos y la rigidez de los principios científicos, alejados del mundo real que les tocaba vivir en el romanticismo del primer encuentro amoroso, la primera queja social o la primera entrega de la intimidad en unos versos para declarar el amor a la vida y la esperanza en la verdadera resurrección del hermanamiento solidario y comprometidas con el mundo áspero de cada día.

SESIONES DE CLASE

SESIONES DE CLASE

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Recién comenzado el curso académico, recuerdo las sesiones de clase compartidas durante más de tres décadas con jóvenes esperanzados por alcanzar la vida que esperaba, pero desganados por el tedio de la tarima y aburridos ante la rutinaria tarea que recomenzaba tras el descanso estival descubridor del “verano del 42”, inolvidable refugio donde todos estuvimos amparados algún día.

En las sesiones de clase se ejecuta el plan previsto horas antes, con actividades escolares de motivación, aprendizaje y evaluación, acordes con la metodología adecuada para desarrollar cada objeto de aprendizaje, utilizando materiales de apoyo en un tiempo prefijado de antemano.

El sentido profesional avisa al profesor en qué momento debe introducir el chascarrillo que provoque la sonrisa, el comentario que relaje la tensión intelectual y la broma que divierta a todos. Porque las clases tienen que ser divertidas y relajadas, para introducir en ellas menos temor y más humor, de forma que los alumnos se lo pasen bien mientras incorporan aprendizajes en su estructura cognitiva.

A lo largo del tiempo ha cambiado el perfil de profesor, el modelo de alumno, la metodología, las interrelaciones, las actitudes y el tratamiento personal, hasta el punto que todo lo vivido por mi generación tiene escaso parecido con la realidad actual. No porque la clase en sí misma sea otra cosa, no. Las sesiones de clase mantienen un duende, una emoción, un encanto, un riesgo y una seducción, a la que es difícil substraerse.

Son la quintaesencia de la profesión docente, donde es preciso darlo todo, hasta lo que no se tiene, porque el periodo de clase representa el momento de máxima tensión intelectual en la tarea escolar, siendo a la vez la actividad más estimulante y satisfactoria de cuantas comparten docentes y discentes, representando el mayor reto al que enfrentan juntos, aunque algunas veces domine la indiferencia, el desinterés y el bostezo.

MANDAMIENTOS DEL PROFESOR

MANDAMIENTOS DEL PROFESOR

No es bueno para los/las profesores/as seguir la máxima ignaciana de evitar las mudanzas en tiempos de crisis, porque la situación actual pide cambios en los comportamientos que nada tengan que ver con los derechos humanos, constitucionales, civiles, sociales y profesionales.

Cambios conceptuales, procedimentales y actitudinales que demandan un nuevo perfil de profesor más acorde con los tiempos que corren por los escaños políticos, las rotativas de periódicos, las asociaciones de padres, las agrupaciones de alumnos, los sindicatos, las comunidades sociales y las cofradías del Cristo de la buena muerte.

Los profesores están un poco despistados tras perder el norte de su profesión con tantos cambios de sistemas educativos, reformas estructurales y crisis mundiales, lo que obliga a recordarles los mandamientos del profesor, de obligado cumplimiento para todos ellos.

1º – Amar el sacrificio diario y la pobreza eterna sobre todas las cosas.

2º – Soportar con resignación el desprecio social y la marginación oficial.

3º – Tolerar en silencio las agresiones verbales y físicas de los alumnos.

4º – Poner la mejilla izquierda a las bofetadas de los padres por la derecha.

5º – Santificar a la Administración para agradecerle los desdenes recibidos.

6º – Apoyar a los sindicatos que tanto apoyan y preservan a sus liberados.

7º – Promover periódicos, emisoras y televisiones que manipulen la situación.

8º – Votar en las elecciones para que los políticos sigan maltratándolos.

9º – Dedicar cientos de horas a mil actividades no reconocidas ni pagadas.

10 º –  Gratificar a las editoriales por las nulas atenciones recibidas.

         Estos diez mandamientos se encierran en dos: mantener la convicción de que en la profesión docente se puede ser feliz aunque pocas cosas contribuya a ello y seguir confiando en que algún día la Administración, la sociedad, los alumnos, padres y medios de comunicación se den cuenta que nada hay más importante en un país que la educación de sus ciudadanos, por lo que merecen mayores cuidados, atenciones, generosidad, comprensión, apoyo y respeto quienes forjan los espíritus jóvenes que un día gobernarán el mundo.

¡ CUÍDATE !

¡ CUÍDATE !

Eso me dicen ahora mis antiguos alumnos, con indudable cariño, en correos electrónicos, llamadas telefónicas y encuentros: “¡Cuídate!”. Sin que haya podido desentrañar con certeza absoluta el origen y alcance de tan sincero deseo, consciente que no se trata de un sonsonete carente de sentido,  o un latiguillo de moda entre los jóvenes.

Tan noble consejo provoca en mi ánimo ligeras turbaciones, porque ninguno de ellos me explica los argumentos que les lleva, de forma tan insistente, a inquietarse por mi salud, sin que yo haya hecho méritos reconocidos para llevar el desasosiego a sus sentimientos.

A veces pienso que sus buenas intenciones obedecen a que me ven mala cara, y esto les hace pensar en posibles dolencias ocultas que, de momento, se mantienen alejadas de mi horizonte, aunque soy consciente que no tardarán en llegar.

En otras ocasiones, intuyo que me sugieren cuidarme, pensando que llevo mala vida, pero no parece que este sea el caso, porque hago deporte a diario, juego al mus, me siento a trabajar cuando ellos no se han acostado, me recreo pintando, llevo buena alimentación, no fumo, y mis vicios se reducen a compartir un saludable vaso de vino de Ribera de Duero, con los buenos amigos que generosamente me dan su confianza y brindan sinceras confidencias.

A veces también pienso que me piden cuidar la salud para corresponder al proteccionismo que siempre tuve con ellos, devolviéndome los consejos que tantas veces les di para que no hicieran tonterías en la vida y mantuvieran siempre la brújula de sus actuaciones en dirección al norte.

Finalmente, agradezco que me pidan cuidarme, porque escondido en tal deseo hay una carga de afecto, cariño y buen recuerdo que les hace grandes y bien nacidos, por el modo con que expresan su gratitud a quien sólo pretendió hacer de ellos hombres cabales.