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Etiqueta: romanticismo

COMIENZO DE CURSO

COMIENZO DE CURSO

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Declaraban ayer unos padres su alegría por el inminente comienzo de curso ya que podrían “empaquetar” a sus hijos y enviarlos a la escuela, quedando ellos descargados de problemas filiales, sin pensar que otros cargarían con ellos, ni agradecimiento alguno a los porteadores de sus dificultades, por parte de quienes quedan liberados de la carga.

A tal ingratitud se añade con frecuencia la incomprensión y críticas al colectivo de profesionales que tiene que soportar a treinta niños y jóvenes tan molestos como esos dos hijos de los felices padres que se hacen insoportables en ocasiones, sin que los maestros puedan quejarse ni poner mala cara ante el grupito de indomables que este año les toque.

No solo deben hacer bien su oficio los profesores, educando e instruyendo a los hijos de los vecinos, sino que tienen que soportar en silencio y por añadidura las impertinencias y faltas de respeto de alumnos y padres, porque en estos tiempos hay papás que se suman a los hijos en sus ataques y críticas a los profesores, sin percibir el error que cometen.

Deseo, pues, a los profesores la mejor de las suertes en el comienzo del nuevo curso, y les pido que tengan la paciencia que muchos padres no tienen con sus hijos, el interés por su oficio para suplir el abandono institucional de la enseñanza, el esfuerzo por seguir dignificando una hermosa profesión tan maltratada socialmente y que mantengan el romanticismo de un oficio que nunca los hará ricos, pero sí felices.

VERSOS EN LA TARIMA

VERSOS EN LA TARIMA

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El comienzo del curso académico es buen momento para recordar que durante muchos años de mi vida profesional mantuve la buena costumbre de invitar a los alumnos a que cada día subiera uno de ellos a la tarima, para leer un poema de su preferencia, elegido a gusto de quien le tocaba intervenir, antes de comenzar la clase de Física de cada día, negándome siempre a sugerirles poesías concretas.

Con esta sencilla forma de abrir la clase, hurtábamos un par de minutos a los conceptos y teorías que venían después, obligándome hoy a declarar que esta hermosa costumbre me deparó más sorpresas, alegrías, encuentros y satisfacciones que todas las sesudas leyes y demostraciones que emborronaban la pizarra después de tan dulce destierro a los versos, en la escolástica rutina cotidiana, dando oportunidad a los versos para aventar algunas inquietudes juveniles en los pupitres.

No solo a mí reconfortaban y estimulaban los poemas leídos por los alumnos, pues muchos de ellos los quedaron grabados a en su memoria, como me comentaban Juan y Raquel, marido y mujer, antiguos alumnos y actuales docentes, que mantienen la costumbre que deposité en su alma adolescente, con un recuerdo hacia este profesor por llevarles cada mañana de la mano al misterioso país de los versos.

Gesto cotidiano sin más pretensión que despertar en almas jóvenes mundos viejos y más felices que los saberes cartesianos y la rigidez de los principios científicos, alejados del mundo real que les tocaba vivir en el romanticismo del primer encuentro amoroso, la primera queja social o la primera entrega de la intimidad en unos versos para declarar el amor a la vida y la esperanza en la verdadera resurrección del hermanamiento solidario y comprometidas con el mundo áspero de cada día.

PROETAS

PROETAS

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Emulando los años de romanticismo, han brotando como hongos miles de proetas con aspiraciones a poetas que van por las redes sociales y sedes editoriales espantando la poesía con penosos ripios que hieren de muerte los versos, recordándonos las palabras de Tomé de Burguillos cuando afirmaba en sus Rimas humanas y divinas, que en cada esquina había cuatro mil, – digo yo -, proetas, haciendo realidad la propuesta de Moratín de que más vale ser mozo de café que poeta ridículo.

Proetas que no son más que fantasmas de poetas jugando a la ficción de ser lo que nunca serán, coreados por amigos y familiares que estimulan su intrusismo carente de latidos interiores y sin fuerza para ser escuchados en foros distintos al círculo de intrusos donde se apoyan mutuamente perpetrando fechorías proéticas, lejos del sentimiento de Juan Ramón, creador oculto de un mundo no aplaudido.

Parafraseando al difunto marqués de Iria Flavia, espero que superemos estos tiempos y lleguen otros más fértiles para los versos donde podamos contabilizar los poetas con algo más que los dedos de la mano, – de una mano, claro -, y no como sucede en estos tiempos de escasez poética y exceso de proetas.

QUIMERA

QUIMERA

Me posiciono junto a los que mantienen las mismas utopías de siempre, como si las hojas del calendario fueran ajenas al otoño existencial y la vida ilusoria siguiera ocupando el punto ciego de su globo ocular, dando la espalda a la terca realidad.

Qué cosas tienen los que conservan el romanticismo social. Por supuesto que el mundo sería diferente si en las cúpulas del poder estuvieran los que debían estar. Anda, que habrán perdido el pelo detrás de las orejas de tanto pensar, para llegar a semejante obviedad.

Conseguir que nos dirijan los mejores es la gran quimera en el país. Como lo son también la honestidad en la vida pública, la igualdad de oportunidades, el respeto a otras ideas, la libertad de opinión, la protección del débil, la independencia del poder judicial o la aplicación del principio fundamental de mérito y capacidad para seleccionar los candidatos que promocionan internamente en la administración pública.

Si los cargos públicos en la administración estuvieran ocupados por los más capacitados para ejercerlos, la prevaricación en las comisiones de selección no formarían parte de nuestras conversaciones diarias. Si los dirigentes políticos fueran seleccionados entre los ciudadanos más capaces y honrados, no estaríamos en el ranking  de países con más amiguismo y corrupción. Si todos los jefes de departamentos universitarios fueran como algunos creen que son, García Calvo nunca hubiera propuesto la demolición de la Universidad. Si los responsables educativos se parecieran algo a Don Francisco Giner, otro gallo cantaría a nuestra educación. Si las autoridades locales imitaran el estilo de Don Fili, la vida en las ciudadaes sería distinta.

Lo triste es que para ocupar un puesto directivo en este país hay que dar muchas cabezadas al día, llevar durante años la cartera del jefe, reírle sus estúpidas gracias, soportar su mal humor, hacerle el trabajo sucio y tragar más sapos que grullas y culebras, si se pretende hacer en el futuro la tarea que ahora realiza el jefecillo de turno. Hay que trepar durante más tiempo que el requerido para fotografiarse luego en el despacho con el flash de magnesio, cuyo destello llena el salón de humo denso, tóxico y sucio. Ingredientes necesarios para realizar la gestión que se tiene encomendada.