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Año: 2013

MATANZA DE GATOS

MATANZA DE GATOS

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El periodo comprendido entre la caída del Imperio Romano y el descubrimiento de América fue el más tenebroso de la historia humana, caracterizado por persecuciones, matanzas, guerras y condenas, bajo el dominio de la cruel y siniestra Inquisición, de cuyas fechorías no se salvaron ni los gatos.

Estos felinos fueron acusados de ser desleales, falsos, diabólicos y cómplices de las brujas, que debían ser exterminados por su relación con el maligno, de las formas más espantosas, como decapitación, apaleamiento, desuello, lapidación, despellejamiento, descuartizamiento o aplastamiento.

Estas atrocidades se mezclaban con otras más elocuentes, como hogueras donde los gatos eran quemados vivos; con ollas, donde eran hervidos en aceite; con iglesias, desde cuyas espadañas eran arrojados contra el suelo; o con casas, donde eran emparedados vivos para ahuyentar los malos espíritus.

La superstición rural llevó a los campesinos a incinerar gatos para fertilizar el campo, arrojando sus cenizas sobre la tierra cultivada, al tiempo que aseguraban  la fecundidad de los animales que pisaran las cenizas, siendo acusadas de herejes, expropiadas y torturadas, las personas que tuvieran felinos.

Pero los inquisidores no repararon en las consecuencias de la aniquilación, pues el exterminio de los gatos provocó una proliferación incontrolada de ratas de tal calibre que se llevó por delante a treinta millones de personas, con motivo de la peste negra transmitida por tales roedores.

REPTILES HUMANOS

REPTILES HUMANOS

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Los reptiles humanos han existido siempre, pasean hoy por las mismas aceras que lo hacen las personas y en el futuro seguirán respirando el aire que inspirarán sus vecinos, porque reptar en la sociedad es un despreciable oficio hijo de la ambición, pariente de la indignidad, hermano gemelo de la miseria y amigo inseparable de la codicia, ejercido por despreciables reptadores.

Los reptiles disponen de fondos económicos que roban y guardan en las alcantarillas, desde que Otto von Bismarck les enseñó el camino a seguir disponiendo del dinero robado a los enemigos en la guerra, que utilizaba para financiar la propaganda a su favor y silenciar a los críticos, que llamaba reptiles.

Esos fondos de reptiles toman forma cuando algunos ladronzuelos meten mano en la caja pública, llevándose a casa el dinero de prejubilaciones y EREs. o alivian de peso las cajas fuertes que guardan los fondos secretos que la policía emplea, presuntamente, en pagar a delatores y cosas por estilo.

Pero el juez Elpidio Silva nos habla de otro tipo de reptiles humanos, antes de recibir el varapalo que le espera debido a la querella que ha interpuesto la fiscalía contra él por encerrar a Blesa, escribiendo su señoría en el twiter: “Ni Luzbel, ni líderes hercúleos, el triunfo del mal requiere reptiles colaborando, irrelevantes, múltiples ciempiés penetrando por doquier”.

Ahora falta que nos diga los nombres de esos reptiles que hacen triunfar el mal y los  apellidos de los ciempiés  que penetran por doquier, sin que sepamos dónde acomodan.

LUNÁTICO SUEÑO

LUNÁTICO SUEÑO

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Llevado a lomos del cohete Saturno V diseñado por Werner von Braun, Armstrong dejó su huella en la luna a las 2 h. 56 min. del lunes 21 de julio de 1969, creyendo que era el primero que lo hacía, sin saber que en el año 150 alguien se le había adelantado en lunático sueño literario.

Fue Luciano de Samosata quien describió su hazaña en lengua griega sin que nadie le creyera, relatando que emprendió el viaje en un barco con algunos marineros, iniciando la travesía desde las columnas de Hércules, situadas en el estrecho de Gibraltar, sucumbiendo luego al cepo de tromba de agua que los capturó, sobreelevó y desperdigó por la superficie lunar.

Luciano descubrió la Historia verdadera del satélite plateado, donde la vida era una pertenencia eterna porque nadie la perdía, parían los hombres y el humo disolvía a los más ancianos, después de alimentarse con zumo de aire y transpirar leche por los poros de la piel, luchando buitres contra lacanópteros del emperador Endimión, ignorando que jamás regresarían al agua mediterránea de donde partieron.

Los lunáticos millonarios que habitaban en el Mar de la Tranquilidad se vestían con ropa de cristal que transparentaba el poder corruptor ejercido sobre la desnudez de los pobres, que tenían un solo ojo para ver a través de un espejo los sufrimientos de los terrícolas atenienses.

EL PLACER DE CONVERSAR

EL PLACER DE CONVERSAR

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La conversación tiene poco que ver con la tertulia, aunque ambas estén vitalizadas por personas a través de la palabra, pues la conversación reporta valores y placeres que la tertulia ignora, llegando la conversación donde la tertulia no logra asomarse ni por el ojo de la cerradura.

El juego social de la tertulia brinda al huero tertuliano la oportunidad de oscurecer con palabras su falta de ideas y le da la posibilidad de engañar, algo que no tiene cabida en la conversación porque en ella domina el sentimiento, la verdad, el afecto y la confidencia, como puntos cardinales que la conforman y limitan.

De no ser así, la perversión toma cuerpo en ella, espantando los valores que la justifican y haciendo de la moral, maldad; de la honestidad, vileza; y vicio de la virtud.

En la conversación no cabe hablar por hablar sin contenido alguno, ni alejar de las palabras el alma o pretender hacer de ella lo que no es. Tampoco permite huir de las horas como proponía Ovidio, ni concede espacio a la erudición, ni abre las puertas a la pedantería, ni autoriza la mentira, ni tolera la soberbia.

La conversación exige a los elegidos para ella, nobles aspiraciones, altura de miras, generosidad sentimental, sinceridad en la palabra, vocación de consenso, derrota de la derrota, condena de la prisa, destierro de la superficialidad y acercamiento de espíritus.

Pocos placeres pueden compararse al que reporta conversar con alguien querido poniendo el alma sobre la mesa, colgando las dudas en el perchero, dando lo que no se tiene, compartiendo lo reservado para uno mismo, hermanando las almas y vertiendo las confidencias como preciado tesoro, para robarle a esta chapucera vida un puñadito de felicidad.

BLANCOS DE COLOR

BLANCOS DE COLOR

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Cuando hablamos de una persona de color, nos referimos a seres humanos de raza negra, sin tener conciencia del error que cometemos al definirlos de esa manera, pues somos los blancos las auténticas personas de color, como nos hizo saber el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor, –  casualmente presidente de su país -,  poco antes de morir en 2001.

Este profesor fue el primer hombre de raza negra que dio clases de francés en Francia, enseñando a los franceses a hablar francés, hacer poesía simbólica y construir una civilización universal, uniendo todas las tradiciones sin diferencias raciales, donde la negritud se confundiera con la blanquitud.

Leopoldo nos hizo entender que una persona de raza negra, es negra en toda circunstancia, de día y de noche, cuando le da el sol o estando a la sombra, enfermo o gozando de buena salud, al nacer y al morir, es decir, el negro es negro por mucho que la vida se empeñe en lo contrario.

En cambio, las personas de raza blanca no somos blancos, sino coloreados, es decir de colores cambiante según las circunstancias. Nacemos rosados, nos tostamos con el sol, azuleamos con el frío, amarilleamos con la bilis y la muerte nos tiñe de gris. ¿Por qué, entonces, nos empeñamos en hablar de personas de color al referirnos a las de raza negra, si los coloreados somos los blancos?

18 DE JULIO

18 DE JULIO

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Evocaba ayer al profeta León dando el tercer grito perdido del español para avisar inútilmente en 1936 que venía el lobo, y hoy recojo el pacífico sentimiento de recordar la página más triste de nuestra historia para que no se vuelva a repetir tan penoso hecho, protagonizados por seres hipotéticamente racionales, que colgaron la razón en el perchero y se calzaron la piel irracional del más fiero depredador.

Eso dice el testimonio solidario que comparto, y por ello abrazo a los descendientes de quienes perdieron su vida en aquella salvaje guerra civil, a bayoneta calada en las trincheras, entre familias, amigos y vecinos, que nadie comprende ni se puede explicar por mucho esfuerzo que hagan los analistas de tan macabra historia.

Esa locura comenzó en España un día como hoy de 1936, y traigo a esta bitácora el recuerdo de aquella barbarie, no para abrir las heridas ni señalar con el dedo a la culpable sinrazón, sino para cicatrizar los quebrantos y recomponer la memoria de los que murieron sin justificación alguna por parte de «hunos»y «hotros».

Recordar lo sucedido, sí. Superar los rencores, también. Desterrar las venganzas, por supuesto. Pero olvidar a los que murieron, nunca. Sobre todo si el muerto es un padre o un abuelo deshonrado por la historia, olvidado en los libros de texto y enterrado en paradero desconocido.

Pasaron cuarenta años en los que “media España ocupó España entera con la vulgaridad, con el desprecio total de que es capaz, frente al vencido, un intratable pueblo de cabreros”, como dijo el poeta. Pasaron cuarenta años de victoria y ha llegado finalmente la hora de la paz.

La hora de recuperar el honor de los que murieron. La hora de hacer un gran cementerio donde se recojan los restos de todos los que desaparecieron y se devuelva la memoria a los olvidados en las páginas del Espíritu Nacional, porque todos fueron hijos de la misma patria y merecen iguales honores.

NUEVO GRITO DE LOS ESPAÑOLES

NUEVO GRITO DE LOS ESPAÑOLES

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El poeta de Tábara advierte que los españoles hablamos demasiado alto y que hemos dado tres gritos concluyentes a lo largo de la historia. El primero fue “¡Tierra!”, cuando coreamos con Rodrigo de Triana el descubrimiento del nuevo mundo. El segundo grito lo dimos con don Quijote por los campos de La Mancha, pidiendo “¡Justicia!”. Y el tercero fue avisando en 1936 de la tragedia gritando “¡Que viene el lobo!”, sin que fuera creído por los muertos de ambos bandos.

Hoy los españoles añadimos un nuevo grito a los tres bocinazos recogidos por León Felipe, sin esperanza alguna de ser escuchados por los tres poderes del Estado, porque uno de ellos está sometido al dictado teutón, otro vive en el nirvana de sus privilegios y el tercero cierra la ventana cuando el hedor de la corrupción llega a su despacho.

Mientras esto ocurre, el pueblo español grita “¡¡Se puede!!” hasta desgañitarse, frente al Palacio de la Moncloa, junto al Palacio de las Cortes y a la puerta del Convento de las Salesas Reales, escribiendo en las pancartas con sangre dolorida y lágrimas de impotencia que puede dársele lo que en justicia pide.

Efectivamente, se puede modificar la ley sobre desahucios censurada por el Tribunal de Justicia Europeo, dictaminando que no garantiza la protección ciudadana con cláusulas abusivas en hipotecas que vulneran la normativa comunitaria.

Se puede reparar el daño causado a los ahorradores estafados y engañados con las participaciones preferentes, devolviendo a los afectados el dinero que pusieron en manos de los usureros bancarios.

Se puede evitar que los defraudadores oculten su dinero en lejanas cajas bancarias y cuentas opacas, investigando movimientos de dinero y firmando acuerdos internacionales que eliminen del mapa los paraísos fiscales.

Se puede erradicar la impunidad de los corruptos obligándoles a devolver el dinero robado y enviándoles algunas décadas a la cárcel como penitencia por sus pecados en esta tierra, que del castigo infernal se encargará su Dios.

Se puede imponer una justicia igual para todos los ciudadanos sin más que equilibrar la simbólica balanza, ponerle de nuevo la venda en los ojos y despolitizar los tribunales y cortesanos que tiene tan bella dama.

Se puede democratizar el país abriendo listar electorales, limitando la vida política, aboliendo privilegios, reduciendo sueldos, desterrando el amiguismo, impulsando la vocación de servicio y confinando la mediocridad.

Se puede, en fin, rearmar éticamente la sociedad dando ejemplo a los ciudadanos de honradez, sinceridad, sacrificio, renuncia, esfuerzo, generosidad y otros valores morales que dignifican la raza humana.