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Año: 2011

AMÉN

AMÉN

El valor de esta palabra semítica cierra todas las oraciones, plegarias y devociones de los oradores, para que sus alabanzas, peticiones y súplicas se cumplan, rogando a quien corresponda que “así sea”.

Pues eso, que así sea, ya que no puede ser de otra manera, por mucho que nos mordamos el alma de dolor ante la despedida final de una vida, sin que a la “enemiga fiel” le importe demasiado el eterno deseo humano de sobrevivencia, tan socorrido para distintas religiones.

El poeta de Tábara sabía pocas cosas, y era verdad. Pero tuvo como cierto que el miedo del hombre había inventado todos los cuentos, y que con cuentos enterramos los huesos de los vecinos, como no hace mucho tuvimos que hacer un grupo de amigos con alguien que se nos fue.

Inoportuna es toda muerte, pero más cuando la propia vida apenas ha comenzado a florecer en el capullo que la parca siega sin consideración alguna, ebria de vanidad, y exhibiendo un poder inmerecido que a todos fustiga.

Pero no se lleva la peor parte quien viaja hacia la nada de donde procedemos, sino los desheredados que aquí quedamos ocupando un asiento en la sala de espera de la estación término, a la que llegamos en el mismo instante de nuestro nacimiento.

Traidora, que no anticipa su presencia para sorprendernos como hace siempre, la muerte merece desprecio y censura por su mala educación. No es propio de señoras que se precien, entrar en casa ajena por la ventana y llevarse lo que a otros pertenece, sin pedir autorización a los propietarios de las vidas que hurta impunemente.

Por eso, cuando la parca golpea la piel de un alma desprevenida, no hay redención posible. Sólo dolor apenas consolado unas horas por la compañía de los amigos que lloramos nuestra propia muerte, sabiendo que todos estamos a la puerta del abismo, sin atrevernos a dar el paso definitivo hasta que el destino nos empuje, según dice el cuento, a la felicidad eterna.

¿Por qué entonces tanto dolor, si quien abandona este mundo lo hace por voluntad divina para gozar eternamente de la más inalcanzable felicidad? ¿Por qué tanta lágrima si en tiempo breve volveremos a encontrarnos con los desaparecidos  en inimaginables paraísos, permaneciendo ya juntos varias eternidades? Si alguien tiene respuestas que nos las dé, porque de lo contrario seguiremos dudando de inescrutables designios celestiales y pensando que la historia humana está jalonada de cuentos alojados en la sinrazón de una credulidad increíble.

Tal vez por eso, cuando alguien se nos va llega a nosotros San Manuel Bueno con el hisopo en la mano dispersando agua bendita sobre su propio escepticismo y recitando una plegaria, mientras el ejecutivo se afloja nervioso la corbata; el vagabundo levanta desconsolado la cabeza del escaño; el solitario busca una huella en sentido opuesto; el carcelero olvida las llaves en la celda que vigila; el mendigo anota la hora para calcular el tiempo de espera; el militar, arrepentido, se quita las espuelas; el arzobispo, decepcionado, cede su báculo; el enamorado desespera por la desesperanza que le espera; el intelectual dispersa las palabras del libro sagrado; el moribundo baja resignado la escalera; el maestro, al fin, cierra el catecismo en silencio,  ….y calla.

 

DESPOTISMO

DESPOTISMO

Vaya, vaya, amigos. De manera que el despotismo ha desaparecido en las democracias occidentales. Pues no. Basta con echar un vistazo alrededor para darse cuenta que la realidad tiene poco que ver con el deseo. Es cierto que no presenta la misma cara que tuvo en las monarquías europeas del siglo XVIII, pero ahí sigue. Menos ilustrado que el reconocido históricamente en los libros de texto, pero sigue con nosotros. Eso sí, disfrazado ahora con tules, sedas y velos para confundir su imagen. Se ha maquillado, ha pasado por el quirófano, sonríe, saluda y seduce a los incondicionales seguidores que se benefician de él. Pero el despotismo continúa siendo ese vecino abusón que tenemos que soportar cada día sin poder hacer nada para echarlo de la comunidad, aunque la mayoría hayamos sufrido alguna vez sus excesos.

Lo que ha disminuido es el número de dictadores, porque ahora todos los dirigentes políticos europeos han llegado al poder por elección popular; pero los déspotas se mantienen y continúan como antaño abusando de su poder y autoridad. La diferencia entre unos y otros viene escrita en las papeletas electorales, no en las actitudes. Bueno, tal vez el tirano sea más amigo de la violencia que el déspota, porque éste no es necesariamente belicoso, es simplemente un césar equivocado de siglo. Ambos razonan poco, exigen mucho, convierten sus decisiones en dogmas indiscutibles y no dan muchas explicaciones.

Actualmente el despotismo se ha colegiado, aunque en determinados momentos sea ejercido por algún empecinado dirigente ocupado en satisfacer sus caprichos, sus intereses o sus compromisos. Ahora se han agremiado los déspotas formando grupos de distinto color, amparados en la legalidad para despistar a quienes aplauden la forma de actuar de su correspondiente bandería, sin darse cuenta que tanto unos como otros reencarnan un cínico despotismo que no beneficia a nadie, aunque estas oligarquías se escondan detrás de siglas políticas de diferente pelaje.

La debilidad del déspota es su falta de inteligencia para percibir el pensamiento del pueblo. Por eso nos consideran siempre menores de edad. Como niños, vamos, a los que se puede engañar con milongas de tres al cuarto o con mentiras de camello imposibles de introducirse en el estrecho orificio de nuestro sentido común. Dicho de otra forma, nos tratan con el despotismo que algunos padres tratan a los hijos, pero sin el cariño que estos profesan a sus descendientes. El problema surge cuando el bondadoso padre no percibe que sus hijos crecen y que desarrollan su mismo entendimiento, dejando al descubierto su actitud. Es entonces cuando el túnel del tiempo lo absorbe llevándose el espíritu del déspota doscientos años atrás, aunque su cuerpo permanezca despoticando en pleno siglo veintiuno.

El desprecio que los déspotas tienen por la inteligencia ajena les lleva al abuso de poder y a ocultarnos información, considerando que nuestra inmadurez no merece explicaciones, incomprensibles para nosotros. Confunden poder y talento, creyéndose que las urnas otorgan la sabiduría infinita que ellos se atribuyen a sí mismos, menospreciando las opiniones ajenas y haciendo de nuestra capa su sayo.

De esta forma se toman decisiones sin justificar que afectan a los ciudadanos, aunque sea para llevarlos al matadero. Se negocian acuerdos en alcobas sin luz, para que los niños no se escandalicen de los compromisos adquiridos. Se conciertan ataques en desiertas mesas ocultando los argumentos, porque nuestra infancia social nos impide comprenderlos. Se negocian transacciones que sólo comparten los comerciantes que llegan con sus contratos a la mesa de negociación. Se pactan silencios en los sillones sobre rutas de paz que somos incapaces de comprender el resto de los mortales, según ellos, claro. Y se hacen componendas de todo tipo ignoradas por los que pagamos sus sueldos, dietas, viajes y complementos, para que todo sea políticamente correcto.

El despotismo es incoloro como el aire e insípido como agua; pero huele a mentira desde media legua y despide el mismo hedor que una fosa séptica. El despotismo padece fotofobia, porque detesta la luz; aborrece los taquígrafos porque su argumento es la censura que hace opaco el envoltorio. Por eso prefiere las órdenes a las insinuaciones; las imposiciones, a las sugerencias; las direcciones obligatorias, al campo abierto; y la adulación a la crítica.

Para ser déspota no hay que hacer esfuerzos complementarios ni oposiciones. Es algo que se lleva en los genes y tiene difícil tratamiento porque rechaza los trasplantes de cromosomas portadores de generosidad, servicio, honradez y respeto. El déspota es tan inculto como inseguro, y tan prepotente como débil. Los actuales déspotas desilustrados sólo pretenden arreglar la fachada del edificio y apuntalarlo, respetando los cimientos y reforzando la estructura que sustenta el sistema, su sistema. De esta forma consiguen perpetuar los dogmas políticos, religiosos y económicos, para consolidar sus privilegios y su poder. Es decir, se trata simplemente de lavarle un poco la cara a la democracia que los ampara, de tal modo que se perpetúen los principios básicos de la sociedad dominante y los privilegios de políticos y eclesiásticos, dando la sensación de que se cambia todo para que todo siga igual.

 

LA MUERTE DE DON QUIJOTE

LA MUERTE DE DON QUIJOTE

Entre los libros dispersos por la mesa de trabajo, mesilla de noche y brazo del sofá, hace meses que aguardaba turno la edición que presentó la Real Academia Española de la obra de Cervantes, con motivo de su IV Centenario. Finalmente, ayer pude hojearla, – porque releída ya estaba –poniendo la vista en pasajes que siempre me llamaron la atención, especialmente el de la muerte del hidalgo caballero.

Esto lo hacía mientras los “indignados” montaban su tienda junto a la casa del pueblo, hoy, más que nunca, jaula de discusiones partidistas y no mesa de trabajo por el bienestar ciudadano. Decepción que ha impulsado mi ánimo para traer a esta página de mi bitácora la descripción de la muerte del caballero andante, con objeto de reflexionar en voz alta sobre las cuestiones que me ha suscitado la revisión anunciada. En la versión original, Cervantes describe la muerte del caballero así:

Y la última edición académica adapta el texto diciendo: “En fin, llegó el último de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallose el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió. Viendo lo cual el cura, pidió al escribano que diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote…”

Observará el lector los sustanciales cambios de grafía, signos de puntuación, mayúsculas y paréntesis que hay entre el texto original y el patrocinado por la Academia, para adaptarlo al momento actual, algo que parece razonable. Como razonable parece que los acampados en la Puerta del Sol hayan cambiado su estrategia reivindicativa.

Unamuno se preguntaba en su ensayo sobre la vida de don Quijote, a quién dio su espíritu el caballero y dónde está hoy ese espíritu, sabiendo muchos de nosotros que sobrevuela el alma de los utópicos revolucionarios del 15-M y de miles de almas derrotadas en hogares malheridos.

Pero nos tememos que la manifestación de ayer tarde frente al Congreso de Diputados sea el último estertor de estos quijotes a los que muchos nos hemos unidos indignados por la sordera política que asiste a quienes nos gobiernan, como demuestra el hecho de que este movimiento no les haya afectado en absoluto, siguiendo ellos a lo suyo, que casi nunca es lo nuestro.

El escribano de la novela que asiste en la narración al último suspiro de don Quijote se extraña que el caballero andante muriera sosegadamente en la cama porque tal defunción era indigna de luchadores, algo que no debe suceder con el movimiento 15-M, aunque la realidad parece afirmar lo contrario.

A diferencia del escribano, yo me sorprendo que el autor de la novela describa tan lacónicamente la defunción del protagonista, aclarando incluso al lector que dar el espíritu significaba la muerte, como si Cervantes se hubiera quedado sin inspiración literaria para hacer una descripción más brillante de circunstancia tan fundamental en el desenlace de la novela.

Sólo cabe pensar que fue así porque quien verdaderamente murió de dolor y perdió su vena literaria fue el propio autor, obligado a cumplir la exigencia de un guión impredecible el día que comenzó a escribir la vida del caballero, queriendo olvidar el lugar de la Mancha donde nació.

Esto mismo le ocurre al autor de esta bitácora, al sospechar que el movimiento 15-M no pasará de ser una frustrada esperanza de regeneración democrática que muchos hemos compartido, sin saber cómo nació.

MENTIDERO SOCIAL

MENTIDERO SOCIAL

Decir la verdad y expresar libremente opiniones no siempre es posible, sobre todo si el juicio emitido o la actitud sostenida se aleja de lo que se espera de nosotros, establecido en los cánones de lo políticamente correcto.

En ocasiones, es el instinto de conservación quien obliga a decir algo que no se siente o a guardar silencio protector para evitar posibles daños directos, indirectos, colaterales y circunstanciales.

¿Quién se atreve, por ejemplo, a decirle al patrón lo que realmente piensa de él si esta opinión es negativa? ¿Cómo proponerle al jefe un deseo a sabiendas que va a molestar la sugerencia? ¿Alguien se atreve a censurar los argumentos del tribunal judicial o administrativo que ha de juzgarle, por estúpidas que sean las razones expuestas por sus miembros? ¿Qué periodista osa romper la línea ideológica del periódico que alimenta sus hijos, por muy lejano que esté su pensamiento de ella?

El peaje que exige defender convicciones propias en ciertos casos, por encima de toda componenda, aconseja que más vale callar o manifestar lo contrario a lo que se piensa para evitar salir magullado.

Tal vez por eso, alguien a mí cercano tuvo que pasar por el altar con su compañera e hija para contentar a los regidores del colegio religioso donde estaba contratado, evitando así murmuraciones, amenazas veladas y miradas aviesas.

Sabedora la ley ordinaria de la presión y discriminación ideológica que en este país ejercen determinados sectores y personas sobre quienes opinan lo contrario a sus preferencias, intenta proteger la libertad de expresión con mecanismos que amparen el anonimato de los sujetos en determinadas actuaciones de éstos.

Tan vez por eso, el voto electoral es secreto, con cabina opaca incluida. Tal vez por eso se ocultan algunos testigos judiciales tras la cortina. Tal vez por eso los tribunales de justicia rechazan los registros audiovisuales no autorizados. Tal vez por eso las cámaras ocultas hacen tanto daño a quienes las sufren. Tal vez por eso las grabaciones subrepticias tienen tan mala prensa.

La libertad que tanto cacareamos es hermana pobre de la mentira y el engaño en las sociedades democráticas. El miedo a lo que puede venirnos encima si expresamos libremente nuestros verdaderos pensamientos nos hace movernos tras las bambalinas en ciertas ocasiones para evitar represalias que puedan afectarnos a nosotros mismos o a quienes están al lado.

La estigmatización es un antiguo deporte nacional y el déficit democrático que padecemos no está en la ausencia de libertades, sino en la falta de respeto a otras ideas, opiniones, razas, sentimientos y creencias.

 

NUEVA PATOLOGÍA POLÍTICA

NUEVA PATOLOGÍA POLÍTICA

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Existe una dolencia que afecta a los más altos profesionales de la política llamada polinoia, definida por alteraciones paranoicas que llevan a los sujetos a promover ideas políticas delirantes, pues la realidad se quiebra en la mente de estos polifermos, provocando en ellos falsas creencias, imposibles de rebatir con argumentos lógicos. Dolencia mental debida a la recepción distorsionada de impulsos nerviosos sociales de interés general en beneficio de pretensiones obsesivas, que conduce a un progresivo deterioro de la función neuronal, con fuertes alteraciones en el pensamiento que oscurecen el sentido común.

Los policientes sufren una desorientación que les impide saber en cada momento dónde están, quiénes son y qué deben hacer. Todo ello asociado a una pérdida parcial de memoria que les hace olvidar los fracasos. Las causas de esta dolencia no están muy claras, aunque las últimas investigaciones apuntan a una intoxicación masiva de los axones por sobredosis de poder que produce un daño cerebral irreversible provocando delirios que pueden llegar a ser demenciales debido a las papelinas electorales, pues tales trastornos disociativos nunca llevan a la dimisión de quienes los padecen.

Los afectados no distinguen la realidad de la ficción y confunden su identidad hasta llegar a creerse que son lo que en realidad no son. Esto les lleva a tener delirios de grandeza al considerarse ungidos por Dios con el óleo de la sabiduría infinita y la omnipotencia absoluta por ser los únicos humanos que mantienen relaciones personales con la deidad que les capacita para realizar prodigios extraordinarios, inalcanzables para el resto de pecadores. Eso piensan ellos, pero la realidad es distinta.

Los polinoides se nutren de ovaciones internas y palmadas incondicionales que les alejan aún más de la realidad. Manifiestan una aparente tolerancia, pero no toleran que se les lleve la contraria o se les anime a dejar el puesto, mostrando una incapacidad natural para la autocrítica, junto a su innata frialdad emocional y egocentrismo creciente.

Si añadimos que los políticos afectados por esta patología sufren ilusiones ópticas y acústicas, comprenderéis que no vean ni oigan lo que sucede a su alrededor, malinterpretando así la realidad y construyendo explicaciones delirantes que sólo ellos comprenden.

Y lo más grave de todo, querido lector, es que los polifermos no son conscientes de su polinoia. Aunque tampoco serviría de mucho que se enterasen, al tratarse de una enfermedad crónica e inhabilitante, sin tratamiento terapéutico posible, porque los neurolépticos y antipsicóticos no mejoran los síntomas. La ventaja es que no se necesitan neuroimágenes para detectarla porque los síntomas son evidentes.

Lo curioso es que los afectados mantienen su juicio sobre las cuestiones que no se relacionan con el objeto de su delirio. Fuera de él no hay fantasías y mantienen un razonamiento normal mientras su mente no roce la obsesión que les perturba. Por tanto, hay que advertir a quienes estén cerca de ellos que no deben mentarle el tema de su vesania ni contradecirles, por incuestionables que sean los errores que cometan.

Su querencia bravía al espejismo enajenador les impide atender al terapéutico capote del humor que podría salvarles, y se enroscan viciosamente en su alucinación como los reptiles. Pero nosotros, sabedores del beneficio de la risa, debemos tomarnos a broma las acciones de los polifermos, cultivando el sentido del humor y riéndonos de nosotros mismos para mantener una visión objetiva del mundo y evitar contagios paranoides de las personas esquizotípicas que quieren expoliar nuestro sano juicio con falsos juegos malabares.

 

¿DEMAGOGIA, DIPUTADO?

¿DEMAGOGIA, DIPUTADO?

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En un momento de enajenación mental transitoria, tan frecuente en ciertos políticos, uno de ellos ha declarado que es demagógico hablar de cinco millones de parados porque todo el mundo sabe que no es cierta esa cifra debido al trabajo negro que se encubre en esos millones. Además – añado yo – ¿cómo puede alguien comerse los codos de hambre si no llega con los dientes a esa articulación?

Tiene razón este parlamentario, hay mucha demagogia acunada con mentiras del tres al cuarto. Si él y los que con él mueven los hilos de las marionetas que deambulan por la piel de toro, dicen que España no va tan mal como dicen los demagogos, será que tienen razón, aunque nadie les comprenda. Pero querríamos que nos aclarara unas preguntas sin importancia, al hilo de sus declaraciones sobre la demagogia existente en su país, que casualmente es el nuestro.

¿Es demagógico hablar del millón de analfabetos que tenemos entre nosotros o de los muertos que se quedan en el camino cansados de hacer cola en las lista de espera de los hospitales por falta de servicios y facultativos?

¿Es demagógico condenar la injusticia de las chabolas, la orfandad de las pateras, las moscas en famélicos rostros y la búsqueda en los contenedores de alimentos desechados por las tarjetas de crédito y productos caducados, que rebañan a la intemperie pobres de solemnidad, mientras en lujosas mansiones millonarias se proponen medidas fraudulentas de ingeniería financiera?

¿Es demagógico proponer que los cuatro millones y medio de euros que la Agencia Española de Cooperación Internacional ha entregado para actividades de cooperación, se emplearan en escuelas de alfabetización y llevar alimentos a los comedores sociales?

¿Es demagógico que el común de los mortales se indigne ante un gobierno que se apellida socialista por no haber dado un puñetazo encima de la mesa cuando el ERE de una empresa con beneficios multimillonarios manda al paro a 8.500 trabajadores, mientras sus dirigentes se reparten millones de euros entre ellos?

¿Es demagógico rechazar la minoración de salarios a los funcionarios y la congelación de míseras pensiones a jubilados, viendo los sueldazos, pluriempleos, y privilegios de los políticos?

¿Es demagógico pedir que paguen la crisis y devuelvan lo que se han llevado, quienes la han provocado y no quienes la están sufriendo, mientras los banqueros conservan la sonrisa, los especuladores engordan su patrimonio y los corruptos mantienen sus cuentas corrientes?

¿Es demagógico pedir un esfuerzo por descubrir a los defraudadores fiscales que nos otorgan el triste privilegio de estar 10 puntos por encima del fraude fiscal europeo, con una tasa del 23 % de nuestro Producto Interior Bruto, que representa varios miles de millones de euros?

¿Es demagógico criticar que un juez, un fiscal, un catedrático o un neurocirujano de la Seguridad Social, perciban menor salario que políticos municipales o diputados, por el trabajo virtual que realizan la mayoría de ellos?

¿Es demagógico censurar que los trabajadores tengan que cotizar 35 años a la Seguridad Social para recibir la prestación por jubilación y que los diputados la disfruten con siete años de ¿trabajo?, bastándole a los ministros con prometer el cargo, aplaudir al jefe y sacar conejos de la chistera?

¿Es demagógico pedir que a los políticos se les haga un examen sobre mínimos conocimientos culturales, y un test psicológico sobre su capacidad mental, en vez de acreditarse con pruebas físicas de genuflexiones e inclinaciones de tronco ante sus padrinos?

¿Es demagógico que los ciudadanos hagamos cuentas sobre lo que pagamos en comilonas, festejos, regalos, coches, viajes, guardaespaldas, teléfonos y chóferes para los miles de políticos que exhiben metálicas tarjetas de crédito alimentadas con el sudor del de enfrente?

¿Es, en fin, demagógico, querido diputado, proclamar que sólo con las dietas que usted percibe sobreviven varias familias en este demagógico país, donde habitan demagogos como usted aprovechándose de la paciencia ajena y la resignación de millones de ciudadanos «indignados»?

 

SECTARIOS

SECTARIOS

Si en vuestro deambular por la vida encontráis algún congénere que milite fanáticamente en un partido político, defienda irracionalmente una doctrina religiosa, abandere una ideología prestada o acaudille opiniones ajenas, con intransigencia desmedida, tened la seguridad que estáis ante un sectario.

Siniestros personajes heréticos de la democracia que pervierten el sistema desde dentro, como hicieron con el catolicismo los herejes que militaron en sus filas, desde Pablo de Samosata hasta William Colenso.

Buscad entre familiares, amigos y conocidos, algún sectario y si dais con él, miradle de perfil, y estad prevenidos para evitar el peligro inminente que os acecha si seguís a su lado.

Estos hemipléjicos mentales apuestan por la exterminación del contrario al precio que sea, haciendo sucias trampas en el juego democrático. Con cinismo paralizante ponen todos los medios y servicios a disposición de su partido, religión o líder, para que triunfe el proyecto ideológico que defienden.

Para conseguir el éxito inhabilitarán a todos los que se opongan en su camino, desprestigiarán al adversario, manipularán la información, distribuirán injustamente favores y comprarán con platos de lentejas la voluntad de los necios, sin reparar en humillaciones, desprecios, pasteleos y componendas nocturnas.

Sí, porque muchas actuaciones sectarias se gestan entre bastidores, mientras el resto de ciudadanos están ocupados en su oficio, sin apercibirse de los cambalaches, cambios de vestuario y modificaciones del guión que planifican los maniobreros en las tinieblas.

La función principal de los sectarios es apartar, separar, disgregar, discriminar a los que no saltan a la comba con ellos, a quienes piensan diferente, a los que no comparten su proyecto, a los discrepantes y a cualquiera que mire para el lado contrario y no aplauda sus errores.

Fieles seguidores de la doctrina implantada en el siglo III por Manes, su ideología no admite más que dos límites vitales, ocupando ellos el del bien y estando el restos de los mortales en el mal, que es necesario exterminar. Maniqueísmo que les  impide perseguir la unión de los extremos para transformar la lucha entre iguales, en bien común para todos.