NUEVA PATOLOGÍA POLÍTICA

NUEVA PATOLOGÍA POLÍTICA

Existe una dolencia que afecta a los más altos profesionales de la política llamada polinoia, definida por alteraciones paranoicas que llevan a los sujetos a promover ideas políticas delirantes, pues la realidad se quiebra en la mente de estos polifermos, provocando en ellos falsas creencias, imposibles de rebatir con argumentos lógicos. Dolencia mental debida a la recepción distorsionada de impulsos nerviosos sociales de interés general en beneficio de pretensiones obsesivas, que conduce a un progresivo deterioro de la función neuronal, con fuertes alteraciones en el pensamiento que oscurecen el sentido común.

Los policientes sufren una desorientación que les impide saber en cada momento dónde están, quiénes son y qué deben hacer. Todo ello asociado a una pérdida parcial de memoria que les hace olvidar los fracasos. Las causas de esta dolencia no están muy claras, aunque las últimas investigaciones apuntan a una intoxicación masiva de los axones por sobredosis de poder que produce un daño cerebral irreversible provocando delirios que pueden llegar a ser demenciales debido a las papelinas electorales, pues tales trastornos disociativos nunca llevan a la dimisión de quienes los padecen.

Los afectados no distinguen la realidad de la ficción y confunden su identidad hasta llegar a creerse que son lo que en realidad no son. Esto les lleva a tener delirios de grandeza al considerarse ungidos por Dios con el óleo de la sabiduría infinita y la omnipotencia absoluta por ser los únicos humanos que mantienen relaciones personales con la deidad que les capacita para realizar prodigios extraordinarios, inalcanzables para el resto de pecadores. Eso piensan ellos, pero la realidad es distinta.

Los polinoides se nutren de ovaciones internas y palmadas incondicionales que les alejan aún más de la realidad. Manifiestan una aparente tolerancia, pero no toleran que se les lleve la contraria o se les anime a dejar el puesto, mostrando una incapacidad natural para la autocrítica, junto a su innata frialdad emocional y egocentrismo creciente.

Si añadimos que los políticos afectados por esta patología sufren ilusiones ópticas y acústicas, comprenderéis que no vean ni oigan lo que sucede a su alrededor, malinterpretando así la realidad y construyendo explicaciones delirantes que sólo ellos comprenden.

Y lo más grave de todo, querido lector, es que los polifermos no son conscientes de su polinoia. Aunque tampoco serviría de mucho que se enterasen, al tratarse de una enfermedad crónica e inhabilitante, sin tratamiento terapéutico posible, porque los neurolépticos y antipsicóticos no mejoran los síntomas. La ventaja es que no se necesitan neuroimágenes para detectarla porque los síntomas son evidentes.

Lo curioso es que los afectados mantienen su juicio sobre las cuestiones que no se relacionan con el objeto de su delirio. Fuera de él no hay fantasías y mantienen un razonamiento normal mientras su mente no roce la obsesión que les perturba. Por tanto, hay que advertir a quienes estén cerca de ellos que no deben mentarle el tema de su vesania ni contradecirles, por incuestionables que sean los errores que cometan.

Su querencia bravía al espejismo enajenador les impide atender al terapéutico capote del humor que podría salvarles, y se enroscan viciosamente en su alucinación como los reptiles. Pero nosotros, sabedores del beneficio de la risa, debemos tomarnos a broma las acciones de los polifermos, cultivando el sentido del humor y riéndonos de nosotros mismos para mantener una visión objetiva del mundo y evitar contagios paranoides de las personas esquizotípicas que quieren expoliar nuestro sano juicio con falsos juegos malabares.

 

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