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Año: 2011

INEVITABLE SAUDADE

INEVITABLE SAUDADE

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Llego de Galicia a mi tierra castellana con el alma en un puño, no porque se hayan terminado las vacaciones, pues los jubilados estamos apartados de todo compromiso profesional hasta que la vida nos ponga la zancadilla y la parca nos recoja para llevarnos al valle de Josaphat, para descubrirnos, al fin, dónde se encuentra el dichoso paraje, aunque algo me dice que está mucho más lejos de la escatología de lo que algunos imaginan.

 

 

 

 

 

Pues bien, decía que he llegado al campamento base con espíritu encogido, invadido por una consoladora saudade provocada por el sentimiento melancólico de alejamiento de una tierra querida, que me impulsa a volver a ella cuando apenas he dejado de pisar su suelo.

Fue el lusitano Melo quien definió en 1660 mi estado afirmando que es un «bem que se padeçe y mal de que se gosta», es decir,  un bien que se padece y mal que se disfruta. Algo diferente a la morriña, como nostalgia de la tierra natal, porque no se oyeron en Galicia mis primeros llantos, ni Coruña guarda los recuerdos infantiles. Pero sí es cierto que resta en mi ánimo un sentimiento de tristeza por la lejanía de los verdores que he dejado a tras, por los manteles que he abandonado y, sobre todo, por los coruñeses que allí quedaron. A ellos va mi mejor recuerdo y en ellos está gran parte de la nostalgia que se ha colado entre los renglones de esta carta.

En un mundo del “sálvese el que pueda”, emociona ver que alguien invierte el rumbo de su vehículo para acompañar a un desconocido hasta el lugar que demandaba. Cuando el empleado de un comercio dedica dos horas de la tarde de un sábado a resolver el problema de un forastero que se ha quedado sin ordenador, de forma gratuita y con amabilidad desconocida, al protagonista le parece vivir en el maravilloso país de Alicia. Abrir de par en par las puertas del Instituto de La Guarda a un turista para que se deleite con un salón de actos de 1889, no es frecuente en otros lares. Si perdido entre langostas, bogavantes, cigalas, percebes y aletas mil, la vendedora ofrece generosamente una lección magistral sobre todas las especies de pescados  que había en el mostrador, uno queda graciosamente desconcertado.

 

 

 

 

 

Esta señora pescadera, – señora por su señorío  -, con pocas palabras me explicó las consecuencias de la crisis que estamos pasando. Fue el día de san Juan, con el mercado casi vacío. Al preguntarle yo si notaban la crisis, me respondió: “Bueno, bueno, bueno,…”. Quedó dicho. Pero hubo aclaración complementaria cuando le expresé mi sorpresa por la calidad y precio de los productos allí expuestos, y me respondió en gallehispanis: “Es que los de siempre no están en crisis. La crisis es para la mayoría silenciosa. Ya casi no se vende ni la sardina, que hoy está a 7 euros. La gente prefiere comprar “zancos” de pollo, que son más baratos y se aprovechan más que las sardinas. El marisco lo traemos para la minoría de “otros” que se están beneficiando de la crisis que ellos mismos han traído. Y de los políticos no quiero ni hablar…”. Ha dicho.


Así me ha ido la feria y así la cuento. Estas actitudes coruñesas y otras que podría contar, son ejemplos de galleguismo auténtico, alejado de la corriente intelectual que lo patrocina desde despachos oficiales, entidades privadas, asociaciones y fundaciones. Término que cogió fuerza en 1916 con las Irmandades gobernadas por intelectuales y pequeña burguesía, empeñados en dignificar la lengua gallega, mientras los coruñeses de a pie se empeñaban y se siguen empeñando, en que nadie sea forastero en su ciudad, como a mí me ha sucedido siempre que he pisado sus verdores y dejado una parte de mi espíritu entre ellos, sin saber cuándo volveré a su mar.

Con este pensamiento he llegado a Salamanca recordando los versos de Rosalía: Adiós, ríos; adios, fontes  / adios, regatos pequenos / adios, vista dos meus ollos: / non sei cando nos veremos.

CONDUCTORES MATONES

CONDUCTORES MATONES

Las ciudades no serían lo que son si los coches dejaran de rodar por sus calles. Los decibelios dañarían menos los tímpanos, los pulmones estarían sonrosados, habría más espacios verdes purificando el aire, se reduciría la crispación vial, habría más camas libres en los hospitales, se ahorraría consumo energético y viviríamos algunos años más.
Pero como esto no es posible, habrá que intentar hacer más amables las ciudades desterrando de ellas a los conductones, es decir a los conductores matones que van campando por la ciudad como si fuera un cortijo de su propiedad.

El problema no está en los necesarios vehículos a motor, sino en los sujetos que se acomodan detrás del volante, a caballo en una moto o sobre el sillín de una bicicleta. Si, también sobre los biciclos, porque últimamente los velocipedistas van despendolados por aceras y zonas peatonales, llevándose por delante lo bueno y malo que encuentran a su paso.

En todas las ciudades existen ejemplares de raza humana que van por las rúas atropellando los derechos de los demás con total impunidad y, en algunos casos, hasta con arrogancia impropia de personas supuestamente civilizadas. Galopan desbocados por las calles, ignorando semáforos y aparcando los vehículos donde se les antoja, aunque interrumpan el tráfico o bloqueen pasos de peatones, porque el aparcamiento en doble fila es el deporte preferido de muchos ¿ciudadanos?

Estos matones, que se mueven por la ciudad perdonando la vida al resto de los mortales y abusando de la buena voluntad de sus conciudadanos, no merecen consideración alguna. Los perdonavidas que se divierten desafiando a los demás en las rotondas aprovechándose de la buena educación de la mayoría, han de ser desterrados a selvas donde se disputen el espacio entre ellos como manada salvaje.

Tengo amigos especialmente educados mientras se sostienen sobre sus zapatos, que se transforman en seres desconocidos cuando se ponen al volante de su automóvil. Representan el ejemplo más claro que conozco de la transformación que sufría el Dr. Yekil cuando Mr. Hide tomaba las riendas de su vida.

 

 

 

 

 

El mal conductor es, fundamentalmente, irrespetuoso, egoísta e insolidario. Piensa sólo en él mismo sin tener en cuenta el quebranto que puede ocasionar a los demás con sus acciones. Campa por sus respetos de un sitio para otro de la ciudad sin reparar en nadie ni en nada, como si circulara por su finca de recreo. Además, algunos de estos pendencieros deben tener atrofias musculares en sus extremidades inferiores que les impiden caminar unos metros siquiera, porque pretenden entrar con el coche allá donde vayan, sean instituciones, entidades, comercios o bares.

Debemos proponer a todos los alcaldes la construcción de unas rampas de entrada en tales dependencias, que permitan a estos enfermos acercarse con sus motores de explosión hasta las ventanillas y mostradores, para evitarles quebrantos físicos irreparables.

NOITE DA QUEIMA

NOITE DA QUEIMA

Me encuentro en la ciudad donde nadie es forastero golfeando durante unos días, dispuesto a celebrar esta noche la llegada del solsticio de verano al hemisferio norte, saltando nueve veces sobre la hoguera para ganar protección contra el infortunio y tener la
suerte de no encontrarme la desgracia en el camino durante el año que falta hasta la próxima hoguera.

 

 

 

 

 

Con el rostro iluminado por el fuego, pediré inútilmente que el sol no pierda fuerza, consciente que su debilidad irá en aumento a partir de hoy hasta alcanzar su límite con la
llegada del solsticio de invierno. Pero mantendré la esperanza en el fuego purificador como ardiente clavo al que agarrarme en estos momentos de dificultad, junto a los miles que anhelan el milagro de la catarsis depuradora.

En la playa nocturna chispeante de ritos precristianos intentaré comunicarme con el más allá para espantar los malos espíritus que habitan entre nosotros aprovechando que “en San Xoán meigas e bruxas fuxirán”. Pero no lo conseguiré porque su vida es larga y negros sus efectos.

 

 

 

 

Compartiré cachelos y sardinas asadas en fraternal compañía junto a desconocidos y juntos brindaremos con poción mágica hecha a bases de aguardiente, frutas, café y azúcar, tras dejarla arder en una marmita mientras conjuramos hechizos y maldades con cantos y
oraciones, pidiendo a las fuerzas del aire, la tierra, el mar y el fuego que el espíritu de solidaridad se una a la fiesta en todos los rincones del mundo.

CENSURA EN DEMOCRACIA

CENSURA EN DEMOCRACIA

¿Alguien ha llegado a creer que la censura sólo existe en los regímenes totalitarios o en las religiones? Nadie, claro. Porque todos sabemos que en democracia vuelan los pretextos sobre la cabeza de los censores, y las excusas para el tijeretazo sonrojan al espíritu más infantil. Es decir, en los países democráticos no existe censura oficial – ¡faltaría más! – entendida como intervención directa y abierta del poder para controlar la libertad de expresión, criminalizando ciertas opiniones. Algo así como lo ocurrido en nuestra moderna historia durante cuarenta años, en la que algún escritor muy premiado fue destacado censor del régimen.

Es evidente que estas groserías intelectuales han desaparecido en la democracia, lo cual no significa que los recortes se hayan extinguido, porque censurar es detraer, o sea, apartar, suprimir. Y ahora se siguen retirando opiniones aunque no pretendan subvertir el régimen, escandalizar a los menores o insultar al prójimo.

El veto es tan sutil que sólo es percibido por quienes están bien despiertos y lo descubren tras los dialécticos ropajes con que visten los poderosos y poderosillos, las mordazas que imponen a los demás. Atrezzos postmodernos con enaguas de anticuario. La veda a la libre
opinión es un bisturí con impuesto de lujo, porque desde que se inventó la democracia, también la censura cotiza en bolsa, y las acciones se las reparten los que quieren mantener el status quo, controlar la sociedad y pasar el cepillo entre los reclinatorios de la política. Son estos quienes envían sus sicarios a restregar la bayeta sobre los muros donde los inconformistas denuncian la incompetencia de quienes tienen llave de la hucha que guarda las ideas promovidas con sudor de la mente, mientras ellos imponen con humor vítreo la condenación a los desafectos.

Censurar una opinión significa hurtarle al opinante el derecho a decir lo que el censor no quiere oír, algo que implica prepotencia, mal uso del poder y cobardía, con un punto de cinismo en los censucresores. Porque la democracia tiene su censucracia y sus censucresores, que se corresponden con la censura y los censores absolutistas, adoptando en ocasiones una forma reflexiva de temor. Lo de reflexiva no se refiere a una actitud meditativa, sino que expresa lo que gramaticalmente se entiende como acción realizada y recibida al mismo tiempo por el sujeto, es decir, autocensura, aunque con frecuencia tenga mucho de heterocensura encadenada. En cambio, lo de temor está claro: por miedo. O sea, que una cierta censucracia es autocensura que los sujetos se imponen a sí mismos e imponen a los demás, por miedo. ¿A qué?

Además, la censura en democracia va encadenada porque si alguien de un escalón intermedio quiere alcanzar algo de quien está por encima de él, someterá la opinión de los que tiene debajo para conseguir su objetivo, alegando fingida incorrección política, falsa inoportunidad, ficticio enojo de los afectados, legendarias disculpas, novelescas justificaciones o irreales consecuencias, cuando lo único cierto es que la libertad de cada cual termina donde empieza la del vecino y el respeto que a éste se le debe.

Eliminar una opinión crítica significa cerrar una ventana por donde asomarse al verde campo, – por esperanzador – de la libertad. Sólo la mentira es más pesada que las cadenas verbales y más penosa que los bozales periodísticos. Y el mayor pecado no tiene forma de manzana sino de censura porque nada hay más triste que un periodista  doblegado a la cabecera del rotativo por un puñado de lentejas. Nada hay más penoso que ver al interventor de una página web abierta a la participación, cercenando opiniones contrarias a los intereses del sitio por miedo a que un “meneo” les haga perder ¿qué? Nada hay más censurable en democracia que los censores, por mucho que estos quieran disfrazarse y ocultar sus rostros.

Cuando se aplica una engañosa política institucional o privada pretendidamente democrática y liberal, que calificaríamos de spín, en la que todo cabe: tachaduras, recortes, manipulaciones, desinformaciones y engaños, siempre pueden alegar los “amos” el derecho legítimo que les asiste a usar los medios que controlan, según se les antoje. Vale. Pero ese medalagonismo tiene un nombre, y todos sabemos cuál es.

El resto son historias que tienen mucho que ver con prodigiosas fabulaciones institucionales, pseudoimágenes televisivas, afonías radiofónicas, tachones periodísticos, manipulaciones internéticas y censuras similares. Pero como dijo mi satírico y sabio tocayo, no debemos callar por más que con el dedo sobre la boca nos conminen al silencio, nos amenacen, nos silencien o nos destierren, porque la lengua de Dios nunca fue muda y la libertad de expresión es indomable.

ESFERICIDAD DEL INSULTO

ESFERICIDAD DEL INSULTO

Dirigiéndose a un peón de albañil que habría hecho algo censurable según el criterio del constructor, éste le insultaba llamándole tonto esférico, es decir, que el pobre obrero era tonto, se le mirase por donde se le mirase, dada la homogeneidad de la esfera.

Pero lo que este católico de misa dominical utilizaba como insulto degradante a uno de sus “hermanos”, la iglesia que en su seno lo cobija declara al ofendido afortunado en su esfericidad porque los bienaventurados resucitarán en forma de esferas y entrarán rodando en la eternidad, según nos cuenta Borges que anticipó hace casi dos mil años Orígenes, en Alejandría. Vamos, que el trabajador ofendido es un resucitado que va camino de la eternidad rodando, ….por el suelo, a base de patadas , como la propinada por el patrón.

Junto a este humilde obrero, – tonto esférico según el capataz -, ruedan a su lado muchos  pobres de verdad, no de espíritu evangélico, acompañados de forzados mansos capados en su libertad por la dureza de una vida inmerecida, porque nadie es acreedor de la necesidad, mientras haya quien arroja al contenedor el sustento de una familia.

También ruedan con el tonto los que lloran su desgracia compartiendo las desgracias de quienes tienen hambre y sed porque les falta el pan, el agua y, por supuesto, la justicia. Los misericordiosos no ruedan, pero van al lado de ellos retirando las piedras del camino para evitar que se desnuquen en alguno de los giros. A los puros de corazón no se les ve por parte alguna dado que no pasan de media docena. Los pacificadores ruedan también hasta que una bala les hace pedazos el corazón y entonces ya no ruedan, sino caen como tablones sobre la arena del desierto.

Los que no ruedan con los afortunados tontos esféricos son los políticos perseguidos por la justicia que piensan poco en el cielo, porque están muy cómodos en los sillones oficiales. No ruedan, pero flotan en el aire girando sobre el patriarca, centrifugando cuanto interfiere a sus intereses y manteniéndose en órbita circular sobre la presa como hacen los buitres con la carroña.

PACTO DE LA PESETA

PACTO DE LA PESETA

El pasado 19 de abril, la Comisión Económica del Parlamento Europeo ratificó  el pacto del euro acordado el 11 de marzo por el Consejo extraordinario, con el fin de impulsar la competitividad y reducir el endeudamiento público. Pacto que será previsiblemente aprobado en el pleno del Parlamento europeo del próximo día 27.
¿Cómo se impulsa la competitividad? Pues bajando los gastos, es decir, los salarios, que se
vincularán a la productividad y se negociarán a título personal y no colectivamente, aumentando al tiempo la flexibilidad laboral. Todo ello acompañado de un pacto de estabilidad para reducir el déficit por debajo del 3 % reformando el sistema de pensiones, el modelo sanitario y las prestaciones sociales, con aumento de la edad de jubilación.

De esta forma tan sencilla se obligará a los ciudadanos a pagar una crisis en la que no han tenido arte ni parte, con ajustes brutales que beneficiarán a los propios responsables de la
crisis, porque a los bancos apenas se mencionan en el pacto, ni se proponen medidas concretas que eviten nuevas crisis, limitando la libertad de los especuladores financieros.  ¿Será porque en los Consejos de administración de bancos y cajas hay demasiados políticos sentados en sus sillones?

Además, el pacto se firmará con alevosía y nocturnidad, sin consultar sobre ello mediante referéndum a los 330 millones de afectados, porque como todos ustedes saben, cuando se hace una ley de caza no se cuenta con las perdices.

Pero, – ¡oh, sorpresa! – cientos de miles de ciudadanos se echaron ayer a la calle y otros millones estuvieron a su lado en casa, proponiendo al mundo el “pacto de la peseta”, es decir las medidas que los ciudadanos españoles aprobaron en asamblea para salir de la
crisis, resumidas en las siguientes  propuestas, con añadidos personales del autor de esta bitácora:

1 – Impedir que los políticos reciban unos ingresos superiores al 10 % de los que perciben en su trabajo habitual, incluidos los que están cobrando la prestación por desempleo.

2 – Reformar la ley electoral para que un ciudadano procesado judicialmente no pueda presentarse a las elecciones.

3. – Acabar con la partitocracia electoral, abriendo las listas electorales de candidatos al voto ciudadano.

4 – Exigir responsabilidades judiciales a políticos incompetentes, cuando su inoperancia sea manifiesta, su gandulería ostensible y sus errores evidentes.

5 – Obligar a los políticos a tener dedicación exclusiva a su trabajo en el Parlamento, Concejo, Ministerio, Diputación o cualquier institución pública a la que acceda por vía electoral.

6 – Inhabilitar a los corruptos de por vida para ejercer cargos públicos y privados con mínima responsabilidad de gestión y  poder.

7 – Luchar contra el fraude fiscal, que asciende a cotas delirantes, obligando a pagar más a quienes más tienen.

8 – Defender los servicios públicos de salud, educación y bienestar social, así como el derecho a una vivienda digna para todos los ciudadanos.

9 – Control absoluto sobre las actuaciones de los bancos y cajas de ahorros, con medidas contundentes que eviten la especulación, el abuso y la mala gestión.

10 – Regeneración ética de la vida pública, transparencia en las decisiones, respeto a las minorías y exigencia de responsabilidades que elimine la actual impunidad con que muchos actúan.

Cuando se cumpla este “Pacto de la peseta” hablaremos, señores diputados, del “Pacto del euro”, y aceptaremos gustosos la que se nos viene encima, conscientes  que hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, nada nos librará de lo que ustedes decidan, porque su sordera crónica les impide oír el clamor popular, y el poder de las urnas les otorga razones políticas para hundir la moral de muchas familias con el ajuste que asoma, aunque les falten razones morales para hacerlo con los inocentes de la tragedia.

 

MANIFESTACIONES

MANIFESTACIONES

Un megáfono con la voz ronca anunciaba en los Cantones que la manifestación organizada para el día de hoy por los “indignados” a las siete de la tarde, comenzaría en la plaza de Orense. Pedía el portavoz, orden y respeto durante la marcha, invitando a los asistentes a maniatar alborotadores, apedrear apedreadores y poner bozales a los provocadores para abrochar insultos, con objeto de ir juntos en paz camino de la guerra. También pedía que las enseñas de partidos políticos y banderas sindicales se humedecieran con gasolina y fueran a la pira, sin sus dirigentes, claro, aunque no faltaran ganas de hacerlo.

Dejaba claro el pregonero, que el 15-M es un movimiento ciudadano independiente de siglas y colores, amamantado por una situación insostenible, de la que han salido beneficiados quienes la han provocado, mientras las inocentes víctimas anónimas de la catástrofe están sufriendo daños colaterales, hambre real y sed de justicia condenatoria, al tiempo que detestan ser bienaventurados evangélicos.

Las manifestaciones de hoy deberían activar sumarios judiciales pendientes y abrir muchas celdas en cárceles españolas para que en ellas entren bajo palio quienes se dan golpes de pecho en los reclinatorios con la mano derecha y embargan por la izquierda a quienes han arruinado. La marcha de esta tarde debería eliminar los brindis oficiales, privilegios, dietas, salarios y holgazanería de aquellos políticos preocupados por su cuenta corriente y la de sus familiares y amigos, en un ejercicio de nepotismo detestable. Las manifestaciones tendrían que desnudar de cintura para arriba los consejos de administración bancarios abriéndoles la válvula pulmonar de oxígeno financiero para dar aquello que les sobra, a quienes todo les falta.

Pero más que nada, estas manifestaciones deberían eliminar la sordera política del ejecutivo, la indiferencia de los escaños y el desprecio de los banqueros, para que nunca más haya que desempolvar pancartas pidiendo lo que por derecho corresponde, sin necesitar defensa alguna. No pretenden los “indignados” negarse a los necesarios ajustes que han de venir, sino a que sigan sin ajustarse el cinturón quienes más tienen y se mantenga la politiquería de politiqueros que asientan sus ombligos en sillones mercenarios.

Con estos deseos en la cabeza y el corazón enrojecido de impotencia, irán miles de ciudadanos a las manifestaciones de hoy, llevando en el punto de mira a quienes han pretendido mostrar este movimiento ciudadano como algo que no es, para justificar las porras y ahogarlo en la nada metafísica antes de que llegue a más.

Son muchas energías y tiempo consumido en reivindicaciones innecesarias, por su evidencia. Muchas las lágrimas vertidas, mucha la frustración soportada y grandes las esperanzas perdidas, por lo que no queda otra opción que la rebeldía democrática pacífica. Pero si ésta no se atiende habrá que desempolvar la ira evangélica contra los mercaderes de la felicidad ajena.

Deben saber los dirigentes políticos, financieros, sociales y religiosos, que un “indignado” herido es peor que un miura corneado, y en estos momentos gran parte de ciudadanos están heridos y al acecho, hartos de encomendarse a la santa paciencia, asistir a novenas parlamentarias con resignación y suplicar una redención que parece no llegarles, porque nuestra sorda democracia  resuelve los problemas dándoles una pancarta a los manifestantes, para que todo siga igual.