SANTOS CASI TODOS

SANTOS CASI TODOS

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Superada la resaca del caricaturesco festival de Halleween, incluida la “noche de brujas” importada de países anglosajones, pasamos a festejar cristianamente los santos muertos en la fe católica, aunque muchos de ellos no merezcan la santidad, otros la rechacen y la mayoría acepte este premio de consolación otorgado a los familiares y amigos fallecidos.

No participo de ninguno de los dos festejos, pero comprendo menos que se haya dedicado la noche pasada a historias de miedo y películas de terror, como si fuera poco la que está cayendo, y pretendiéramos ocultar la angustia con disfraces sanguinolentos, cabezas taladradas por cuchillos y rostros deformados para asustar a inocentes vecinos y amigos, sin atrevernos con los farsantes, politiqueros y especuladores, en un alarde público de máxima confusión.

Cuarenta días después del equinoccio de otoño, cuando huye la luz y el frío invernal anticipa las primeras las primeras ráfagas resecando la naturaleza, la liturgia católica invita a celebrar el Día de Todos los Santos desconocidos, honrando la memoria de los muertos desde que el papa Gregorio IV hizo en el siglo IX la propuesta de recordarlos a todos por su santidad el primero de noviembre.

A todos, porque los primeros cristianos celebraban aisladamente el sacrificio de los mártires en el lugar donde fueron sacrificados por la fe, hasta que la coincidencia de muchos de ellos en el mismo día aconsejó el homenaje común de todos los que fallecieron abrazados a la cruz, porque al perseguidor Diocleciano se le fue la mano con las matanzas a inocentes cristianos.

Desde entonces, los cementerios se convierten por un día en centro de peregrinación donde creyentes y descreídos acuden a limpiar tumbas, adecentar nichos y rezar por los familiares que se anticiparon a ellos en el viaje a la eternidad que a todos nos espera, sin posibilidad de redención ni esperanza de resurrección.

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Un comentario sobre “SANTOS CASI TODOS

  1. Mi querido amigo Paco: Es cierto que los cementerios se llenan de gente en un día que «alguien» señalo como el de Todos los Santos, motivo por el que la llegada masiva de familiares y amigos acuden al Campo Santo para… cada uno sabrá a lo que va, personarse ante lo que fue tan sólo existe en el recuerdo. Eso sí, se debe adecentar el lugar del reposo eterno ese día, aunque los otros 364 que restan del año, sean tal vez para algunos, puede que la mayoría, los del olvido más absoluto, pero que lo vamos a hacer, algunos somos capaces de derramar a borbotones lágrimas de desconsuelo en un determinado momento y al día siguiente caer en el olvido más absoluto. No seré yo quien juzgue a nadie por esas conductas, tanto tradicionales como sentimentales, otra cosa es que las comparta, pero si creo que todos los que reposan en ese campo de paz se nos han anticipado, y seguro que muchos con la esperanza en la redención y de la resurección. Mi sentir sobre lo desconocido, es decir ante el enigma del «más allá» me sumerjo en un mar de dudas, sin que ello me cause desazón ni quebrantos espirituales. Pero acordándome de mi amigo José María Díez-Alegría que decía que ante ese paso a lo desconocido tenía la esperanza de la plena felicidad, yo sólo puedo decir que a pesar de mis dudas no renuncio a tener esa esperanza.

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