MARTÍN VIGIL

MARTÍN VIGIL

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De forma casual y dándolo por sabido, un buen amigo trae a mi pantalla la noticia de la muerte de José Luis Martín Vigil con cuatro años de retraso, avergonzando mi desinformación sobre el fallecimiento de este jesuita convicto y confeso, forzado a dejar la Compañía por razones desconocidas que conocemos todos.

Carecer de memoria para los malos recuerdos y olvidar dolientes noticias sobre este jesuita, tiene la ventaja de mantener al día las felices novedades de aquella vida que salía al encuentro escrita por él, de la que guardo dichosas evocaciones adolescentes en tiempos de libertades secuestradas, frustraciones escolares, condenas infernales y represiones espirituales.

Efectivamente, este cura me abrió las puestas a la vida que salía a mi encuentro, ayudándome a dar los primeros pasos, – blandos y ñoños, sin duda -, pero los primeros del fuerte empujón que luego me dio la vida hacia el futuro, sin ofrecerme asidero donde agarrarme ni techo para resguardarme.

Novela protagonizada por jóvenes burgueses alejados de mi realidad vital en el colpicio, pero ejemplarizantes en la amistad y romántico el amor; narración dulcicomística con la religión como substrato, pero comprometida con ciertos valores que todavía conservo por herencia genética.

Leyendo el testamento de Vigil, coincido con él en su desconocimiento del odio y en la petición de perdón a quienes pudo haber ofendido, aceptando que el amor a uno mismo es mayor del sentido por los semejantes, y compartiendo la cremación del cuerpo que nos sustenta, pero sin pedir oraciones por la salvación para evitarle tarea inservible a quienes me sobrevivan.

Gracias, José Luis, por deleitar mi adolescencia con páginas que me bebí de un solo trago y conservo como recuerdo de mi primera juventud, olvidando tu agitada, tortuosa y difícil vida personal, por la pesada carga que mal-llevaste.

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