¡LA DICHOSA RANA!

¡LA DICHOSA RANA!

Por muchas veces que pretenda evitarlo, nunca lo consigo. En ocasiones por voluntad propia y la mayoría de las veces requerido por los amigos que me visitan. Me estoy refiriendo a la patológica y desafortunada búsqueda de la rana en nuestra fachada universitaria.

No hay mayor prueba de embaucamiento colectivo por las hojas del rábano que la búsqueda de una rana en la joya del plateresco universal, porque este batracio se encarga de privar a los ojeadores del magnífico tapiz pétreo que abre las puertas a nuestra Universidad.

Croar inculto que trivializa la belleza única destilada por los canteros hace seis siglos para deleite de espíritus sensibles al arte inmortal. Minúsculo arbusto que impide ver el bosque majestuoso de belleza que destila la arenisca labrada por manos sabias de anónimos artistas desaprovechando la ocasión para degustar una pieza de valor escultórico excepcional nutrida de íntimos secretos estéticos, porque es muy difícil amar lo que se ignora y sólo se estima debidamente aquello que se conoce.

Forzado por peticiones, caigo una y otra vez en el engaño, y pico el anzuelo en cada visita de amigos que recibo, sin encontrar después consuelo a mi arrepentimiento, al convertir el arte en pasatiempo de búsqueda.

Pido a todos mis paisanos que se nieguen a mostrar la dichosa rana a los visitantes, sabiendo que seré el primero en contravenir este deseo porque la tradición pesa más que mi anhelo, y el deseo de complacer a los invitados somete mis propias intenciones.

Un comentario en «¡LA DICHOSA RANA!»

  1. A veces una mujer realza su belleza con un lunar facial o con un poco de estrabismo o una cicatriz destaca la cara de un hombre, detalles «feos» que valen para diferenciar.

    Es posible que la rana haya permitido que muchas personas vean, aunque sea tangencialmente, la belleza de la portada y que si no fuera por buscarla, como tantos otros turistas, ni siquiera hubieran acuido a ver esa maravilla. La rana es el reclamo.

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