ENCANTO DONOSTIARRA

ENCANTO DONOSTIARRA

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Dudas amparadas por la inconsciente vesanía de un puñado de fanáticos delirantes que dejaban pinceladas rojas en togas, uniformes, urnas electorales, sillones institucionales, mandiles y camisas, me impedían aceptar la evidencia de un pueblo acogedor, que nada tiene de ceñudo, áspero, intratable y descortés, porque el alma donostiarra confirma lo contrario, mostrando cordialidad ajena a la tosquedad mesetaria, trato amable, sonrisa franca, celo servicial y amabilidad hecha costumbre en un pueblo que merece otro retrato.

Donostia se mueve sobre dos ruedas en bicicleta, congregándose a horas distendidas en tabernas donde los caprichos culinarios promueven las delicias de propios y extraños, mientras refleja sus perfiles en la pulcritud de las fachadas y pasea hermanadamente distendida por las estribaciones del monte Igueldo que protege el remanso aconchado de su bahía remansada a los pies de un Cristo evocador del cerro Corcovado.

No es el Kursaal, ni la catedral del Buen Pastor, ni el Teatro Victoria Eugenia, ni el Aquarium, ni el Peine del Viento, ni los museos, ni la Isla de Santa Clara, quien ha cautivado finalmente a este predicador unamuniano, sino el alma de un pueblo que madruga, trabaja, sonríe y se ofrece por entero al caminante, ahogando en el afecto del encuentro la negra historia dictada por el desencuentro.

Un comentario en «ENCANTO DONOSTIARRA»

  1. acabo de leer tu opinion sobre el pueblo vasco, cuestion que comparto al cien por cien, me alegra mucho saber que libremente expresas una realidad, y no lo que algunos nos quieren hacer ver

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