DE MONSTRUO A SÍMBOLO

DE MONSTRUO A SÍMBOLO

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La torre que hoy es símbolo de la capital francesa fue inicialmente monstruo de hierro despreciado y criticado por artistas y ciudadanos de ambos lados ribereños del Sena, que deseaban ver concluida la Exposición Universal de París de 1889, para desmontar aquel entramado de hierros y mandar las piezas a un desguace lejos de la ciudad, por inútil e inservible.

La torree fue rechazada un año antes por los barceloneses, argumentando que desentonaba estéticamente con el templo de la Sagrada Familia que Gaudí ya dirigía en la ciudad condal, cogiendo Gustave Eiffel los planos bajo el brazo camino de París para vender su producto a los regidores de L’hôtel de ville situado en la Place de Grève.

El empeño contra viento y marea del ministro de Comercio y Comisario General de la Exposición, Éduard Lockroy, hizo posible que el proyecto del ingeniero dijonais se hiciera realidad por encima de los abucheos que durante la construcción recibió el actual emblema parisino, consagrado como tal y librado del estercolero por los servicios prestados durante la Primera Guerra Mundial, cuando la antena situada en lo más alto del ingenio metálico sirvió para interceptar las comunicaciones de los alemanes, colaborando con ello a ganar la guerra.

Es bueno, pues, recordar que fue un día como hoy de 1887 cuando se iniciaron las obras de cimentación del esqueleto férreo visitado actualmente por ocho millones de personas cada año, muchas de las cuales toman el ascensor para contemplar la capital gabacha desde los 300 metros de altura que tiene la tour Eiffel.

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