ANTONIO LÓPEZ

ANTONIO LÓPEZ

Vivir en “provincias”, como dicen los madrileños, reporta el sosiego necesario para vivir en paz y sin precipitaciones, gozando del encuentro callejero con amigos en cadena interminable de abrazos y saludos.

Pero tiene la servidumbre de obligar a los provincianos a viajar a la capital del reino para disfrutar de espectáculos teatrales, exposiciones, conferencias y otros actos culturales, inasequibles a lugareños del extrarradio, aunque se viva en una ciudad esencialmente cultural, que presume de esa capitalidad.

Esa es la razón por la que este bloguero puso ayer manos al volante y marchó carretera arriba hasta el museo de la baronesa, para disfrutar de las ciento treinta obras que los lápices, pinceles, palillos, vaciadores y buriles del mejor seguidor de Velázquez  que aún tenemos entre nosotros, nos ha dejado en telas, escayola, bronce y madera.

Y ha valido la pena el viaje porque me ha permitido viajar sin prisas por el anárquico trabajo del artista tomellosano, saboreando las pinturas, esculturas y dibujos de López desde 1953 hasta ahora, traducidas en figuras humanas, dependencias domésticas, flores y paisajes urbanos, especialmente madrileños, llevados al lienzo y la tabla durante los últimos cincuenta y ocho años.

Aunque me declaro seguidor de Renoir, Cézanne, Manet y Monet; admirador de Goya; aliado de Picasso; fan de Velázquez; cómplice de Miró; imitador de El Bosco; y exaltado incondicional de Van Gogh, debo confesar que desde noviembre de 1985 cuando descubrí a Antonio López en la Europalia de Bruselas, le sigo atentamente los pasos, sufriendo ciertas decepciones ajenas al artista, como la visita frustrada que hice a Madrid para verle frente al caballete que mantuvo durante años en la caída de la madrileña Gran Vía.

Si amar es ver algo hermoso y querer compartirlo, permitidme lectores que desde la estima que a todos tengo, – aunque a muchos no conozca -,  os invite a pasearos por las salas y pasillos del baronésico museo antes del 25 de septiembre en que cerrará sus puerta a la obra de López, marchándose ésta tan contenta al Museo de Bellas Artes de Bilbao.

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