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SOLEDAD DE LOS EXPOLÍTICOS

SOLEDAD DE LOS EXPOLÍTICOS

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Los políticos desdiputados por las urnas son frustrados personajes que caminan por la ciudad de un lado para otro, sin rumbo fijo y perdidos. Cruzan la calle una y otra vez, como zombis perdidos en Saturno. Retroceden, dudan y avanzan. Simulan mirar un escaparate hablando con ellos mismos, porque son los únicos que les escuchan. Tropiezan con todo lo que encuentran a su paso, como si estuvieran ciegos, ensimismados y ausentes. Finalmente, se detienen fingiendo haber perdido algo muy apreciado y se ponen a buscarlo por el suelo, sin que los transeúntes les presten mínima atención.

Hartos de buscar el objeto perdido, se incorporan, alzan la cabeza y continúan su marcha como sonámbulos, con la vista perdida en un túnel interminable percibido sólo por ellos, mientras los viandantes pisan las sombras alargadas que dibujan sus cuerpos en la acera.

Viendo así a los políticos ausentes por imperativo democrático, no queda otra cosa que parafrasear al poeta romántico lamentando: ¡Dios mío, qué solos se quedan los expolíticos! ¡Qué solos, qué apartados y qué ignorados! Los mismos ciudadanos que antes les hacían pasillo, ahora caminan indiferentes a su lado sin volver la cabeza, salvo para recordarles con la mirada lo que ahora son. Acostumbrados a recibir cabezadas, son ellos quienes inclinan ahora la testuz buscando por el suelo los privilegios perdidos. Las palmadas en la espada se han tornado palmetazos; y los aplausos, palmas de tango festejando la devolución del toro a los corrales.

Tales expolíticos son apéndices que pasan ya desapercibidos en saraos, festejos, inauguraciones, ceremonias y procesiones. Han sido eliminados de cenas, cócteles, palcos, contrabarreras y balcones, y apenas recordados por los chóferes que les llevaban en coches oficiales de un sitio para otro. Ausentes de la vida, no disfrutan el merecido descanso del guerrero, ni el reconocimiento del sabio, porque su vida pública no merece otra cosa que el mismo olvido de los objetos inservibles que se amontonan en la penumbra de los desvanes, entre polvo, telarañas y roedores.

ALTERNATIVA COMO ESPECTADOR

ALTERNATIVA COMO ESPECTADOR

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Invitado por tres conocidos y populares amigos salmantinos, acudí ayer con ellos por primera vez a una plaza de toros, ocupando la contrabarrera que teníamos reservada en plaza de toros de Ledesma, para recibir mi bautismo taurino de la sabia mano de estos grandes aficionados.

La impresión de este neófito es que el espectáculo tiene colorido, sabor a polvo en la lucha mantenida por un trágico muñeco contra la fuerza bruta a ritmo de pasodoble, y complacencia de humanidad espesa que jalea con pañuelos blancos al comisario, censurando con silbidos su escasa generosidad hacia los toreros.

Desfile en carroza de chiquillas coronadas con gesto tímido hasta ser liberadas por los damos con ramos de flores entre aplausos; peñas de jóvenes jaleando el espectáculo; y un cantaor silenciando la centenaria plaza ledesmina con tres coplas a los toreros, a modo de saetas procesionales andaluzas.

Oyendo las explicaciones de mis anfitriones sobre la trágica ceremonia que presenciábamos, no puedo negar al valor ritual de la misma, ni la riqueza de vocabulario que la acompaña, ni la entrega del variado público, ni el juego democrático de la petición de oreja, aunque el presidente tenga la última palabra en esta diversión pentacentenaria.

Y en medio del espectáculo, un golpe de glamour con la presencia del modelo de Loewe y Armani rodando por el suelo en una embestida que alarmó a la condesa de Bornos y Grande España, tras aceptar sonriente el brindis de otro torero entre los silbidos y abucheos de buena parte del público, que Esperanza Aguirre no tomó en cuenta, como si las quejas del respetable fueran para sus vecinos de contrabarrera y la cogida de Cayetano un asunto de menor importancia.

¡Ah!, los que tengan buen ojo pueden vernos a los cuatro en la foto de este digital salmantino, como testimonio de verdad, aunque amigos escépticos no acaben de creérselo.

GÓNGORA DELATOR

GÓNGORA DELATOR

Sabíamos que don Luis era festivo, conversador y sociable. También  que vivía con un lujo impropio de las mortificaciones sufridas por los clérigos de la época. Y pocos ignoran que gustaba de participar en timbas de naipes y aplaudir entusiasmado en las corridas de toros.

Pero lo que no sabíamos de este canónigo cordobés y capellán real del tercer Felipe, es que se hubiera atrevido a tomar la pluma para acusar de amancebamiento al primer inquisidor de la ciudad, como revela el manuscrito inédito que fue presentado ayer en la Biblioteca Nacional.

El culterano párroco descendió de las alturas  con la juventud de sus treinta y cinco años, para autografiar en cinco folios testificales ante el Santo Oficio cordobés, el 25 de febrero de 1597, que don Alonso Jiménez de Reynoso, se beneficiaba con gotas de sudor de los favores sexuales ofrecidos por la licenciosa María de Lara.

Hemos de agradecer a la hispanista Amelia de Paz el hallazgo del documento ofrecido ayer a los interesados en verlo, aunque su descubrimiento haya sido inesperado, como sucede algunas veces a quienes pasan horas, días, meses y años, buscando datos en cedularios, investigando legajos en archivos, indagando en bibliotecas y rastreando hemerotecas, sin reconocimiento popular alguno.

FIESTAS, CASETAS Y TOROS EN SALAMANCA

FIESTAS, CASETAS Y TOROS EN SALAMANCA

Estamos en plenos festejos tradicionales en la ciudad que habito, celebrando no se sabe muy bien qué, pero supongo que será algo relacionado con la Virgen patrona de la ciudad, aunque los espectáculos mundanos superen holgadamente a las celebraciones litúrgicas.

Sin ánimo de aguar la fiesta a nadie, porque no es esa mi intención ni lo conseguiría, quiero dejar constancia escrita de mi incapacidad mental para comprender que, año tras año, – pero menos este año  -, el Ayuntamiento dilapide miles de euros del dinero común en pagar festejos, teniendo, por ejemplo, calles sin luz y por asfaltar. Y no es que yo niegue la diversión ciudadana, no; pero que cada uno se la pague, como hago con los conciertos de Sabina, desde que compartí un bocadillo con él en Zurich, allá por 1986. Considero que los concejos no deben fomentar con nuestros impuestos las arcas de la hostelería, sino la cultura y bienestar de todos los ciudadanos.

Por otro lado, y debido al desgaste neuronal por la edad, no alcanzo a comprender el placer de mis vecinos  por tomarse de pie, entre empujones, envueltos en polvo y aromatizados con los gases expelidos por los vehículos a motor, una cervecita en improvisadas e insalubres casetas, servida en vasos de plástico.

Por último, tampoco acierto a comprender el interés de mis paisanos en ocupar rocosos tendidos graníticos en recintos circulares al aire libre, para ver como unos maniquíes vestidos con trajes iluminados arriesgan su vida con un trapo de franela en la mano, mientras van horadando la piel de un animal hasta apuntillarlo, entre el regocijo general. Juego mortal aplaudido por una multitud sobrada, espesa y desocupada, que corea el duelo solitario entre un muñeco trágico y la brutalidad de una bestia brava, encastada y encornada.