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ENTREVISTA EN WORMS

ENTREVISTA EN WORMS

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El 16 de abril de 1521 la tensión se mascaba en el salón de la ciudad de Worms donde se reunió la asamblea de príncipes del Imperio Germánico bajo la presidencia del joven de veintiún años Carlos V con el presunto hereje Martín Lutero, para que este se retractara de sus escandalosas tesis, si quería evitar la condenación y librarse de la pena de excomunión, dictada meses antes por el papa León X.

Pues bien, lejos de retractarse, el fraile agustino confirmó ante la Dieta de Dorms sus convicciones y rebeldía ante el statu quo eclesial, con el apoyo de miles de creyentes que condenaban el vicio, abuso, despilfarro, corrupción y compraventa de indulgencias, practicada por la Iglesia, con el apoyo, patrocinio y representación del joven emperador.

La posición de Lutero molestó a los asamblearios de Dorms, indignó a la curia romana, enfrentó a la feligresía y provocó el enfado del poderoso y catoliquísimo mandamás político-religioso, ortodoxo, mantenedor y defensor de las tesis papales y las doctrinas oficiales de una Iglesia corrompida, que se contrarreformó, sin poder evitar la fractura ideológica de consecuencias bien conocidas por todos.

Lutero fue calificado de hereje, tratado como delincuente, condenado por desviacionista, despreciado por manipulador y expulsado por sectario, prohibiéndose la lectura de sus tesis en toda la cristiandad romanizada y eliminando de pena a quien matara al monje agustino, quedando arrestado, condenado y posteriormente liberado por el príncipe Federico que lo mantuvo oculto hasta que el emperador entretuvo su tiempo en guerras capitulares.

EL PUEBLO ORDENA FRATERNIDAD

EL PUEBLO ORDENA FRATERNIDAD

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Nos faltaba a los españoles año y medio para recuperar la democracia perdida el 18 de julio de 1936, cuando nuestros vecinos portugueses cantaron a los cuatro vientos, con claveles en los orificios de los fusiles militares, la prohibida canción “Grândola, Vila Morena”, para decirle al mundo que la dictadura salazarista pasaba a mejor vida en la República portuguesa, después de cinco décadas de dominio.

Hace hoy cuarenta años que la emisora católica Renascença envió de madrugada ondas al aire anunciando el inicio de la Revolución de los Claveles, proclamando la orden popular de convertir Portugal en tierra de fraternidad haciendo “en cada esquina, un amigo; y en cada rostro, igualdad”, jurando tener por compañera la voluntad de Grândola.

Las guerras coloniales, el mercantilismo y la autarquía alimentaron el creciente descontento del pueblo, con fuerza suficiente para alentar el ánimo de los militares, aglutinados en el Movimiento de las Fuerzas Armadas que dieron un golpe de mano en la mesa presidencial de Caetano, más certero puñetazo que el Levantamiento de Caldas.

Hoy, después de otras cuatro décadas de silencio, el pueblo ha vuelto a recuperar la canción para gritársela al Gobierno actual en el Parlamento portugués, como protesta por los recortes que ahogan al país vecino con similar fuerza que retuercen el cuello de muchos españoles.

DESAPARECIDOS

DESAPARECIDOS

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Millones de seres humanos han desaparecido en guerras, dictaduras y dictablandas, sin que los gobiernos se hayan preocupado demasiado en dar con su paradero, sea cual fuere el rincón del mundo donde permanecen ocultos sus huesos en la tierra, tras servir de alimento a los gusanos.

Sabemos que muchos de ellos convivieron en sótanos, cárceles y galerías nocturnas antes de ser asesinados, entrecruzando miradas opacas de dolor, profundos suspiros resignados al exterminio y respiraciones entrecortadas, mientras en la superficie la ciudad dormía ajena a su tragedia.

Tras la matanza quedaron todos desnudos y amontonados en el suelo sobre sus excrementos, sin rostros en las fotografías ni mortaja de alivio, con insultante impunidad para los matarifes y, en algunos casos, con los dioses por testigo.

Urge que la reja del arado se sorprenda arañando túmulos amorfos de peronés, tibias y costillas, ante la mirada sorprendida de los forenses al contemplar la procesión interminable de cadáveres mutilados, sin manos unos, algunos sin piernas, otros ciegos, muchos con el cráneo perforado y todos linchados.

En nombre de quién, o de qué, se cometieron los crímenes que se llevaron a tantas personas por delante, junto a sus amigos, y a los amigos de sus amigos. A todos. Porque se llevaron a millones de seres humanos, que hoy están desaparecidos en Argentina, Brasil, Uganda, Chile, Indonesia, Argelia, Sri Lanka, Tailandia, Turquía,…y las cunetas españolas, porque nuestro país es el segundo en el número de desaparecidos, por detrás de Camboya.

Los desaparecidos son los cotidianos murientes de interminables agonías. Seres numerados, sin nombres ni apellidos. Mártires ignorados de la intolerancia. Desconocidos ciudadanos, nominados en todas las latitudes con una apocalíptica palabra: desaparecidos.

CARNE DE CAÑÓN

CARNE DE CAÑÓN

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La historia es pródiga en guerras donde mueren a paladas millones de ciudadanos anónimos que son utilizados como carne de cañón por quienes no pisan el frente de batalla, ni pegan tiros, ni corren riesgos, ni dejan huérfanos y viudas, ni sufren amputaciones, ni quedan ciegos, ni utilizan sillas de ruedas tras las explosiones.

Cientos de millones de personas de todo el mundo han muerto en guerras, donde la barbarie humana muestra su peor cara a los indefensos ciudadanos, sin que tengamos noticias de reyes, jefes de gobierno o ministros, que estén sufriendo rasguños en su delicada piel, tras combatir en las trincheras.

La historia viene de lejos, pues ya en la conquista española del cono sur, los virreyes utilizaban indígenas para luchar contra sus propios hermanos indios, que caían como moscas por los dos bandos, una vez doblegados los rebeldes a la dominación española, aunque la historia nos la hayan contado de otra manera.

Los jefes que allí quedaron aprendieron tan bien el mensaje que los negros argentinos ocuparon la primera línea de fuego en la lucha por la independencia. Negros fueron también los brasileños que cayeron en su guerra con Paraguay. Y miles de indios peruanos y bolivianos tiñeron de sangre la tierra en la guerra contra Chile.

Los gobernantes que dan la orden de ataque permanece en los despachos enviando los ciudadanos al matadero, sin percibir que dar la vida por la patria no es ofrecer la muerte por ella en una guerra, sino trabajar por su engrandecimiento, progreso y bienestar.

PAZ INTERIOR

PAZ INTERIOR

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El respiro otorgado por los armisticios de paz que suspenden hostilidades guerreras entre pueblos o ejércitos beligerantes, no es comparable al bienestar y dicha que reporta la paz interior, ajena a protocolos y firmas. Concordia íntima que revitaliza la esperanza, guarnece el amor, refuerza la amistad, conforta el ánimo, depura incertidumbres, esparce felicidad y destierra el insomnio, permitiendo descansar plácidamente en gozosa nube emocional reservada a quienes nutren su vida con bienes espirituales.

Al sosiego anímico de la paz interior se llega caminando con ascéticas almohadillas contemplativas por el sendero de la reflexión y buen entendimiento consigo mismo, haciendo de la reconciliación, virtud; indulto, de los pleitos personales; acuerdos, de las discordias; sosiego, de las turbaciones; y quietud de la agitación diaria provocada por desazones comunales, profesionales, sociales o familiares.

No es la paz interior patrimonio de la mística, ni coto privado de los altares, ni privilegio exclusivo de claustros conventuales, ni heredad de piadosas celdas. También la ascética espiritual laica es beneficiaria de los favores testamentarios legados por ermitaños medievales a los anacoretas rurales y urbanos del presente siglo, acelerado por la urgencia, el apremio y la impaciencia.

Es la paz interior soporte de la existencia presente y profilaxis espiritual del futuro personal de cada cual. Es mosquetón que afianza la voluntad y garantiza la seguridad contra vientos anímicos y tempestades espirituales, en escaladas de la vida, desgraciados barranquismos sociales, soledades espeleológicas morales y rescates personales, que precisan el aliento cálido de la paz para ver con nitidez el bosque de la vida sin pantallas de árboles que impiden ver la salida a la luz de la esperanza.

La paz interior es el consolador sueño que ambicionamos al despertar en medio de la pesadilla diaria. La gran esperanza en la reconstrucción cuando a nuestro alrededor todo son escombros. El disolvente que necesitamos para blanquear la negra aflicción que nos salpica. El aroma que extingue el dolor de la tristeza. La seda que enjuga las lágrimas. El refugio que ampara la soledad. Y el bálsamo que nos aleja del torbellino social, la prisa de los escaparates, la urgencia de la premura y el comercio dislocado del consumo, ayudándonos a disfrutar el presente, aliviar pasados quebrantos y ganar un futuro en paz, con templanza y moderación, que nos aleje de superfluas guerras interiores.

GUERRAS

GUERRAS

Sin dinero, patrias, dioses, héroes, condecoraciones y marchas militares, no habría guerras ni matanzas, pues cualquiera de estos elementos es capaz de llevar al matadero a miles de ciudadanos en su nombre, no pudiendo evitarlo la sinrazón de los seres racionales, ni las inhumanas leyes que contribuyen a ello.

Podemos eliminar la música militar que no pudo levantar a Georges Brassens. También es fácil suprimir las condecoraciones que lucen en el pecho los matarifes y desterrar a los héroes borrando las listas de sus heroicidades. Incluso podríamos extraditar el dinero implantado de nuevo el comercio de trueque de las sociedades primitivas. Pero no podremos acabar con patrias y dioses, porque patrioteros y fundamentalistas religiosos nos lo impiden con el cetme en una mano y libros sagrados en la otra.

Sucede que la inmoralidad se hermana con la mortalidad para hacer de la vida una quimera inalcanzable en los campos de batalla, donde la locura colectiva cierra el paso a la razón, haciendo racionales a los seres vivos irracionales.

Cuando el odio nubla la razón y la codicia pervierte el sentimiento, viene la soberbia a enturbiar la retina que ve en el objetivo del arma un ser humano a través del visor, antes que los gatillos enloquezcan en trepidar funesto y una mano negra apriete el botón del exterminio.

Las guerras ordenadas desde los despachos blindados son pretextos que ocultan intereses espurios tras inexistentes razones que buscan hacer patrimonio propio con los bienes ajenos, expropiando a los débiles aquello que les pertenece.

Las guerras son nubes de humo coloreado de rojo por la sangre vertida sin justificación alguna, aunque los matarifes hablen de guerras pacíficas, inevitables exterminios y daños colaterales, para explicar la muerte de seres humanos, porque lo más parecido a una guerra perdida, lo más triste, es una guerra ganada.

GUERRAS PACIFICADORAS

GUERRAS PACIFICADORAS

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Desde la teórica “era de la paz” que se abrió el 7 de mayo de 1945 en los cuarteles de la SHAEF cuando los alemanes firmaron el acta de rendición incondicional ante los aliados, dando fin a la segunda gran guerra, se han contabilizado más de 25 millones de personas muertas en guerras de menor cuantía, a las que añadir el doble número de expatriados, deportados y expulsados de sus países.

Estas pequeñas escaramuzas, minimizadas por los gobiernos con raros eufemismos para evitar masivas muertes con tales cortes de bisturí, les ha permitido hablar de “guerras pacíficas” o “misiones de paz”, aunque los inocentes soldados enviados a esos mataderos desde despachos donde no silban las balas, desaparezcan del mapa junto a civiles asesinados bajo la perífrasis de “efectos colaterales”.

“Si vis pacem, para bellum” es la gran falacia utilizada por los gobiernos para justificar lo injustificable, que debemos obligarles a cambiar por “si vis pacem, para pacem”,  forzando la paz que todos deseamos, menos unos cuantos, aunque estos sean los que deciden sobre nuestras vidas.

Averiguad quienes se benefician de las guerras y tendréis la respuesta. Pero no os hagáis ilusiones porque nunca la encontraréis, como anticipaba Bob Dylan en su canción “A hard rains a gonna fall», diciéndonos que “la cara del verdugo siempre está escondida”.