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ASALTO A LA VIDA

ASALTO A LA VIDA

Un centenar de seres humanos procedentes de la hambruna han saltado la doble valla concertinada que limita el norte del sur en territorio africano español, besando con reverencia el suelo conquistado tras jornadas incansables de caminar huyendo del maldestino en que la fatalidad los dejó abandonados al pairo de la vida.

Asaltos que no detendrán las vallas europeas, ni los muros mejicanos, ni las tempestades mediterráneas, ni las muertes incesantes de las pateras, porque cuando las personas no tienen nada que perder están dispuestas a perderlo todo por conquistar un mundo donde se discute la calidad del chocolate mientras los asaltantes se muerden los codos de hambre.

Para comprenderlos es preciso poner el oído en su pecho y escuchar los latidos de su alma exiliada y el desgarrado grito silencioso de la soledad que les acosa con voz ronca de queja resignada y dolorida por la marginación y el desamparo, poniendo al descubierto la huella de las espuelas que el jinete de la miseria deja en su quebrada existencia.

Inmerecido destino del azar que se entretuvo en cuna de terciopelo, mientras la lluvia destilada en las chabolas maldecía el futuro de estos desesperados, humedeciendo con lágrimas enrojecidas el llanto enjaulado en la impotencia de quienes no han cometido otro delito que nacer al sur de la opulencia.

NO SE HAN BORRADO LAS FECHAS

NO SE HAN BORRADO LAS FECHAS

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A Manolo, compartiendo su doliente viudedad.

Titubea la llama de los cirios en el espacio que dejó la pupila enamorada de Ana María sobre las espadañas, tocando a muerta las campanas sin dar tiempo a la despedida, porque el antojadizo infortunio anticipó la separación con previo aviso imprevisible en las agujas del reloj, goteando lágrimas desconsoladas en la semilla fértil del amor y la ternura, ya irrecuperables en el destierro de la luz.

El silencio abandona su paradero para descender al luto de los brazaletes y solapas, y el ángel de las bodegas cotidianas olvidó acudir puntual a las copas de sobremesa, requerido por la pena de un adiós irremediable, sin encontrar consuelo en las amistosas cepas compartidas durante décadas con lisura de sonrisa y desenfadado humor filial.

Hoy vierten los capilares de la memoria un aliento húmedo que impide al milagro de la resurrección recuperar el himno que la sombra de la oblada custodia con invisible celo, entre rosarios terminales y reliquias adormecidas sobre las almohadas familiares.

Más tarde, la ausencia se hará costumbre sin más requerimiento, ni posible retorno, ni propuesta de salvación. Se aceptará el luto con resignación inevitable. Y un rosario interminable de sinembargos apadrinarán los nuevos desposorios del viudo con los hijos que comparten el dolor, mientras el crucifijo devuelve la esperanza en futuro encuentro con la mujer que anticipó su viaje, convencida del reencuentro feliz con quien gozó de la vida, compartiendo promesas de resurrección.

NEGRA SOLEDAD

NEGRA SOLEDAD

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Negra soledad es la Soledad con mayúscula, la de verdad, la que no engaña, la que atosiga, entristece, mutila y debilita. La que viene directa a por nosotros cuando el amor se esconde, cuando estamos a la intemperie, cuando la suerte nos abandona al pairo de la vida, cuando manos ajenas se tornan garfios y la solidaridad huye espantada a las cavernas donde la redención no es posible.

A esta Soledad me refiero y no a la consoladora melancolía que acompaña en las tardes invernales, cuando el viento silba en la ventana y el fuego del amor arde en la distancia de corazones enajenados, esperando la resurrección con el beso enamorado de la falda que se espera con un verso de la mano.

Detengo mi pluma frente a la negra Soledad que siempre acude inoportuna a la terca llamada del luctuoso desamparo, al aliento funerario del amor perdido, a la decepción de la intimidad amistosa o al fracaso humano desprevenido, para dejarnos en el alma un poso acre de dolor, hermanado con pesadillas de insomnio determinante.

Esta Soledad no tiene finalidad en sí misma, pero se convierte en destino inevitable. No se propone un objetivo premeditado, pero en ella finaliza el destierro exterior. No justifica la huida sin destino, pero cobija en su sombra a los exiliados. No entiende el abandono, pero explica el quebrando del aislamiento involuntario.

Nos acercamos a esta Soledad desnuda cuando vamos hacia ella vestidos de harapos robando silencios a la vida, sin encontrarnos en el camino hacia ella con frágiles pierdetiempos que nos distraigan, con tropezones que alteren el ritmo de marcha, y con direcciones obligatorias que llevan nuestros pasos hacia al secreto territorio donde nos espera tendida en cuna la desesperanza.

EL VALOR DE LUCHAR

EL VALOR DE LUCHAR

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No hay desventura invencible, ni desgracia duradera, ni contratiempo prematuro, ni fatalidad irredimible que perduren en el tiempo, si alzamos el espíritu por encima de toda calamidad imaginable con el ánimo en bandolera, pues el malhadado azar que conduce a un aciago destino, rinde su poder ante la fuerza de voluntad que enarbola la bandera de lucha por conseguir lo imposible para ganar la vida.

Cuando la vida se empeña en mostrar el azogue opaco de los espejos, no queda otro remedio al infortunio sino romperlos a golpes de voluntad para conquistar el futuro.

Cuando no se tiene escalera para ascender en la vida donde otros llegan remontados con soplos de amistad, hay que hacer de la constancia un taburete y empinarse sobre él.

Cuando la suerte da la espalda a la fortuna y el futuro se oscurece hasta hacerse un punto negro en el destino, hay que mirar de frente al infortunio y obligarle a dar la cara.

Cuando la esperanza es una puerta sin mañana, hay que tirarla abajo con empeño para abrir un camino al porvenir descerrajando los candados blindados por la desgracia.

Y si el destino mantiene fija su mirada en un punto venidero inalcanzable, hay que poner el valor en pie de guerra, fortalecer la voluntad, golpear con sacrificios, apelar a renuncias y perseverar en el empeño de la victoria, para redimir la adversidad de la inmerecida desgracia y prematura desdicha.