PROCESAMIENTO

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Un defensor de causas perdidas, contradictor de lo evidente, mercenario publicista y soberbio tertuliano, no por su sabiduría, sino por su prepotencia, lapidaba ayer al juez que ha procesado a la sexta heredera a la corona de España, profetizando que las aviesas intenciones del juez serían condenadas por absolución de la Audiencia Provincial, demostrándose así la injusta decisión judicial y la inocencia de la infanta.

A este sabihondo pesebrero, receptor de favores y talibánico defensor de causas indefendible, se han unido también cortesanos, monárquicos y cuantos se niegan a ver lo que es evidente para la mayoría de vasallos, incluida mi vecina Colasa que tiene en la mesita de noche una estampa de padre, hija y yerno, bendecida por el cardenal que más cardenales y heridas ha hecho en la piel de toro desde los Borgia.

Cuesta mucho defender la presunción de inocencia en un Estado de Derecho cuando la infanta ha sido relegada de las fotografías por sus reales padre y hermano, ya antes de ser imputada y procesada. Es rueda de molino difícil de digerir la ceguera de un amor que impide ver los beneficios obtenidos con las fechorías. No es fácil aceptar la imputación de la esposa de uno de los dos socios y la inocencia de la mujer del otro por ignorancia debida. Nadie puede creerse el empeño de un juez en demostrar la culpabilidad y procesar a una presunta delincuente real sin tener pruebas contundentes para ello.

A la mujer del César no le basta con ser honrada si parece lo contrario a los ojos del pueblo, porque en este caso hay hechos pestilentes que huelen a distancia, por mucho que se cubran con tierra de diatomeas políticas como pesticida contra la plaga de corrupción que ha llegado hasta la puertas de la Zarzuela, tratando de evitar la condena de la Infanta y la investigación de las andanzas reales, con un aforamiento exprés votado por un solo partido, que ahora no alcanza la mayoría absoluta que utiliza para sus fines.

Pensábamos que el desafortunado era el exmarido de la real niña mayor por razones sobradamente conocidas, pero nunca creímos que la hija menor también tuviera un exceso cromosómico en el par veintitrés de su cariotipo que le impide enterarse de las andanzas de su marido por enloquecido amor que deriva en enajenación verdadera y desmemoria de los hechos ante el juez, alejándose de la romántica metáfora utilizada por los enamorados.

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