LIBROS DECORATIVOS

LIBROS DECORATIVOS

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El dueño de una importante librería me comentaba con ironía y decepción, la visita de una mujer a su establecimiento pidiendo que le llevaran a casa tres bloques de libros lujosamente encuadernados, que midieran setenta y cinco centímetros cada uno, para decorar con ellos el espacio libre de tres estantes domésticos desocupados.

Complaciendo a la señora, el dependiente le vendió los libros más caros que tenía desterrados al olvido en el almacén, envueltos uno por uno en papel de celofán y con el lacito correspondiente, para satisfacer el gusto de la dama que pretendía ocultar socialmente su incultura con lotes de libros.

Esta anécdota es ilustrativa de la realidad española donde se editan muchos libros, se lee poco y se presume mucho llevando libros a las estanterías privadas, porque la casa que no tiene libros carece de dignidad, como decía Edmundo de Amicis.

Propongo, pues, ediciones masivas de libros para iletrados, estafadores de la cultura y comerciales avispados, con miles de páginas en blanco y lomos adornados con purpurina, para exhibirlos en expositores de librerías especulativas, armerías contraculturales y tiendas de animales, con el nombre de «libros decorativos».

El libro como objeto comercial, elemento decorativo, ente presuntuoso y pieza doméstica ornamental, es carcoma que devora los anaqueles, ofende a la literatura, pervierte la cultura y hace realidad las palabras de Longfellow al afirmar que los libros eran sepulcros inservibles del pensamiento.

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