ES JINETE, PERO NUNCA FUE CABALLO

ES JINETE, PERO NUNCA FUE CABALLO

Un jinete sin estudios llamado Martínez, que se ha pasado la vida viajando de picadero en picadero por varios países del mundo con el dinero de mamá, ha escandalizado a propios y extraños diciendo que los jóvenes andaluces no tienen ganas de trabajar.

El alboroto formado carece de fundamento porque no todas las opiniones tienen el mismo valor, aunque todo el mundo tenga derecho a opinar, y el juicio de este caballista no merece consideración alguna, por mucho que levantara el cuello de la cazadora cuando le dijo a Jordi Évole semejante boutade.

Quiero tranquilizar a los ofendidos, advirtiéndoles que el talento no se hereda ni la sabiduría se contagia, algo que descalifica los sonidos guturales emitidos por este señorito andaluz con laringes atrofiadas.

El problema es que el terrateniente aludido ha sido siempre jinete, pero nunca caballo, lo cual no le excluye haber ido del ronzal apasionado de una famosa modelo, entre las risas del respetable.

Quien no ha sido nunca caballo ignora lo que duelen los fustazos del patrón en los costillares y las heridas que hacen en almas campesinas las espuelas de la explotación y el desprecio.

Este jockey, cuyo único mérito en la vida ha sido ver la luz del mundo desde la vagina de su madre, se permite decirle a las 250 familias de labriegos que sudan en sus 25.000 hectáreas de tierra, que les falta empuje para ganarse la vida. Tiene gracia.

Arrogante como los caballeros medievales lanza desde la grupa de su altanería un brindis al sol pidiendo un duelo para dirimir sus 32 querellas, con sable y a pecho descubierto, sabiendo que sus matones sujetarían al indefenso querellante mientras él le inserta la espada.

¡Qué sabe este madrileño señorito andaluz de tantas lágrimas como han rodado por las almohadas de los parados, si sólo conoce las paradas de sementales en las que ha hecho de mamporrero de una aristocracia rancia, sin espacio ni futuro fuera de las cuadras donde cocea impunemente contra la pobreza y el dolor de quienes cultivan el trigo que se lleva a su palacio, dejando a los campesinos la tierra reseca para que apoyen la cabeza en los terrones.

Con razón dice el Conde de Salva-tierra que la tierra no es para quien la trabaja, sino para él, que la salva y administra. Y de nada sirve que Miguel Hernández le recuerde que el trabajo y el sudor de los jornaleros levantaron los olivos en Jaén, pidiéndole a Calle-tano que calle y pida disculpas al pueblo que trabaja para él.

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