ENCUENTRO

ENCUENTRO

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Fue ayer un día de feliz encuentro con antiguas amigas desconocidas que dejaron su juventud junto a un colpicio vecino al que se llevó la mía. Fue una tarde de amistad sin la desconfianza en lo ignorado. Fue una escaramuza fraternal, nutrida de historias participadas en la distancia. Fueron dulces minutos compartidos sin la premura de la prisa, ni la agitación del compromiso.

Sin previo aviso de solidaridad, fuimos hermanando recuerdos hasta llegar a la firme promesa de permanencia y compromiso de posteriores encuentros que no tardarán en llegar, porque cuando la desgracia llama a las puertas adolescentes, los corazones no necesitan más pretextos para compartir la vida feliz que llegó tras el infortunio.

No hay diván psiquiátrico, ni gabinete psicológico, ni santero, ni pitonisa, ni confesonario, que igualarse pueda en aliviar pesares, limpiar conciencias y ahuyentar malos pensamientos, como las manos amigas que no piden certificados de buena conducta, ni acreditaciones de honestidad, ni pedigríes ideológicos, para ofrecer felices sonrisas, reconfortantes palabras, placenteras miradas y sinceros abrazos.

Amistad robustecida en fraternal encuentro, donde sólo tuvo cabida el afecto y la nostalgia de un tiempo pasado en colpicios, superado con la voluntad de sobrevivir a ellos extramuros de las tapias, pero conservando de intramuros la hermandad sencilla de unos corazones ebrios de compañerismo, estancados por voluntad propia en solidaridad compartida, ajena a toda competencia y subordinación.

Fueron tiempos orfandad, lágrimas nocturnas entre sábanas negras y soledad participada en hermandad solidaria. Tiempos de mutilaciones familiares y roturas del almas infantiles, que el tiempo, la voluntad de sobrevivir y la fe en la resurrección, han tornado en amorosa convivencia familiar, sólido velo de olvido, traducido en la dichosa vida otorgada a los hijos, ignorantes del origen de su felicidad.

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