EL MIRADOR DE LA CRUZ

EL MIRADOR DE LA CRUZ

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Hace hoy 150 años que Unamuno acomodó en Bilbao su nacimiento, cuna de cuanto fue, y crisol de esperanzas que cristalizaron luego en Salamanca. Pero fue Bilbao, villa fuerte y febril, hija del abrazo del mar con las montañas y cuna de ambiciosos mercaderes, la esperanza del sentidor, el hogar de su alma y la tierra donde posó su joven corazón, para que hiciera de él cuanto fue.

Y en Bilbao, un balcón, manantial de fuerza espiritual y nutriente de inextinguibles ansias y anhelos insaciables: el mirador de la Cruz, que con labios de madre y ojos de enamorado dejó en su espíritu historias de eternidad. Relicario de memorias infantiles palpitantes en su bochito, el suyo, que guardó el mundo de su infancia y juventud. Nido de niñez, rincón querido, en que ensayó con ansia el primer vuelo de amor a Conchita, entregándole su alma de primera edad albergando esperanzas de futuro compartido y consuelo de gozosa prole, con nueve bulliciosos hijos correteando por el patio de las Escuelas Mayores del Estudio.

Cuando ya no es ni se espera al maestro, el Mirador de la Cruz vuelve a ser la eternidad de su porvenir y la nostalgia melancólica de sugestivo retorno imposible al viejo hogar nativo, donde soñaba en días opacos a la muerte, cuando las trenzas de la niña guerniquesa apoyaba embeleso en la almohada del cuarto de su infancia y la cama le brindaba reposo, como un altar de ensueños, ilusiones y anhelos.

Tendidos sobre la desesperanza de inasequible regreso, los que con él vamos de camino desempolvamos en la memoria recuerdos inolvidables de su infancia y mocedad en páginas revividas, mientras suenan desgranadas notas de un piano derritiéndose en el silencio y las pinceladas de Lecuona nos devuelven al eterno mirador de la Cruz.

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