DESDE EL BALCÓN

DESDE EL BALCÓN

Homenaje a Unamuno

Recuerdo, homenaje y gratitud.

Con esos tres argumentos nos ha congregado un año más el Ayuntamiento, junto al pensativo Unamuno broncíneo de Serrano y frente a ese balcón desde el cual habló don Miguel a los salmantinos que lo vitoreaban, en esta misma plazuela, el jueves 13 de febrero de 1930 -al regresar del autoexilio-, para oírle decir que llevaba seis años esperando aquel encuentro con ellos, y que regresaba con la fuerza suficiente para conquistar la libertad que a todos faltaba, pidiéndoles que contaran con él para todo lo que pudiera serles útil.

Desde ese mirador de sus sueños, nos contempla hoy Unamuno, unidos al pie del torreón de las Úrsulas, recordándonos que el sol se ponía en el incendio de las nubes de oro del ocaso, tras la cortina de verdura de los álamos que emergían del torreón verde y oro, como alta visión renacentista, alboreando la conciencia de patria y consolando la mirada conmovida del maestro hacia esta fortaleza de piedras azafranadas, que desde hace siglos nos contempla a todos los salmantinos.

A dos pasos de aquí, frente al mirador, permanece el provinciano parque, rincón donde sigue brotando cada primavera el tierno plumoncillo de las hojas nuevas, dando la sensación de que el tiempo se detiene y remansa en la eternidad de un pasado que es a la vez porvenir, y de una puesta de sol que se confunde con el alba. En tal oasis soñó Unamuno despierto porvenires suyos, de Salamanca y de España. En ese bendito campo franciscano, abrigo de remanso y centro del universo, escuchó muchas veces el rumor de las aguas eternas.

Allí, al lado, en la capilla de la Veracruz, sigue estallando el barroco embutido en talla dorada, eternizándose para él la expresión de dolor sobrehumano en la Dolorosa de Corral. Y al salir del remolino formado por volutas ambarinas, veía, Unamuno, ya con otra alma, caer y rodar por la tierra las hojas doradas al sol en su áurea ciudad adoptiva.

Desde ese balcón atalayado, contemplaba también la torre de Monterrey con su calada crestería, verdadero encaje de piedra, viendo desfilar hombres y días, hablando del pasado y del futuro, repitiéndole hoy al alma que la contempla, cuanto decir cabe a quien habla consigo mismo, a quien acierta a expresar su persona, a quien logra ponerse desnudo de espíritu a la luz helada de su sombra. Y esa torre, metióle en su ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible. Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo. Confidente torre que vio madurar sus sueños en el balcón.

Y por la vieja calle de la empinada Compañía, entre piedras doradas, iglesias y conventos, subía el maestro anhelando una España celestial, colgada siempre de las estrellas, camino de las aulas universitarias.

Esa fue la visión cotidiana que contempló Unamuno, día a día, durante los 16 años que apoyó sus manos en la barandilla de ese balcón, que aún guarda sus más íntimos recuerdos personales y los pensamientos más profundos de este sentidor universal.

También la mañana del 31 de diciembre de 1936 ese balcón fue puente de unión entre don Miguel y la agitada vida salmantina, desde que se recluyó en el caserón tras el incidente del 12 de octubre. Frente a él pasó la mañana el día de su muerte que hoy evocamos, retirando témpanos suspendidos en la barandilla, mientras contemplaba los negrillos nevados flotando sobre la nube helada de algodón que cubría la calle adoquinada.

Concluido el almuerzo, Felisa llevó a Miguelín a ver belenes y María pasó a casa de su vecina Paquita, encamada con gripe, quedando solo don Miguel, en la camilla, sobre el sillón frailero, contemplando la higuera del patio interior antes de releer los últimos versos, anticipando que su destino sería morir soñando, porque si se sueña morir, la muerte es sueño y ventana al vacío donde todo sueño se diluye en humo y se difunde al infinito en manos del eterno invisible.

Unamuno pronunció sus últimas palabras con aliento helado en la casona. Y lo hizo a primeras horas de la tarde, frente al falangista Bartolomé Aragón, invocando la salvación de España en el cortante silencio del salón, cayendo luego de bruces sobre la camilla, sin que el doctor Núñez pudiera hacer algo por contener la hemorragia bulbar que puso fin a su vida.

La noticia de su muerte corrió tímidamente de casa en casa, comenzando a llegar íntimos vecinos al caserón con miedo a ser estigmatizados, al tiempo que el gobernador reforzaba el control de la casa y los alrededores para evitar inasequibles alteraciones del orden. Mientras esto sucedía, el pintor José Herrero captaba con urgencia su rostro, y los dolientes amigos se inclinaban ante el cuerpo yacente de don Miguel, ya deshabitado, pues su alma había huido hacia el destino buscado por él en años de interminable agonía, alojándose finalmente en el misterioso hogar del Padre Eterno, donde setenta y siete años después permanece, moviéndonos a recordarle.

Protagonista, sin pretenderlo, de la tragedia griega que le tocó vivir entre dos cruentas guerras inciviles, que mecieron su cuna y apuntalaron el nicho donde reposa. Alfa y omega de una vida jalonada de lucha contra el misterio, contra todo y contra todos. Principio y fin de una historia personal trenzada de indultos y condenas, porque Unamuno siempre reclamó el derecho a ser lo que quiso ser en cada momento, sin que nadie ni nada pudiera impedir que fuera aquello que dictaba su deseo. Prólogo y epílogo de una agonía cristiana que nace en el vientre de su madre Salomé y se hunde definitivamente en el lago de San Martín de Castañeda, junto a las ruinas de Valverde de Lucerna. Y entre esas dos guerras, el gran arcano, acompañándole siempre para explicarnos sus angustias y temores; sus idas y venidas; sus dudas y certidumbres; sus desesperanzas e ilusiones.

Así fue el último día de un personaje singular, que fue miembro de la Junta Municipal de Asociados; concejal electo del Consistorio; regidor síndico del Ayuntamiento; alcalde honorífico; decano, vicerrector y rector de la Universidad; diputado salmantino al Congreso; Ciudadano de Honor; presidente de las asociaciones obreras y gremiales salmantinas; hijo adoptivo de la ciudad y medalla de oro salmantina, a quien rendimos en el septuagésimo séptimo aniversario de su muerte, este homenaje de gratitud por su obra literaria, por su testimonio de honradez personal, su compromiso social, su entrega a la ciudad y por su ejemplo de búsqueda de la verdad por encima de la paz. Y lo hacemos horas antes de traspasar el umbral del nuevo año que conmemora el ciento cincuenta aniversario de su nacimiento.

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