CENSURA

CENSURA

¿Alguien ha llegado a creer que la censura sólo se da en los regímenes totalitarios o en las religiones? Pues está equivocado. Aquí vuelan los pretextos sobre la cabeza de los censores, y sus excusas para ajustar el dogal a los críticos sonrojan al espíritu más infantil.

En los países democráticos no existe censura oficial – ¡faltaría más! – entendida como intervención directa del poder para controlar la libertad de expresión, criminalizando ciertas opiniones. Algo así como lo ocurrido a lo largo de cuarenta años durante la negra etapa franquista, en la que algún premio Nobel llegó a ser destacado censor al servicio del régimen.

Bueno, antes del golpe también hubo censura. Basta abrir los periódicos de la última etapa de la Segunda República para ver ostensibles tachones en sus páginas, acompañados de la obligada nota que decía “Visado por la censura”.

Es evidente que estas groserías intelectuales han desaparecido en la democracia, lo cual no significa que ahora no haya censura, claro. Porque censurar es detraer, o sea, apartar, suprimir. Y ahora se siguen retirando escritos y personas aunque no pretendan subvertir el
sistema, escandalizar a los menores o insultar al prójimo. El veto es tan sutil que sólo es percibido por quienes están bien despiertos y lo descubren tras los dialécticos ropajes con que visten los poderosos las mordazas que nos imponen a los demás. Atrezzos postmodernos con enaguas de anticuario.

La veda a la libre opinión es un bisturí con impuesto de lujo, porque desde que se inventó la democracia, también la censura cotiza en bolsa, y las acciones se las reparten los que quieren mantener el status quo, controlar la sociedad y pasar el cepillo entre los reclinatorios de la política. Son estos quienes envían sus sicarios a restregar la bayeta sobre los muros donde los inconformistas denunciamos la incompetencia de quienes tienen la llave de la hucha donde cada uno de nosotros estamos obligados a meter los euros que ganamos con sudor de nuestra frente, aunque ellos lo ganen con el humor vítreo de los que tienen en frente.

Aparcar una opinión significa hurtarle al opinante el derecho a decir lo que el censor no quiere oír. Algo hay de prepotencia, mal uso del poder y cobardía, con un punto de cinismo en los censucrores. Porque la democracia tiene su censucracia y sus censucrores, que se corresponden con la censura y los censores absolutistas. La primera adopta una forma reflexiva de temor. Lo de reflexiva no se refiere a una actitud meditativa, sino que expresa lo que gramaticalmente se entiende como acción realizada y recibida al mismo tiempo por el sujeto, es decir, autocensura, aunque con frecuencia tenga mucho de heterocensura encadenada. En cambio, lo de temor está claro: por miedo. O sea, que la censucracia en ocasiones es autocensura que los sujetos se imponen a sí mismos e imponen a los demás, por miedo.

Pero recordando lo que satírico Quevedo dijo al de Olivares, no debemos callar por más que con el dedo sobre la boca nos conminen al silencio o nos amenacen, porque la lengua de Dios nunca fue muda.

Eliminar una opinión crítica significa cerrar una ventana por donde asomarse al verde campo de la libertad. Sólo la mentira es más pesada que las cadenas verbales y más penosa que los bozales. Y el mayor pecado democrático no tiene forma de manzana sino de censura.

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