BOTELLONES

BOTELLONES

No me refiero a las botellas grandes, claro. Hablo de la costumbre tomada por los jóvenes de reunirse al aire libre para fomentar relaciones, oír música y charlar de sus cosas, acompañando estas actividades con licores espirituosos envueltos en bebidas carbónicas de diferentes colores y sabores, para reponer los fluidos corporales que pierden con tanto bacalao, hip-hop y reage, mezclado con cantos en honor a la querida patria asturiana, tan socorridos en las fiestas en honor al dios Baco.

También en mi juventud comprábamos bebidas, hacíamos acopio de vinilos para el pick-up y los más ligones trataban de convencer a ciertas féminas para que nos acompañaran a los guateques que organizábamos en casa de fulano o en el local de mengano. Esto nos permitía bailar una conga de jalisco entreverada con twist, yenka y rock and roll, mientras acariciábamos sutilmente la primera cintura, sin dejarnos muchas pesetas en el empeño.

Bien es verdad que también jugábamos a ver quién era más bestia abriéndonos la cabeza a pedrada limpia en aquellas legendarias pedreas, pero nunca incendiamos carros de la basura. Disputábamos los favores femeninos, pero las navajas jamás salieron de la cocina. A la hora acordada se tocaba zafarrancho de limpieza, antes de  marchar a casa con una bola de anís en la boca para ocultar el olor de los Celtas cortos, porque entonces maría sólo era un nombre sagrado imposible de cultivar en las macetas ocupadas por geranios. Eso sí, nos abrían el apetito con una copa de vino quina de diecisiete grados.

Para que se me entienda, el botellón es algo así como un guateque salvaje que se celebra en la calle durante toda la noche, sin orden ni concierto, al que puede añadirse cualquiera sin previo aviso. Comprenderéis entonces que si se cuelan descerebrados “cojos manteca” en la fiesta sin previo aviso, las consecuencias pueden ser muy negativas para vecinos, asistentes y policías, porque estos vándalos han sustituido su masa cerebral por virutas de alcornoque apelmazadas con etanol y sólo responden a garrotes, barrotes, bozales y grilletes.

No obstante, debe hacernos pensar esta rebeldía colectiva de los jóvenes contra el abuso económico y los “garrafones” de los bares de copas, y sobre su determinación para boicotearlos solidariamente. Si el resto de ciudadanos fuéramos capaces de coordinarnos para tomar medidas similares en otros órdenes, los empleados de las oficinas del consumidor pasarían a engrosar la lista del paro. Y, como dice un amigo mío, el gremio de la hostialería pondría algo más de sentido común en los precios.

El resultado del botellón, cuya finalidad parece tan encomiable, tiene poco que ver con la realidad, por diversas causas. Sí, veréis. Las ciudades no disponen de recintos capaces de albergar en condiciones dignas los cientos de chicos que se reúnen en torno a un vaso etílico de plástico. A esto se añade una personalidad inmadura que les impide controlar sus acciones porque en el grupo se diluyen las razonables opiniones personales que mantienen aisladamente cada uno de sus miembros por separado.

El botellón permite al joven salir del ámbito gobernado por los adultos; tomar un territorio; y afianzarse en el grupo. Además, beber es un rito iniciático para el joven, pero su inmadurez le lleva a un consumo neurótico de alcohol, bien para desinhibirse y mejorar su relación con el sexo opuesto o por presión del grupo. ¿Solución? Puedo decir que no confío en fórmulas represivas, aunque mantengo que los actos vandálicos no pueden salirle gratis a los salvajes. Creo más en el compromiso de las familias. Se ha pasado de una educación doméstica autoritaria a la permisividad sin límites, blindando a los jóvenes con derechos sin mencionarles sus obligaciones, desequilibrando el discurso democrático sin medir bien las consecuencias de tal exceso.

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