ACUSACIONES IMPERSONALES

ACUSACIONES IMPERSONALES

La falta de valentía administrativa de algunos gestores públicos, unido al miedo de otros a tirar la piedra contra el caradura, para evitar que se convierta en un bumerán a su propia negligencia, hace que las llamadas de atención a los subordinados sean impersonales y generalizadas, metiendo en el mismo saco a justo y pecadores.

Las declaraciones del secretario de Estado de Administraciones públicas, don Antonio Beteta, son prueba de ello cuando dice al mundo que “los funcionarios deben olvidarse de leer el periódico y tomar un cafelito”. Sus palabras ofenden a muchos servidores públicos honestos y entregados a los ciudadanos, que se llevan trabajo a casa, sin tiempo para desayunar con sus hijos ni recrearse haciendo crucigramas o sudokus, al tiempo que enmascaran a los que no dan palo al agua. Es decir, mal.

Todos sabemos de profesores que se escaquean más de lo que pueden, de cirujanos que no saben coger el bisturí, de administrativos que se pasan el día defraudando con su trabajo a los contribuyentes, de funcionarios que no funcionan, de empleados públicos que roban muchas horas de trabajo con sus retrasos sistemáticos, sus salidas anticipadas y su escaso rendimiento.

Pero también sabemos que a su lado trabajan funcionarios públicos al límite de sus posibilidades físicas sin reconocimiento alguno y, en algunos casos, sufriendo en sus carnes la impunidad con que se mueven los estafadores sociales que están a su lado, siendo de dominio público el desprecio  que ponen en el ejercicio de su profesión sin que el jefe o jefa mueva un dedo para evitarlo.

No comparto para nada la generalización de Beteta, pero los directores de instituciones públicas están obligados a controlar la actividad de quienes dependen de ellos. Deben analizar los rendimientos de los subordinados y verificar el cumplimiento del horario, para eliminar a los parásitos que viven del sudor del vecino.

No hablo de látigos, ni de moving laboral, ni de persecuciones, ni de exigencias de trabajo más allá de lo que corresponde. Pido simplemente a las cúpulas directivas que eviten la discriminación, los “complementos” lineales y generalizados, las llamadas abstractas de atención, la tolerancia de lo que debe ser intolerable y el silencio, amparador de quienes se aprovechas de los demás.

Pero sé que esto no es posible porque así me lo han enseñado mis décadas como funcionario docente y la experiencia, ya que el valor administrativo escasea, la competencia de las cúpulas es dudosa, el apoyo recibido a las sanciones limitado y en algunas ocasiones el jefe debe guardar silencio y mirar para otro lado porque él también tiene mucha mierda profesional que esconder bajo la alfombra de su despacho.

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