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Año: 2011

RETRUÉCANOS

RETRUÉCANOS

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RETRUÉCANOS

Diantres, caracoles, córcholis, rayos, centellas y retruécanos, eran interjecciones repetidas en los tebeos de mis días infantiles, cuando al abrigo del brasero pasaba largas tardes del invierno oyendo la radio en la sala de estar, junto a la alcoba donde una cama “turca” esperaba la llegada del visitante, cuando nos comíamos las cosas de jugar al no poder jugar con las cosas de comer.

Pero no son los ¡retruécanos! admirativos que expresaban sorpresa, enojo o malestar los que vienen hoy a este diario, sino figuras retóricas literarias como la última frase del párrafo anterior, que dan tanto juego en las adivinanzas cuando anuncian, provocando sonrisas, algo que directamente declarado ensuciaría castos oídos o delicadas creencias. Por eso los ateos caen más simpáticos cuando se despiden diciéndole adiós a Dios.

Dar un mensaje y a continuación otro diferente usando las mismas palabras aleja el aburrimiento generado por la cotidianidad monótona, cíclica y permanente, que obliga a responder como no sospecha el sujeto que espera nuestra respuesta. Así, cuando una mujer nos dice que su hija se aburre, sólo cabe lamentarnos que su hija sea burra, aunque ella no nos entienda y atribuya nuestro sentimiento al aburrimiento de su hija.

Tampoco es lo mismo para nuestra vecina decirle que se atormenta a que la tormenta se avecina, y hay quien confunde la aberración con una ración de ave. Pero que los recién casados estén tranquilos porque recibirán las dos cosas: el disco de amor y el mordisco, junto a los ocho mil quinientos euros iniciales de la hipoteca de quinientos ocho mil euros que habían solicitado para vivir en Consuegra, olvidando el marido que le tocará vivir con la suegra, teniendo toda la familia en la Mancha sin tener una mancha en la familia, a donde llegaron con una gorra de viaje tras hacer el viaje de gorra, pagado por su amigo Segundo Díez Alcala que vive en la madrileña calle Alcalá, 10, 2º, cerca de los que toman el sol en la puerta del metro porque no pueden tomar el metro  en la Puerta del Sol.

Mientras algunos se pasan días trabajando sin beber otros se están días bebiendo sin trabajar, observando a dos viejas en bicicletas sobre dos bicicletas viejas, mientras comentan que el cura tiene sida, pero que el sida se cura, rodeando una negra encinta con una cinta negra.

No faltan quienes tienen canastos, tos y canas, que duermen cuando no toman café y toman café cuando no duermen, y van a ver a la profesora de inglés sin poderle ver las ingles a la profesora, ya que la vecina de encima les impide tener a la vecina encima, porque no se mueven entre gente menuda sino entre menuda gente que piensa con el sentimiento y siente con el pensamiento, como dijo quien lo dijo.

 

INGENUIDAD

INGENUIDAD

INGENUIDAD

Encontré ayer a un joven amigo progresista y militante de izquierdas, esperando en la puerta del Liceo para entrar al mitin que el Partido Popular daba en ese teatro, y el afecto personal que le guardo me llevó a intentar – sin éxito – disuadirle de semejante propósito, en beneficio de su integridad, de su futuro político y de su tranquilidad, advirtiéndole que nadie del partido en que milita o que conozca su ideología, que le viera entrar en el mitin, permanecer en él o salir por la puerta, tendría la mínima comprensión hacia su presencia en el acto, por mucho que él lo explicara en todos los idiomas conocidos, con argumentos tan válidos como los que a mí me expresó.

Ingenuidad sólo aceptable en un joven inexperto, ignorante del delito político que iba a cometer en un país donde pocos aceptan como amigos a militantes de la facción opuesta, por muchas sonrisas que intercambien en sus casuales o forzados encuentros ocasionales.

Poco hablamos, pero tiempo tuve de advertirle que si los adversarios le reconocían vigilarían de cerca los movimientos suponiendo malas intenciones en el espía; y los afines criticarían su presencia en un acto propagandístico del enemigo. Es decir, que hunos y hotros desaprobarían su actuación y sería condenado a galeras por ambos bandos, como le hice saber.

Así de mentecatos somos los humanos, así de provincianos mentales, así de intransigentes democráticos, así de dogmáticos liberales. ¡Qué difícil es actuar libremente en el espacio político sin ser estigmatizado!

Como sé que mi amigo se pasea diariamente por las páginas de este blog, le recuerdo que a mi maestro le partieron la cara tantas veces como la puso, y tantas veces como mantuvo su verdad, perdió la paz. Y no sólo eso, el premio Nobel de literatura le fue negado por dejarse llevar de la curiosidad intelectual asistiendo a un mitin de Falange el domingo 10 de febrero de 1935.

 

SALVADORES

SALVADORES

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SALVADORES

Puestos ya definitivamente en su sitio los redentores militares que durante siglos han pretendido salvarnos de múltiples desgracias, nos queda todavía por superar el empeño de las autoridades civiles y religiosas por alejarnos de los graves males que nos rodean, aunque en algunas ocasiones hayan sido generados por ellos mismos, erigiéndose en salvadores de la raza humana, sin darse cuenta que somos lo suficientemente mayorcitos para equivocarnos por nuestra cuenta, sin necesitar la ayuda de nadie.

Hay que decirles que su empeño es baldío por innecesario, y que carece de justificación porque las actitudes que pretenden enmendar no dañan intereses ajenos, ni ponen en peligro la salud de otros y, menos aún, limitan las libertades de los demás, como ellos pretenden hacer con las nuestras.

Déjennos en paz, por favor, las curias cívicas y eclesiásticas. Déjennos caminar con nuestros errores a cuestas, disfrutando de la libertad que merecemos. Déjennos pensar libremente, obrar libremente, soñar libremente, y dejen de aturdirnos con mensajes protectores que sólo pretenden usurparnos la poca libertad que nos queda. Déjennos hacer cuanto nos plazca, aunque no sea políticamente correcto ni doctrinalmente acertado, y nosotros les agradeceremos que nos permitan sufrir con resignación el dolor de nuestra independencia de criterio.

Guarden en sus cofres las medidas autoritarias y protectoras de épocas no muy lejanas, dictadas por fueros y catecismos. No intenten imponernos medidas trasnochadas aplicadas por tradicionales padres de familia y déjennos volar tranquilos sobre leyes no naturales y fuegos infernales, pues nos bastamos por nosotros mismos para sobrevivir. Ahórrense consejos sobre lo que debemos ver, oír y entender. Eviten guiarnos por la senda de la virtud cuando nuestra brújula indique sentido opuesto. Rehúyan adoctrinarnos sobre comportamientos sociales legalizados por ustedes y conductas religiosas impuestas por la sotana. Esquiven aconsejarnos sobre lo que a nosotros toca decidir. Eludan vestirnos con babis de colores porque tal hábito no corresponde a nuestra mayoría de edad. No se constituyan en oráculos de sabiduría absoluta porque estarían en la frontera del error. Corten los hilos que han cosido a nuestros brazos y piernas, y dejen de tratarnos como marionetas de su guiñol porque preferimos errar a ser manipulados por manos de solemnes ignorantes reconvertidos en sabios con el salvoconducto de papeletas electorales o mediante inspiración divina falsamente otorgada en las pilas bautismales.

No se olviden que el territorio privado que pretenden gobernar es lugar que sólo a nosotros pertenece, donde tenemos reservado el derecho de admisión.

Y no se preocupen por nuestras preocupaciones y desvelos porque ya estamos nosotros bastante preocupados con sus velatorios por la libertad que pretenden usurparnos.

 

SANSONES CARRASCOS

SANSONES CARRASCOS

SANSONES CARRASCOS

Continúa la Feria Municipal del Libro luciendo en sus casetas magníficos ejemplares donde se cuentan las aventuras del señor Quijano, lo cual da pie a reflexionar sobre los sansones carrascos que juegan a lo que ignoran en muchas latitudes del planeta.

Sabemos que entre los ciudadanos normales abundan los quijotes tanto como escasea el quimérico caballero entre los dirigentes políticos locales, regionales y nacionales, donde hay sobreabundancia de carrascos, aunque no todos tengan grandes los cuerpos, caras redondas, narices achatadas y amplias bocas, como tenía el bachiller de la inmortal obra. En cambio, se parecen mucho a él en su donaire; en su regusto por burlarse de los visionarios; en su aparente talento; y en su natural condición maliciosa.

Asistimos estupefactos a la paradoja de ver como los actuales bachilleres cervantinos homenajean al Quijote, exhibiendo una preocupante y contagiosa enajenación mental transitoria, descubierta solamente por los incontables sanchos que están presentando en los juzgados la denuncia correspondiente, acusando a estos carrascos de faranduleros, porque “donde reina la envidia no puede vivir la virtud”. En el mundo de nuestros vecinos bachilleres, la codicia tiene brillo propio, sin necesidad de pulirla con extraños anticuerpos ni bálsamos de fierabrás, porque basta darles una pequeña mano con algún abrillantador político de cualquier signo.

Mientras esto ocurre, los carrascos mantienen su empeño en derrotar la utopía, disfrazándose para ello con camuflajes muy extravagantes que pretenden despistar a la concurrencia, mientras contemplan asombrados el desfile de oportunistas que sortean la fingida vigilancia de sus cómplices, contando con la íntima colaboración de curas y barberos que expurgan la biblioteca de los sueños y queman los libros causantes de tan hermosa locura.

El final de la historia será el de siempre: el día 22 la realidad vencerá, una vez más, a la utopía, y los nobles altruistas rodarán por el suelo, ante los carrascos que habrán engañado de nuevo a los quijotes, disfrazándose de blanca luna. Con la derrota a la espalda, se incorporará del suelo la cordura cansada de luchar y se hará vulgarmente humana. Tomará cuerpo mortal y recobrará el apellido entre el aplauso funerario de los carrascos que se complacerán por la nueva incorporación muchos a su interminable lista de desertores.

Así seguirá menguando la delgada fila de los que luchan por un mundo más quimérico y feliz. Así se reducirá el escaso grupo de idealistas que van quedando desperdigados por talleres, oficinas, escuelas, sanatorios y audiencias, con la bandera de la fantasía en la mano y su espíritu bombeando ilusión y energía en cada latido del corazón.

El epílogo de esta historia de caballerías nos desvela una inesperada y amarga verdad, al permitirnos comprobar que el loco quijote tenía menos razón que el cuerdo quijano, porque los encantadores, tramposos y perseguidores que denunciaba continuamente el caballero andante, existen de verdad y son reales, venciendo otra vez escondidos bajo los disfraces del bachiller, la sotana del cura y la bata del barbero.

Ellos dejarán en la cabecera doliente de su cama, el billete sin retorno para que nuestro héroe de leyenda emprenda su melancólico viaje final, acompañado por todos los defraudados ante el engaño colectivo al que les han llevado los ambaucadores.

 

PROBLEMAS FATUOS

PROBLEMAS FATUOS

PROBLEMAS FATUOS

De la misma forma que se producen luminiscencias nocturnas originadas por la inflamación de sustancias químicas debidas a la putrefacción de animales y vegetales, llamados fuegos fatuos, también se producen llamaradas espontáneas en la sociedad por la descomposición interna de la política que aplica mecheros donde los políticos echan gasolina, militarizándonos luego a todos con extintores en la mano para apagar esos incendios.

Trajes nunca pagados, enchufismos en las Juntas, reclinaciones de presidentes, declaraciones inoportunas, negativas a comisiones, sentencias judiciales, etc., ocupan a los políticos más horas de reloj, desgaste personal y malestar general, del que estos asuntos merecen, precisamente en tiempos de sangre, sudor y lágrimas.

Y no es que esos chispazos carezcan de importancia, no. Pero obedecen a luchas partidistas por conseguir o mantener el poder, que sólo a los interesados beneficia, en vez de  ocuparse en dar de comer a los hambientos que peregrinan por los contenedores, en ofertar empleo a los cinco millones de parados que van con el alma en pena por las calles, en enseñar al que no sabe, para erradicar el millón de analfabetos que tenemos entre nosotros, o en apretarse ellos el holgado cinturón del pluriempleo y los sueldos millonarios, en vez de cinchar a la clase media.

Cuántas veces he hablado de la rara habilidad que tienen los políticos para crear un problema donde no existe y luego pedirnos a todos que vayamos detrás de ellos con la pancarta, coreando las consignas que nos dictan los infiltrados en la manifestación.

El mundo de los políticos profesionales, tiene poco que ver con el mundo real de los ciudadanos. Basta recordar la estupefacción de los comisionados cuando una cacereña de Vallecas les gritó en plenas narices las verdades del barquero. Parecían escuchar a una extraterrestre. Pero no se hagan ilusiones, fue simplemente un espejismo, porque su aterrizaje a la realidad apenas duró el tiempo justo de intervención de esta ciudadana. Enseguida aprovecharon el humo de la conmoción inicial para ascender de nuevo al paraíso de sus intereses personales, donde habitan.

Se va a necesitar mucho papel de lija para borrar las huellas de la decepción provocada por estos dirigentes; mucho papel moneda para compensar tanto desconsuelo; mucho papel de celo para pegar descosidos; y un rollo enorme de papel de estraza para envolver los pesares de quienes estamos sufriendo las consecuencias, viendo a los políticos con la cerilla en la mano dispuestos a provocar un nuevo fuego fatuo, mientras arde a sus espaldas el país.

 

VÁNDALOS

VÁNDALOS

VÁNDALOS

En el quiosco se quejaba airado un ciudadano de que el puñadito de salvajes de turno le hubieran pinchado dos ruedas del coche y destrozado el espejo retrovisor a la puerta de casa, cerca de la “movida”. Locura que convenía mover a una isla desierta, con caníbales incluidos, para que estos maleantes no desentonaran.

“Pintadas” en puertas y fachadas sin gracia alguna, que más parecen garabatos malintencionados para hacer daño gratuito. Gritos, cantos, broncas y peleas que perturban el descanso de quienes lo merecen, unidos con daños a bienes privados y mobiliario público urbano que se han convertido en rutina semanal, cuando la jornada laboral abre las puertas de la jaula y deja en libertad a los vándalos, que campan por sus respetos, sin que las autoridades locales hagan mucho para evitarlo.

Los sábados y domingos a primera hora de la mañana, una parte de la ciudad reproduce el escenario donde se rodaron las más devastadoras escenas que produjo el paso de los cuatro jinetes de la Apocalipsis, la marabunta, las plagas de Egipto y el caballo de Atila, juntos, consiguiendo que los vecinos desarrollen un especial sentido del equilibrio que para sí quisieran muchos funambulistas, sortenado con asco las vomitonas, cascos rotos de botellas, vasos de plástico, huellas de alcohol y basura de contenedores vertida por una recua de humanoides descerebrados que no saben mear lo que beben y tienen que hacer méritos para ser integrados en la manada, dando la nota amarga.

Queda el consuelo de pensar que gran parte de nuestra juventud no es así, ni mucho menos. He pasado toda mi vida entre jóvenes y certifico que la mayoría de ellos responden a un perfil bien distinto. Sólo una minoría forma estructura social de grupoide, aunque sea muy ruidosa, irresponsable, dañina, temeraria e indeseable.

Estos bárbaros tienen una estructura mental tan reducida que no les permite divertirse sin alcoholizar sus venas y atentar contra los bienes ajenos. Muchos de estos patanes de feria son elementos neutros en manos del jefecillo de la banda que gobierna la manada de reses, sin espacio en su frente para dar cabida a una tarjeta de perfil.

Al contrario que los toros de lidia, cuando están aislados muestran la mansedumbre de los cabestros y basta una palmada para que salgan corriendo con el rabo entre las piernas a esconderse como ratas en las alcantarillas. Pero jaleados por la manada y desinhibidos por el alcohol, son capaces de rajar Las Meninas con una navaja, darle un martillazo al David o quemar El Quijote.

Tengo un grave problema intelectual con estos cafres, y es que no los entiendo.  Mi cerebro se bloquea y la lógica común pierde el rumbo en las extensas planicies de sus encefalogramas planos. Tal vez por eso los sufro con desprecio y pido para ellos la exclusión de la sociedad. No puedo entender el daño gratuito, el perjuicio indiscriminado o la lesión caprichosa, porque sólo concibo tanta maldad en mentes enfermas e irracionales.

 

QUIJOTE UNAMUNO

QUIJOTE UNAMUNO

QUIJOTE UNAMUNO

La inauguración de la feria municipal del libro me permite hermanar al caballero manchego con el sentidor vasco, ambos patrimonio de la humanidad, aunque el segundo de ellos este despatrimoniado en su tierra adoptiva.

Impulsa las actuaciones de los quijotes un fondo de bondad compatible solamente con sentimientos de similar nobleza, y singulares puntos de ingenuidad los caracterizan, aderezando su romanticismo con unas gotas de valor, dos cucharadas de generosidad, tres paladas de idealismo y un tren repleto de solidaridad.

La ocupación principal de los quijotes consiste en desfacer entuertos allí donde el agravio asome por la ventana o se deje entrever a través de los visillos. Les basta imaginar el perfil de la injusticia para empuñar su lanza y ayudar a los desfavorecidos o defender a los desventurados, mientras persiguen incansablemente por todos los rincones un amor platónico al que entregarse plenamente y sin reservas.

Vieja idea en odre nuevo que Antonio Machado recogió para retratar a nuestro hombre como  “donquijotesco don Miguel de Unamuno”, que caminaba “jinete de quimérica montura, metiendo espuela de oro a su locura, sin miedo de la lengua que malsina”, dedicado a la obra universal.

A lomos de este empeño he cabalgado durante años tras las huellas de tan noble caballero, proclamando que su vida fue una lucha permanente en defensa de la verdad y la justicia, denunciando la calumnia y la mentira, allá donde tropezó con ellas, para hacer del romántico quijotismo norma de conducta, y despertar las conciencias de todos con la verdad.

Moral de quien fue quijotista – no cervantista – nacido lejos de La Mancha y asentado en la conventual Salamanca, claustro y celda del catedrático andante, desde la cual esgrimió su lanza contra malandrines, gandules, fariseos, mercaderes, defraudadores, negligentes, corruptos, politiqueros, desaprensivos y otras especies de la fauna bípeda racional a quienes no dio tregua ni concedió mínimo espacio entre nosotros.

La verdad por encima de todo, fue su lema. Y así lo dejó escrito con estas palabras: “No me prediques la paz que la tengo miedo. La paz es la sumisión y la mentira. Ya conoces mi divisa: primero la verdad que la paz”. Algo que repitió en varias cartas, escritos y conferencias a lo largo de años, ratificando con firmeza tal convicción.

Quién sino este verdadero Quijote podría ser capaz de renunciar a todos los honores para mantener su independencia de criterio por encima de lo estimado políticamente correcto. ¿Hubiera obtenido el Premio Nobel si traiciona su curiosidad intelectual negándose a ir al dichoso mitin de Falange? ¿Mantendría el rectorado vitalicio y la alcaldía honoraria perpetua si hubiera satisfecho el deseo de los hotros y no su propia conciencia? ¿Habría ocupado un escaño en la Cámara Alta correspondiendo al guiño del ministro, en contra de sus convicciones? ¿Qué recompensas tenían reservadas para él los militares rebeldes si hubiera agachado la cabeza ante los sables golpistas?

Quién sino este Quijote pudo pasarse la vida luchando contra todo y contra todos, contra esto y aquello, contra las injusticias, los abusos, la ignorancia, la incivil guerra, la política, los usurpadores y los electoreros, anteponiendo siempre su lealtad intelectual y honradez personal, para acabar sólo y abandonado en una helada casona, entre el silencio castañeante de los pocos amigos que ahogaban su dolor en lágrimas heladas por el miedo, mientras los falangistas subían al primer piso del número 4 de la calle Bordadores, ajustándose los negros correajes para comprobar que efectivamente había muerto el caballero.