TELEADICCIÓN

TELEADICCIÓN

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El día que el ingeniero físico escoces John Logie Baird puso en marcha el primer televisor, no sabía que tal aparato crearía en muchos ciudadanos adicción semejante a la provocada por los alcaloides tropanos, los opioides, cannabiaceos o hierbas de la tía María, pues su invento cambio hábitos familiares, costumbres ciudadanas, juegos callejeros y lecturas diarias, por tronos reclinables ante el dios de la casa que todo lo inunda con su presencia.

La cosa empezó empezó cuando Logie hizo parpadear en 1924 una Cruz de Malta en las 25 líneas de la pantalla, que después se hicieron marioneta blanquinegra en 625 rayas, más tarde color y finalmente tres dimensiones en plasma, encandilando a seres humano de toda edad, sexo, nacionalidad y condición, algunos de los cuales padecen síndrome de teleadicción severa.

Personas inestables y carentes de iniciativa, sumidas en letargo vital y tedio cotidiano, caracterizadas por una sequedad mental contagiosa y pasividad crónica de espíritu, con tendencia inercial rutinaria y fijación visual a una pantalla sin filtros, pero con propiedades adormecedoras, claramente alienantes, profundamente penetrantes y lamentablemente deformantes, que concluye en el encarcelamiento personal a las imágenes virtuales que entran en los hogares por la ventana televisiva como realidad incuestionable, con fuerza manipuladora singular.

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