WERTIZACIÓN IMPUNE

WERTIZACIÓN IMPUNE

Con pena y tristeza, evoco hoy una página del tardofranquismo, cuando la muerte de Carrero Blanco destituyó de manera fulminante a un payaso disfrazado de rector con la cruz del Opus Dei en la pechera que gobernó el Ministerio de Educación durante unos meses, dislocando el sistema educativo español con decisiones inspiradas en libros de terror, hasta sacar de su descerebrada chistera un calendario “juliano” que provocó las iras del personal, mereciendo una patada en las nalgas que lo envió a la estratosfera, liberándonos a los españoles de sus locuras.

Hoy no valen reprobaciones parlamentarias, ni críticas sociales unánimes sólo defendidas por su tertuliana esposa en diferentes televisiones, ni huelgas de profesores, padres y alumnos. Hoy nada vale contra la wertización que estamos padeciendo por un tertuliano venido a ministro, que pasea su arrogancia sin despeinarse, luciendo una desvergüenza provocativa impropia de un ministro de educación, ante la pasividad de su jefe que guarda un silencio protector hacia su desvalido valido.

Lo detestable de Wert no es que haya recortado las becas, suprimido asignaturas amparándose en textos escolares inexistentes, subido las tasas universitarias, eliminado profesores o reducido presupuestos escolares con disparos vesánicos contra la calidad de la enseñanza, sino la prepotencia que exhibe con sonrisa irónica ante las críticas universales que recibe.

Los ciudadanos no merecemos un ministro semejante, pero menos aún la insultante y provocativa altanería con que pretende justificar sus decisiones, pasándose diariamente por su arco del triunfo el respeto debido a los contribuyentes que pagamos su sueldo, con una chulería merecedora de la misma patada que recibió su predecesor Julio Rodríguez en 1974.

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