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Etiqueta: Yavé

SUPERSTICIONES

SUPERSTICIONES

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Paseaba con unos amigos por la ciudad, sin poner atención en que mis pies iban a pasar bajo una escalera apoyada en la pared, cuando uno de ellos quiso detener mi marcha con una orden más tajante que la recibida por Abraham de Yavé al levantar el cuchillo para sacrificar a su hijo.

No hice caso al “detente” y continué mi camino bajo la escalera sin saber que había atentado contra el dogma de la santísima superstición, al pasar por aquel triángulo que representaba la puerta de entrada al mundo de los espíritus, tranquilizando a mi compañero al mostrarle mi cuerpo sin tara ni mutilación alguna tras pasar por el arco triangular, pero desconfiando que su alma hubiera quedado dolorida viendo sufrir la mía.

No acepto ideologías, supersticiones, cuentos, visiones, profecías o narraciones contrarias a la razón, que atribuyan explicaciones mágicas a fenómenos alejados de la evidencia científica o la cotidiana realidad donde vivo, porque me bastan mis propias convicciones para dar respuesta a las preguntas de la vida y contestar al interrogante de la muerte.

Pero tranquilicé a este amigo diciéndole que cuando rompo un espejo, contrarresto el maleficio sacando una herradura. Si me cruzo con un gato negro, le doy a oler un trébol de cuatro hojas. Al derramar sal, me pongo al revés la ropa interior para alejar malos conjuros. Supero la triscaidecafobia sentándome en la mesa de la última cena. Si alguien abre un paraguas en casa yo derramo vino sobre una pata de conejo. Y para alejar malos espíritus, conjuros, maleficios y beneficios, me inyecto diariamente unas dosis racionales de sentido común y toco madera, llevándome la mano a la cabeza ante las estúpidas supersticiones que andan sueltas por el mundo.

EN MANOS DE LAS «OBRERAS»

EN MANOS DE LAS «OBRERAS»

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Einstein proclamaba a los cuatro vientos que su único mérito intelectual era haber mantenido la curiosidad durante toda su vida, hasta desentrañar el más profundo misterio de la Física. Pero no quedó ahí su afán de curioseo por todo cuanto rodeaba a este sabio, pues don Alberto se ocupó también de curiosear entre los paneles de las colmenas para llegar a la conclusión de que las abejas eran necesarias para la vida.

Es decir, que sin estos antófilos no es posible la existencia y los seres humanos apenas sobreviviríamos cuatro años si desaparecieran las abejas “obreras” de la faz de la tierra, porque tales insectos “amantes de las flores”, son los máximos responsables de la polinización animal.

La cadena natural sigue una secuencia de mortal desenlace para la raza humana, pues sin abejas la polinización no es posible; sin polinización no hay plantas; y sin plantas no hay animales. Es decir, que gracias a esos fabricante de miel y polen que van de de flor en flor, nosotros podemos ir por el mundo.

Pero las cosas pueden complicarse porque nos estamos cargando la reserva de abejas que necesitamos para vivir, a golpe de pesticidas en los campos de frutales, implantando bosques industriales en sustitución de la vegetación natural, realizando cultivos de exportación que homogeneizan la flora, empleando venenos contaminantes y aumentando cosechas con fertilizantes químicos.

El exterminio de abejas que dará al traste con la raza humana, según predijo Einstein, no se debe a un castigo divino, ni a plaga enviada por Yavé o venganza del ángel caído, sino a las acciones humanas que aumentan el cerdito de ahorro de los productores, oxidando las huchas de los consumidores.

ESTADO DE DERECHO

ESTADO DE DERECHO

Un Estado de Derecho se caracteriza por someter todas las acciones políticas, laborales, sociales y personales, a las leyes vigentes, respetando la independencia de los tres poderes del Estado, así como el principio de legalidad y el de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Demasiado hermoso para ser realidad, porque es otra la verdad.

Nadie duda que las leyes sean públicas, estables y defensoras de los derechos ciudadanos. Tampoco puede negarse la legalidad de su aprobación, la honradez con que se administran y su implementación. Lo que no está tan claro es que hayan conseguido plenamente los dignos objetivos que se proponen, a la vista de los resultados obtenidos.

Hay demasiadas vías de agua en las leyes, demasiada ingeniería financiera en las operaciones mercantiles, excesiva ingenuidad en los tribunales de justicia, mucho leguleyo con la toga al hombro, mentiras amañadas para escapar de la justicia, sobrada desvergüenza en los desvergonzados y abundante cemento armado en la cara de los políticos como para que el Estado de Derecho supere al Estado de Corrupción.

A pesar de ello, debemos confiar en los tribunales de justicia y tener con ellos la misma generosidad que Yavé tuvo con Abraham cuando negociaban la salvación de Sodoma, y conformarmos con ver en la cárcel de por vida a diez sinvergüenzas de los que hoy pisan moquetas con el alma corrompida, por muy saneada que tengan su cuenta corriente.

AL HOULA

AL HOULA

A la ciudad de Al Houla le cabe desde el viernes pasado el triste honor de estar incluida en la lista de ciudades malditas, donde la barbarie ha desatado su más abominable crueldad contra indefensos ciudadanos, cuyo único delito es haber nacido en un país tiranizado por sanguinarios al servicio de la sinrazón.

Tanto si la acción salvaje ha sido perpetrada por milicianos de Al Asad como si se trata de grupos terroristas descerebrados, tiene que haber condena perpetua a galeras, sin indulto posible ni redención de pena, para los matarifes que asesinaron a puñaladas y golpes de hacha a hombres, mujeres y 49 niños inocentes,  por mucho que aleguen ante la justicia “obediencia debida”.

Tengo dos amigos sirios de generaciones diferentes, uno médico y el otro estudiante, Raduan y Omar, con el pensamiento de luto, el corazón ensangrentado, los lagrimales secos y el alma suspendida por la incertidumbre de saber si los padres y hermanos que allí quedaron, sobrevivirán a las matanzas.

Hoy quiero estar más que nunca a su lado, rezando en mi descreencia por los familiares que en Siria esperan su turno en la morgue y por todos los vecinos que castañean los dientes de miedo en sus casas, a la espera de ser reducidos a cenizas o descuartizados por armas negras.

Pido irracionalmente a Yavé, Alá o cualquier otra deidad que consuele los espíritus de quienes aún viven, porque para los asesinados la redención es imposible. Y me abrazo solidariamente al dolor de estos dos amigos y de cuantos en la distancia se inclinan cada día hacia la Meca para implorar a un Dios que condena esta locura. Amén.