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Etiqueta: tradición

INTERROGANTES DE MADRUGADA

INTERROGANTES DE MADRUGADA

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La templanza del alba otoñal es buena compañera de reflexiones que abre a los interrogantes las puertas al amanecer, cuando el resplandor del nuevo día alumbra pensamientos y sentimientos que la noche oculta en la almohada del ensueño, mientras el insomnio hace sus travesuras.

¿Por qué creemos lo que creemos con el vano argumento de haberlo recibido por tradición familiar, catequesis escolar o contagio social, sin pruebas de ello ni convicción racional sobre ideas opuestas al común sentido, hasta dar la vida por ellas aunque la experiencia muestre lo contrario a nuestra credulidad?

¿Por qué la reflexión sobre las causas y efectos de algunos hechos fundamentales pasa desapercibida ante nosotros, aunque sean determinantes para nuestra vida, y condicionen el futuro que nos espera?

¿Por qué la eternidad empequeñece la existencia, obstaculiza la razón, niega la paz interior, olvida nuestra procedencia y es patrimonio escatológico, si para nosotros nada hay más allá de la efímera vida?

¿Por qué las emociones anulan la razón, obligándonos a desear vidas futuras a golpes diastólicos de corazones, sin argumentos racionales para renunciar a la búsqueda en el ámbar y en el agua del origen de la vida?

Se trata, amigos, de tomar partido por la duda, jugar racionalmente con el tanteo, negar la credulidad del carbonero, penetrar en el misterio y apostar por la incertidumbre, evitando creencias que nos eviten pensar, sentir, razonar y decidir a partir de la propia experiencia vital de cada cual.

MARTES Y TRECE

MARTES Y TRECE

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Unknown

Si pudiera, hoy me casaría y embarcaría rumbo al estrecho de Magallanes, para convencer a los supersticiosos de que nada ocurre casándose o embarcándose un martes y trece como hoy, porque las supersticiones son creencias absurdas, irracionales y falsas, por mucho que la tradición popular siga imponiéndolas a los ingenuos, con la misma fuerza que las promesas electorales.

A las supersticiones se añaden otros supuestos hechos que mueven la fe de las personas o determinan sus sentimientos, por muy tozuda que sea la realidad mostrada por la historia durante los milenios que la Humanidad lleva caminando en sentido contrario a las increíbles creencias de algunos bienintencionados vecinos.

La evidencia científica y la vida real no bastan para convencer a los supersticiosos del sinsentido y la falta de racionalidad que acompaña a sus credulidades, por mucho que la realidad de los hechos demuestren diariamente lo contrario a sus convicciones, corroborada por la propia historia personal de cada cual.

Pero bueno, como no puedo casarme ni embarcarme, aseguro que hoy romperé un espejo, pasaré debajo de escaleras apoyadas en las paredes, derramaré sal y aceite, invertiré el pan en la mesa, buscaré un gato negro, me reuniré con doce amigos para sumar trece contertulios, abriré un paraguas en mi casa y, si fuera mujer en menstruación, haría mayonesa, regaría las plantas y daría de comer a los animales.

Lo que no haré hoy ni nunca será apagar la vela que tengo encendida a San Pancracio, ni omitiré a “Jesús” en los estornudos, ni dejaré de santiguarme al salir de casa, ni mataré golondrinas, porque estas fueron quienes le quitaron a Jesucristo las espinas de la corona cuando fue crucificado en el Calvario….

CIENCIA Y CREENCIA

CIENCIA Y CREENCIA

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El origen, estado actual y devenir de la Tierra que habitamos no puede predecirse de manera categórica, única y cierta, porque la respuesta que puede darse depende esencialmente de los conocimientos, ideología y creencias de cada cual, como sucede con la muerte y otros aspectos de la existencia humana, desconocidos para nosotros.

Así ocurre, por la dificultad que tenemos para interpretar los hechos debido a al insuficiente conocimiento que atesoramos sobre nuestra procedencia, sobre la realidad que nos envuelve y sobre el futuro que nos espera, haciendo pensar a muchas personas en seres superiores que explican virtualmente todo, y a otros tantos vecinos en realidades científicas objetivas o supuestas interpretaciones por evidenciar.

El colectivo de fieles creyentes en divinidades superiores, creadoras y administradoras de vidas y haciendas, se consuela, gratifica y reconforta con la intervención de poderosos dioses que todo lo explican, desde el subjetivo prisma personal que les lleva a dar crédito a ciertos argumentos que repelen la razón otorgada por el todopoderoso creador, que también concede pasaporte hacia la paradisíaca vida eterna.

En cambio, el grupo de seres racionales descreídos, rechaza aquello que la tradición le presenta como incuestionable, por ser para ellos intelectualmente incomprensible, lógicamente incoherente, ideológicamente desnaturalizado y doctrinalmente contradictorio, dejándose llevar por la ciencia hasta donde esta ha sido capaz de llegar, y absteniéndose de inventar respuestas para lo desconocido que repudien a su razón.

CONSERVADORES

CONSERVADORES

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Cuando deseamos mantener inalterable un alimento, lo ponemos en conserva. Esto se hace envasándolo herméticamente en recipientes de metal o vidrio, a los que se añaden unas sustancias que retrasan su deterioro, llamadas conservantes. Pero no quiero hablar de estos productos, sino de otros conservantes sociales llamados conservadores, – facción más dura del tradicionalismo -que pretenden mantener todo como está, rechazando los cambios con ferocidad de gladiadores romanos.

Los conservadores mantienen las estructuras vigentes, defendiendo obsesivamente los valores tradicionales. Es decir, intentan enlatarnos a todos en el mismo bote donde ellos se aglutinan, privándonos de la aventura de la vida. Les gustaría conservarnos dormidos, en estado de hibernación, sin estimular acicates para una rutinaria existencia, tan monótona y aburrida, como la suya.

Estos inmovilistas presumen de mantener intocable el orden establecido enfrentándose con uñas y dientes a quienes pretenden instituir un nuevo orden, ignorando que nada hay inmutable ni perfecto en esta desordenada vida, que cumple inexorablemente el principio entrópico de llevar a la humanidad hacia el caos más absoluto. A tales sujetos le tiemblan las piernas ante un cambio ideológico, porque socava los cimientos infantiles donde asientan la seguridad eterna en la que pretenden complacerse, sin cuestionar los méritos del equipaje doctrinario que le cargaron a la espalda en su infancia con vocación de eternidad.

Los ideólogos del continuismo y defensores de la parálisis social no distinguen bien lo permanente – que no existe -, de lo mutable, – que es todo -,  y se afanan en estigmatizar a sus descendientes con el bálsamo dogmático de una verdad generacional basada en la tradición más obsoleta. Ello es así porque desconocen el mérito de la aventura vital y no saben que la existencia se justifica precisamente en la novedad que nos depara cada amanecer. Sólo el que sea capaz de saltar por encima del miedo ganará el futuro. Por eso el devenir pertenece a los jóvenes rebeldes y rompedores de esquemas, y no a los timoratos continuistas. Si los grandes hombres de la historia hubieran sido conservadores nunca habrían llegado a ser grandes hombres, el mundo no sería el que es, y estaríamos aún moviéndonos en taparrabos por las cavernas.

Los guardianes de la tradición viven de espaldas a la historia, pensando siempre que algo malo va a suceder si se produce un desorden en la corteza social, porque están más  atentos a las formas convencionales que a la pulpa alimenticia que nos sustenta. Por eso reducen su vocabulario al grito de: ¡¡tradición!!, como hacía el lechero cinematográfico.

El temor a los cambio les produce angustia y un insomnio imposible de aliviar con los mismos somníferos que aletargan sus rancias creencias, oscuros pensamientos y monolíticas ideologías. Por eso vaticinan las mayores catástrofes ante el menor intento renovación. Por eso tienen un miedo incontrolable a lo que pueda suceder mañana. Por eso defienden lo que han heredado. Por eso no cuestionan la verticalidad del horizonte. Por eso vosotros y yo, queridos lectores que conozco, seguimos sin comprender que puedan existir – ¡y hay muchos! –  jóvenes conservadores.