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Etiqueta: soledad

NOCHEMALA

NOCHEMALA

Hagamos público esta Nochebuena nuestro recuerdo a quienes vivirán otra nochemala, sin haber nada para merecerla, por culpa del azar que los trajo a la vida en pobre cuna, o por capricho del injusto destino que embridó su historia personal, encristalándola en espacio de dolor, abandono y soledad.

Apaguemos un minuto las multicolores luces artificiales que iluminan las calles, para ver la penumbra de las velas en los campos de refugiados, enlodados por lluvia mezclada con llanto de los expatriados.

Vaciemos por un minuto los presuntuosos escaparates de superfluo lujo, y pongamos sobre ellos la manta cálida del recuerdo a quienes duermen en portales, bancos municipales, andenes de estaciones o chabolas al descubierto.

Acallemos los mostradores comerciales dominados por la extravagancia del despilfarro, y pongamos sobre ellos el rostro de los sinrostro, enlagrimado de dolor y miedo a la subsistencia más allá del siguiente minuto de su vida.

Silenciemos los altavoces que jalean con zambombas y panderetas villancicos que cantamos un día con quienes se anticiparon a nosotros en el gran viaje, y saquemos de los cajones las fotos en sepia para abrazarlos.

Pongamos sordina a los brindis por la salud, y acerquémonos al silencio opaco de los hospitales donde se apiñan familiares en torno al enfermo cuyas enloquecidas células caminan sin rumbo, poniendo en entredicho su vida.

Demos, finalmente, continuidad a esta noche de fraternidad compartida, que llega a nosotros con billete urgente de vuelta a la inevitable realidad de cada día, sin renunciar a sentar en nuestra vida a quienes no tienen mesa donde sentarse, ni afanes que compartir, ni amigos para estrechar, porque el amor ha pasado de largo por su puerta negándose a habitar entre ellos.

SOLEDAD DE LOS EXPOLÍTICOS

SOLEDAD DE LOS EXPOLÍTICOS

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Los políticos desdiputados por las urnas son frustrados personajes que caminan por la ciudad de un lado para otro, sin rumbo fijo y perdidos. Cruzan la calle una y otra vez, como zombis perdidos en Saturno. Retroceden, dudan y avanzan. Simulan mirar un escaparate hablando con ellos mismos, porque son los únicos que les escuchan. Tropiezan con todo lo que encuentran a su paso, como si estuvieran ciegos, ensimismados y ausentes. Finalmente, se detienen fingiendo haber perdido algo muy apreciado y se ponen a buscarlo por el suelo, sin que los transeúntes les presten mínima atención.

Hartos de buscar el objeto perdido, se incorporan, alzan la cabeza y continúan su marcha como sonámbulos, con la vista perdida en un túnel interminable percibido sólo por ellos, mientras los viandantes pisan las sombras alargadas que dibujan sus cuerpos en la acera.

Viendo así a los políticos ausentes por imperativo democrático, no queda otra cosa que parafrasear al poeta romántico lamentando: ¡Dios mío, qué solos se quedan los expolíticos! ¡Qué solos, qué apartados y qué ignorados! Los mismos ciudadanos que antes les hacían pasillo, ahora caminan indiferentes a su lado sin volver la cabeza, salvo para recordarles con la mirada lo que ahora son. Acostumbrados a recibir cabezadas, son ellos quienes inclinan ahora la testuz buscando por el suelo los privilegios perdidos. Las palmadas en la espada se han tornado palmetazos; y los aplausos, palmas de tango festejando la devolución del toro a los corrales.

Tales expolíticos son apéndices que pasan ya desapercibidos en saraos, festejos, inauguraciones, ceremonias y procesiones. Han sido eliminados de cenas, cócteles, palcos, contrabarreras y balcones, y apenas recordados por los chóferes que les llevaban en coches oficiales de un sitio para otro. Ausentes de la vida, no disfrutan el merecido descanso del guerrero, ni el reconocimiento del sabio, porque su vida pública no merece otra cosa que el mismo olvido de los objetos inservibles que se amontonan en la penumbra de los desvanes, entre polvo, telarañas y roedores.

CUANDO LA SOLEDAD ACAMPA EN EL ALMA

CUANDO LA SOLEDAD ACAMPA EN EL ALMA

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A veces, la soledad clava su estaca en el alma sin previo aviso, dejando sola y a la intemperie la liberación que buscamos en el calendario, cerrando esclusas a la vida y poniendo barreras en el entorno inmediato al que solo accede el otro yo que nos habita, con la falsa certidumbre de estar condenados a la infelicidad.

Pero sabed que es posible la redención buscando entre las sombras recuerdos imprevisibles de felices momentos vividos con espíritu hermanado, en crepúsculos encendidos de Amor y amaneceres liberadores de penumbras pasajeras, sin que la memoria pueda hacer algo para olvidar felices recuerdos, ni borrar el perfil sepia de las fotografías que nos envuelven con irremediable felicidad.

Sucede así por voluntad imperativa de la memoria disolvente de soledades en el espejo, para milagrear sonrisas al silbo de felices evocaciones que transparentan el azogue desterrando pesadillas al olvido, mientras subimos horizonte arriba, llevados de la mano por bienaventuradas historias personales que ahuyentan la soledad.

Es entonces cuando debemos recortar las esquinas del Viento, humedecerlas con puntos de ola y abrir con ellas las ventanas enladrilladas a la esperanza, poniendo tenaz empeño en ver el futuro con ojos alentados por quimeras que en el pasado cristalizaron realidades, a pesar de la incertidumbre impuesta por las negras soledades ya vencidas.

SOLEDAD POST-ELECTORAL

SOLEDAD POST-ELECTORAL

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Pasado el rubicón electoral, vagan por los pasillos de las sedes partidistas y se esconden en los rincones sociales los aspirantes a escaños que han sido rechazados por las urnas, sin encontrar consuelo en las palmadas de ánimo que le dan en la espalda los compañeros afortunados por el recuento de las papeletas.

Estos cadáveres políticos sufren desprecios desconocidos por los muertos naturales, al mantener la sensibilidad que tanto les hace sufrir cuando el teléfono deja de sonar; sus nombres desaparecen de los medios de comunicación; las crónicas de sociedad se olvidan de ellos; y les sobra el vestuario acumulado en el armario durante el tiempo que estuvieron entretelados al sillón.

Tales aspirantes frustrados pierden el poder, pero no la emotividad, por eso les aflige ver que algunos se cambian de acera para no saludarles. Han perdido autoridad, pero mantiene la sensibilidad que les estristece cuando nadie les obedece. Tienen más tiempo libre pero nadie lo comparte con ellos. Carecen de privilegios, pero conservan intactas las fotografías rebeldes al olvido. Han perdido el mando, pero mantiene el deseo de mandar y se enojan cuando no se tienen en cuenta sus opiniones. Pierden influencia, pero recuerdan a quienes beneficiaron, sintiendo el arponazo de la decepción con quienes se olvidan de los favores recibidos. Sufren el drama de la indefinición existencial, porque cuando estuvieron “vivos”, evitaron que se supiera lo “vivos” que eran, y ahora que no “viven” quieren recordar a todos que siguen “vivos”.

Pero algo bueno les queda porque ahora disfrutarán de la paz doméstica, recuperarán amigos, darán nuevo rumbo a su vida y encontrarán refugio en la lealtad de los amigos adolescentes, restauradores de los jirones que las papeletas han dejado en sus vidas, luchando por conseguir el bastón de mando que tuvieron ocasión de acariciar y pasó por delante de su puerta sin detenerse.

LA OQUEDAD DEL ADIÓS

LA OQUEDAD DEL ADIÓS

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Sean definitivas o temporales, las despedidas producen arañazos de profundidad variable y duración indefinida, según que el adiós anticipe un futuro reencuentro o asegure el imposible regreso al lugar de partida, abriendo de par en par las puertas a la desesperanza en la soledad del camino y el insomnio de la almohada.

El adiós imprevisible reseca la garganta, enronquece las palabras y hace tartamudear los latidos del alma. Pero cuando la despedida deja ver anticipadamente su perfil en el horizonte de la vida, el futuro se antoja inalcanzable porque el alejamiento alarga el espacio eternizando el tiempo.

Las predecibles despedidas no evitan desgarros por muy anticipadas que sean las partidas, pues la oquedad del adiós nos ahoga en el vacío de la persona huida, dejándonos quemaduras abiertas, eternas cicatrices, luto enlagrimado, pupilas enrojecidas y entumecida la voz.

Las despedidas, en fin, descubren capilares negros por donde se filtra el dolor desconsolado, pespunteando en la memoria recuerdos felices enturbiados por imposibles resurrecciones, enterrados en el olvido junto a sueños frustrados sin remedio, cubiertos por el vacío de eternas postergaciones hermanadas con el desencuentro.

Dejan los adioses un lamento envenenado con temblores de voces evocadoras de lo que pudo ser y no fue, mientras el adiós injerta estrías polvorientas en las cerraduras, dando la espalda al amor desastillado renacido entre tinieblas, amordazadas por una separación empeñada en sepultar las promesas de permanencia, imponiendo consignas agonizantes en el libro sagrado.

LA HONESTIDAD DE SABINA

LA HONESTIDAD DE SABINA

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Si a Joaquín Sabina le hubiera faltado la honradez profesional que le sobra, nadie se habría enterado del pastorazo Soler que sufrió el pasado sábado día 13 en el Palacio de los Deportes madrileño, sucumbiendo al miedo escénico que le provocaron involuntariamente los diez mil seguidores incondicionales que ocupaban todas las localidades del Barclaycard Center.

Tras cinco años ausente de los escenarios en su segunda patria chica, no era fácil reencontrarse frente a un público con grave síndrome de abstinencia sabiniana, para un poeta-cantante de voz rota y sobreexigente con él mismo por el exceso de responsabilidad que comportaba presentarse en un escenario de la ciudad que todo le ha dado, queriendo devolverle más de lo recibido, sin escatimar entrega y compromiso.

Esa fue la causa, y no otra como pretenden hacernos creer quienes recorren las venas de su cerebro levantando hipotéticas fantasías con polvo blanco, saltándose páginas del calendario, mirando a las barras nocturnas de los bares, viendo fraudes fiscales inexistentes o imaginando desgastes amorosos en alguien enamorado hasta las trancas de «laJime», ángel tutelar que le lleva de la mano a cada concierto para hacer posible el milagro de sus canciones.

Los nervios del veterano principiante multiplicaron la soledad del escenario, siguiendo la estela de todos los seres solitarios que se alojan en sus estrofas, maridados con arpegios que les permiten sobrevivir en medio de una hostilidad inexistente, fruto de la intolerancia personal con posible deficiencias que otros toleran ante el público.

Nadie hubiera sabido la movida que había en el camerino del cantante si la honestidad de Sabina no hubiera estado por encima de fáciles arreglos, hipócritas palabras, finales anticipados y falsas componendas, que habrían evitado los inmerecidos silbidos de una minoría a la que Joaquín disculpó, sin merecimiento de los silbadores.

Tres día después llegó el milagro del Sabina renacido el 23 de agosto de 2001 cuando olvidó ponerse una pierna y Montero se la devolvió en la nube negra que «laJime» disolvió con un soplo de amor, rompiendo el corazón de un hombre de orden que jugó durante dos meses a la ruleta rusa para eternizar diecinueve día y quinientas noches.

Gracias a Sabina por su honradez profesional y generosidad, como tuve ocasión de comprobar aquel lejano 1987 cuando le llevamos a Zurich de la mano de Paco Lucena sin pagarle un duro, para presentar su dulce hotel ante un puñado de personas, con el mismo entusiasmo y entrega que pocos días antes había mostrado antes miles de seguidores que llenaron la plaza de toros de Madrid, como hablé con él mientras comíamos un bocadillo para cenar, junto a los Viceversa.

LA FAMA EN GABO

LA FAMA EN GABO

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Primer bimestre sin Gabo y su afecto se ha multiplicado tras la muerte, como suele ocurrirle a todas las personas, que son evocadas tras la desaparición con un cariño y respeto que no les fueron otorgados por algunos en vida, cuando tuvieron oportunidad de concedérselos y no lo hicieron.

Tuvo Gabo fama entre nosotros mientras empujaba el carro de la vida, levantándose cada mañana sin saber qué iba a ser de él, y por no saberlo lo empujaba con más fuerza persiguiendo la meta que buscaba y despertándose cada día con el miedo en el cuerpo por lo que pudiera sucederle, hasta que llegó el Nobel multiplicando los temores, según testimonio de Plinio Apuleyo.

No se dejó Gabo deslumbrar por la fama anticipada que le llegó en su primera madurez pues había previsto lo sucedido, manteniendo que la fama y el poder caminaban por senderos paralelos, unidos por traviesas de frío aislamiento, inquietante soledad y escaparate público.

Rechazó siempre la fama que estuvo a punto de desbaratarle la vida perturbándole el sentido de la realidad, como el poder hace con los dirigentes del mundo, llevándole a una incomunicación con el entorno superada a base de pisar tierra firme, atándose al mástil de la humildad, el compromiso y la solidaridad con el pueblo.

El riesgo a ensoberbecerse y acomodarse en la torre de marfil cual Simón estilita, le llevó a desaconsejar el éxito a los amigos, para evitar que les sucediera como a los alpinistas que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan tienen que bajar con la mayor dignidad posible.

El desencanto con los micrófonos, portadas de periódicos, autógrafos, flashes y entrevistas le obligó a declarar en 1991 que “si hubiera sabido que esto era así, habría hecho todo lo posible para que mi obra fuera póstuma”, porque “la fama condena a la soledad”.