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BUSCADORES DE PAN Y PAZ

BUSCADORES DE PAN Y PAZ

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Oyendo hablar al megamultimillonario del anaranjado tupé que rige el cono norte de la opulencia, es obligado vacunarse contra la insolidaridad para evitar indeseables contaminaciones, inoculándonos en el alma dosis de fraternidad humana para favorecer las aspiraciones de mejorestar que traen a la espalda quienes huyen de matanzas ordenadas por las manos usurpadoras que firmaron los tratados de paz.

Hacinados en chabolas de plástico y espacios insalubres, aspiran a ser nuestros vecinos tras peregrinar descalzos por la nieve, estrellarse contra muros, colgarse de concertinas o zozobrar en pateras inmigrantes zarandeadas por manotazos salobres sobre la indefensa balsa caucho, huyendo de la muerte y dispuestos a sudar por una patria lejana de la que los vio nacer, en hogares desterrados y con las bocas resecas, tratando de ahuyentar el hambre, con angustia en sus cuerpos y lagrimeantes soledades recordando la tierra de procedencia.

A los inmigrantes y refugiados que pretenden llegar a nosotros desde la hambruna o la pólvora buscando el pan que no pudieron amasar en sus países de origen, debemos acoger como vecinos, sabiendo que su único delito ha sido nacer en áreas de pobreza o de locura fratricida, condenados al abandono por fatal infortunio de la cuna o la codicia, que hace reyes a unos y a otros esclavos de la necesidad, sin merecer unos ni otros la suerte o desgracia que les ha tocado en tan injusto reparto.

SIRIA EN EL CORAZÓN

SIRIA EN EL CORAZÓN

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Me duele Siria en el alma y me late el corazón con indignación alentada por lágrimas de impotencia ante la brutal tragedia que está viviendo su pueblo, mientras los amos de la guerra juegan en los despachos sobre un tablero enrojecido con sangre inocente, al tiempo que un éxodo del terror es engañado y los refugiados no encuentran refugio, peregrinando heridos por concertinas y a la intemperie del pairo de la vida.

Tengo tres amigos sirios, uno médico que lleva entre nosotros cuarenta años aliviando el dolor de los españoles enfermos; otro, dentista, ocupado en mejorar la salud bucal de nuestros vecinos; y el tercero, profesor, empeñado en difundir generosamente su lengua materna entre quienes desean aprenderla, que ha podido traerse a parte de su familia a España, liberándola de la barbarie.

A los tres le brillan los ojos evocando a los familiares que allí se desgarran en una incivil guerra sin comprender nada, porque ante tanta locura no es posible entender las razones de unos y otros, ni aceptar que quienes pueden parar la guerra la prolonguen por razones de interés geopolítico, sin pensar en la aniquilación de tantos inocentes como están dejando injustamente su vida ante la indiferencia de los culpables y la pasividad que quienes pudiendo evitar la tragedia se lamentan cínicamente de ella.

Nada disculpa la salvajada que contemplamos impasibles en las pantallas televisivas, ni hay argumento que justifique el poder ilimitado de la sinrazón, salvo el empeño de la raza humana en demostrar que los más irracionales seres vivos son quienes presumen de lo contario, como evidencia el rastro de sangre que los animales racionales hemos dejado en la historia de la Humanidad, deshumanizada por intereses bastardos que rastrean el poder como reptiles.

MILLONARIOS A COSTA DEL HAMBRE

MILLONARIOS A COSTA DEL HAMBRE

El ser humano cumple una pauta hereditaria de comportamiento, común a toda la especie, que le impulsa instintivamente a sobrevivir. Algo así como un eco ancestral irrenunciable que domina su voluntad, obligándole a satisfacerlo para mantener la vida.

Así es la supervivencia, cuyo timbre de alarma lo da el hambre avisando de la necesidad y exigiéndonos buscar alimento para saciarla, en lugares donde éste se encuentra. Circunstancia aprovechada por los aprovechados para hacerse millonarios a costa del hambre de los demás.

Y no hablo de los 925 millones de personas que no tienen nada que comer y van suplicando mendrugos de pan por las esquinas, buscando restos de comida en los contenedores, arañando raíces en la tierra o hacinándose famélicos en los campos de refugiados.

Me refiero a quienes dependemos de las 500 sociedades multinacionales que controlan el 52,8% del producto mundial bruto, que han visto incrementadas sus arcas intermediando con productos alimenticios básicos, las cuales han aumentado un 30% sus beneficios en el segundo semestre del pasado año, gracias a la especulación de sus empresas, a las cuales no ha llegado la crisis.

Multiplicación de ganancias a costa del hambre de los demás, como lo demuestra el aumento de transacciones especulativas con productos de alimentación básica, cuyo aumento entre los años 2002 y 2008, fue del 500%, inferior al incremento que tiene en la actualidad, en este mundo globalizado.

Todo ello, gracias al dominio de las políticas neoliberales que dirigen el mundo occidental, donde la solidaridad y la ética se han retirado de la escena, y los derechos sociales apenas ocupan un renglón en los libros de contabilidad.