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Etiqueta: púlpito

CAMALEÓNIDES

CAMALEÓNIDES

Los humanos hemos imitado costumbres de animales a lo largo de la historia, pero nunca como ahora se han reproducido actitudes camaleónicas con tanto vigor y fidelidad, por parte de los camaleónides.

Cubrirnos con pieles, golpearnos el pecho implorando el “mea culpa”, guturalizar sonidos y aparearnos al aire libre, son costumbres imitadas que han pasado a segundo plano, desde que los camaleones han tomado posición en jaulas domésticas y terrarios escolares, contaminando de camaleónides los escaños parlamentarios y consejos de administración.

Saurópsidos escamosos que modifican el color de la piel a su antojo para ocultarse, mueven los ojos en todas las direcciones en busca de la presa y alargan con rapidez su pegajosa lengua para cazarla.

De tan pacíficos animalitos, muchos han aprendido a cambiar de chaqueta política según convenga a la cartera. Se han mimetizado en la selva social en busca de carne fresca para alimentarse, nutriendo con ella sus ambiciones de poder y dinero.

Hoy se llama culto a quien mejor oculta el dinero y la miseria moral que le invade. Hoy se dedican vítores y aplausos a culturetas disfrazados de intelectuales. Hoy se venera a predicadores del lenguaje ambiguo, creyendo sus palabras, sin poner atención en los comportamientos que manifiestan y aceptando el falso testimonio de vida que disimulan engolando la voz en púlpitos y tribunas sociales.

Hoy se admira a los usureros condenados en sentencia firme, desviando la vista de su doble contabilidad. Se inclina el tronco ante sujetos que practican doble moral. Se elogian sotanas y capelos de profesionales de la virtud, sin ejemplaridad alguna.

Es hora, pues, de abrir la veda y lanzarnos, ética en mano, a la caza moral de los camaleónides que infestan las Instituciones y las cúpulas sociales.

INMERECIDO HONOR

INMERECIDO HONOR

Que nadie vea falsa modestia en mis palabras, pero considero un inmerecido honor haber ocupado ayer la cátedra del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, para dar una conferencia sobre la vida académica de Unamuno.

Cuando subía al púlpito de este templo de la sabiduría no sabía si flotaba o temblaba. Mientras hablaba, ignoro si deletreaba o tartamudeaba. Y cuando un cerrado y generoso aplauso me llevaba en volandas escaleras abajo de la cátedra, no sabía si bajaba o rodaba.

Ocupar la tribuna por la que han pasado los más grandes eruditos de la historia universitaria, es un privilegio al alcance de unos pocos favorecidos entre los que me encuentro, a pesar de no tener los méritos acreditados por quienes me precedieron en el estrado.

Hablar desde el mismo lugar que Miguel de Unamuno dirigió su inmortal lección inaugural en octubre de 1900 y se despidió de la cátedra en septiembre de 1934, es la recompensa a muchos años de investigación, trabajo y sacrificio, que ayer se vieron compensados.

Mis palabras se mezclaron con imperecederos ecos de sabios maestros, guardados en los tapices que decoran el emblemático salón donde la barbarie venció sin convencer, el día que la sinrazón desterró al silencio al mayor intelectual que ha pasado por las aulas salmantinas, emulando a Fray Luis, Nebrija, Vitoria y Brocense.

Gracias, por ello, al profesor Enrique Cabero que me hizo la invitación en nombre de la Universidad para subir a tan distinguido sitial. Gracias a los que asistieron, por el religioso silencio que guardaron escuchando mis palabras. Y gracias a mi maestro Unamuno por darme la oportunidad de hablar sobre él y agradecerle sus enseñanzas, en ese marco incomparable.