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AUTOCRACIA PARTIDISTA

AUTOCRACIA PARTIDISTA

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La partitocracia consagra el poder absoluto de los líderes políticos, pervirtiendo la democracia al convertir su voluntad en ley suprema que rige los designios de la organización que gobiernan, en la que sus militantes quedan para pegar carteles, buzonear programas, vigilar mesas electorales, sostener pancartas y gritar consignas en las manifestaciones.

Pero son los propios afiliados quienes promueven y consolidan el autoritarismo dentro de los partidos, cumpliendo mandatos contrarios a su conciencia, canonizando políticamente a sus líderes y anulando la voluntad propia, autoimponiéndose como norte de militancia la obediencia ciega a los jefes para mantenerse en la fotografía o salir en futuros carteles electorales. Mínimo ideario y máximo anhelo que consolida el poder absoluto de los grandes cortijeros del partido y su infalibilidad.

Esta identificación de poder, autoridad y dominio con posesión de la verdad absoluta, excluye toda discusión y alienta la sumisión incondicional de los subordinados a la voluntad patriarcal de los rectores, acallándose con sanciones y defenestraciones las tímidas voces divergentes, entre el silencio resignado de la mayoría que sigue la voz de sus amos.

Es la partitocracia responsable de la disciplina de voto y motivo del encumbramiento y ascenso de los déspotas a los altares partidistas, al ser estos quienes designan en bloque compacto a sus representantes para ser elegidos en pack indiviso por los votantes, en una democracia representativa, no del pueblo y los ciudadanos, sino de los partidos.

Una vez ocupada la peana por los mandamases, sólo tienen cabida las reverencias de los fieles y las genuflexiones de los devotos, pues los santos patronos otorgan favores a quienes se les antoja en función del fervor demostrado por los suplicantes en sus oraciones, sus golpes arrepentidos sobre el pecho, los propósitos de enmienda y las promesas de lealtad hechas por los demandantes al pedir sus favores.

Pero no todo puede ser controlado siempre por los capataces, circunstancia que les desconcierta e irrita sobremanera, cuando se impone a sus deseos la voluntad de personas independientes, alarmando a los sorprendidos reyezuelos de que los emancipados de servidumbres no sigan sus órdenes y se alejen del principio físico de inercia política, cuando la lógica personal delata los sofismas y la ética individual rechaza imposiciones inaceptables, por muy serios, ceremoniales, solemnes y teatrales que se pongan en la tribuna los usurpadores.

YERNÍSIMOS

YERNÍSIMOS

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Aparte de la amistad, el poder y la complicidad que unió los dos últimos Jefes del Estado español, tuvieron otro punto en común que fortaleció sus lazos paterno-filiales, pues tuvieron yernos que les provocaron insomnio y fatigas.

Quebrantos que fueron mayores en el General que en el monarca, porque el dolor causado por el zumarragano a su real suegro no lo sabremos hasta que la historia aclare qué hubo realmente detrás de la fotografía que el deportista iba mostrando a los corruptibles gestores del patrimonio común.

No estaba previsto que ambos mandatarios compartieran los quebraderos de cabeza causados por los desaprensivos yernos, ya que el marido de Carmencita nada tuvo que envidiar al esposo de Cristina, ni siquiera en el título nobiliario, pues si el cirujano fue marqués, el jugador de balonmano llegó a duque.

Prepotentes, cínicos, estafadores y abusones, los yernísimos camparon por sus respetos en las Instituciones y despachos sin miramiento alguno al pueblo que dirigían sus suegros, con un desprecio a los súbditos impropio de aristócratas convictos y creyentes que se comían los santos por la peana.

Lo penoso de estos ciudadanos, venidos a más por sus obras en el lecho marital, gracias del altar y por patronazgo de los respectivos jefes, es que ambos fueron codiciosos, falsos como billetes de dos euros, estafadores, ambiciosas braguetas y desobedientes a los suegros, porque el de Villaverde y el de Palma abusaron del poder otorgado por el fajín y la corona más allá de lo autorizado en el Pardo y la Zarzuela.

INVERSIÓN DEL MIEDO

INVERSIÓN DEL MIEDO

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La crisis que azota a los ciudadanos de las clases media y baja está siendo una buena escuela de aprendizaje conductual en el ámbito socioeconómico, con inversión radical de comportamientos entre la clase dominante y la inmensa mayoría de ciudadanos dominados por los dominadores.

La historia universal refleja claramente que los poderosos nunca hicieron gratuitamente concesiones a los plebeyos, sino que el pueblo tuvo que luchar para conseguirlas, en algunos casos derramando sangre propia y cortando cabezas rectoras, estafadoras, explotadoras y abusadoras.

La clave estuvo en sembrar incertidumbre de futuro en los mandamases con el fin de paralizar todas las acciones de los patronos tendentes al abuso de privilegios, dominio de voluntades ajenas  y desprecio sistemático de los derechos humanos.

Las revoluciones populares acabaron con el absolutismo, liberaron a los esclavos de sus cadenas, hicieron posible la democracia, conquistaron derechos laborales, y lo que es más importante, inocularon el miedo en el alma de la clase dominante.

Hoy se ha invertido la situación y el miedo se ha hospedado en casa de los pobres que soportan resignadamente los azotes de la privilegiada clase dominante, sabedora de la impunidad que le otorgan las rendijas legales, la protección que reciben de las fuerzas de seguridad que paga el pueblo y la caterva de cómplices que gobiernan para ellos, se benefician de ellos y forman parte de ellos.

VIGENCIA DE ESCLAVITUD

VIGENCIA DE ESCLAVITUD

La esclavitud es el degradante estado de sujeción abusiva que sufren muchas personas al carecer de libertades, por estar sometidas al dominio de los “propietarios”, insaciables en su desmedida ambición por obtener máximos servicios con el mínimo esfuerzo, a costa del sudor y sacrificio de los esclavos que les sirven, ante el silencio y complicidad de una sociedad que mira para otro lado.

Antiguamente la alternativa a la muerte era para muchas personas la esclavitud. Vil chantaje que hacían los amos a prisioneros de guerra, deudores o hambrientos. Hoy no hay prisioneros de guerra entre nosotros, pero sobran deudores estafados, ciudadanos hambrientos buscando restos de comida en los contenedores de basura y desempleados a la espera de abandonar las listas de paro para incorporarse a la esclavitud de patrones sin escrúpulos que buscan esclavos en las bolsas de miseria.

El cinismo mundial llega al extremo de pregonar la abolición de la esclavitud, sabiendo que veintisiete millones de hombres, mujeres y niños la padecen y sufren como esclavos en los cinco continentes, generando unos beneficios a sus dueños superiores a los diez mil millones de euros.

Pero no es preciso visitar los hornos de ladrillos en India y Nepal; ni acercarse al Himalaya para ver a los niños acarrear piedras sobre las espaldas, más pesadas que su cuerpo; ni pasear por lo prostíbulos de Kathmandú donde el tráfico sexual enrojece el alma de vergüenza; ni viajar a Ghana para ver a jóvenes ahogarse en lagos pescando jornadas enteras para los explotadores. Nada de esto hace falta, porque la esclavitud está entre nosotros, disfrazada con leyes y derechos escamoteados a los trabajadores por el temor de estos al despido.

Ayer supe, por ejemplo, que Felipe debe hacer interminables jornadas de trabajo muy superiores a su horario laboral, sufriendo trato degradante del jefe y realizando tareas que nada tienen que ver con el oficio para el que fue contratado. Y que Alicia se afana como “doméstica” aceptando resignadamente la explotación a que es sometida por los “señores”, sin descanso en toda la jornada, debiendo trabajar ocho horas más de las tres matinales acordadas, con obligación de realizar tareas que nada tienen que ver con la limpieza de la casa, según el compromiso verbal firmado con los “amos”.

PERCEPCIONES

PERCEPCIONES

PERCEPCIONES

Desde hace más tiempo del preciso,  reciben los sentidos  imágenes y sensaciones extrañas que impresionan retinas, tímpanos y dendritas, dejándonos el amargo sabor de la decepción, la contrariedad de la frustración, la impotencia de la derrota y el convencimiento de la inevitable ruina social, porque las pancartas han sustituido a la rebeldía, y la resignación se ha hospedado en los corazones heridos, ahogando toda capacidad de respuesta.

Ver a patrones subidos a lomos de sus obreros fustigándoles los ijares obliga a pensar que los capelos han modificado a gusto de los jinetes la doctrina, decretando que el mandato evangélico de amarnos los unos a los otros se haga realidad amándonos los unos sobre los otros.

Comprobar la categórica respuesta de los tribunales de justicia con quienes han hurtado un lapicero, contrasta con la indulgencia mantenida por las togas con políticos y corruptos que se protegen con guantes blancos para ocultar sus podridas manos por la ambición, como sepulcros blanqueados condenados al desprecio en el libro sagrado.

Observar los privilegios, ingresos económicos, dietas y jubilaciones de los políticos – muchos de ellos sin titulación, méritos, ni capacidad -, representa un insulto a la inteligencia de los que pagamos tales prebendas con nuestros impuestos; una afrenta a los trabajadores que sudan para ellos; una burla para los desempleados que se muerden los puños de impotencia; una ofensa para la democracia que pervierten; y un agravio al sentido común, que exige una llamada al voto en blanco, a la quema de fueros inmerecidos y a las barricadas electorales.

Quienes mantienen la sartén por el mango y el mango también autorizan la protesta civilizada, dentro del orden establecido por ellos y sin permitir que la violencia deslinde el marco legal dictado por su dedo índice.  Pero ha llegado el tiempo de dar un paso hacia delante, conculcando normas que sólo a ellos benefician.

Mi querido Benito, buen amigo adolescente en el Infanta, me ayuda a cerrar la carta de hoy con las palabras que me ha enviado, escritas por Ayn Rand en 1950, premonitorias de la que se nos viene encima:

“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican, no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias mas que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”