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Etiqueta: pandereta

NOCHEMALA

NOCHEMALA

Hagamos público esta Nochebuena nuestro recuerdo a quienes vivirán otra nochemala, sin haber nada para merecerla, por culpa del azar que los trajo a la vida en pobre cuna, o por capricho del injusto destino que embridó su historia personal, encristalándola en espacio de dolor, abandono y soledad.

Apaguemos un minuto las multicolores luces artificiales que iluminan las calles, para ver la penumbra de las velas en los campos de refugiados, enlodados por lluvia mezclada con llanto de los expatriados.

Vaciemos por un minuto los presuntuosos escaparates de superfluo lujo, y pongamos sobre ellos la manta cálida del recuerdo a quienes duermen en portales, bancos municipales, andenes de estaciones o chabolas al descubierto.

Acallemos los mostradores comerciales dominados por la extravagancia del despilfarro, y pongamos sobre ellos el rostro de los sinrostro, enlagrimado de dolor y miedo a la subsistencia más allá del siguiente minuto de su vida.

Silenciemos los altavoces que jalean con zambombas y panderetas villancicos que cantamos un día con quienes se anticiparon a nosotros en el gran viaje, y saquemos de los cajones las fotos en sepia para abrazarlos.

Pongamos sordina a los brindis por la salud, y acerquémonos al silencio opaco de los hospitales donde se apiñan familiares en torno al enfermo cuyas enloquecidas células caminan sin rumbo, poniendo en entredicho su vida.

Demos, finalmente, continuidad a esta noche de fraternidad compartida, que llega a nosotros con billete urgente de vuelta a la inevitable realidad de cada día, sin renunciar a sentar en nuestra vida a quienes no tienen mesa donde sentarse, ni afanes que compartir, ni amigos para estrechar, porque el amor ha pasado de largo por su puerta negándose a habitar entre ellos.

NUEVO LIDERAZGO

NUEVO LIDERAZGO

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En España seguimos siendo diferentes al resto de los países europeos, como proclamaba el eslogan publicitario del franquismo abanderado por el ministro Fraga con objeto de atraer turistas a nuestras playas, advirtiéndoselo al mundo con lo de “Spain is different”, porque verdaderamente en nada nos parecíamos a los países europeos.

Pasado medio siglo, mantenemos liderazgos europeos que nos diferencias de nuestros vecinos, pues los aventajamos en espacios socioeconómicos donde los mejores países ocupan los vagones de cola en el tren europeo del que somos locomotora, según palabras de quienes nos han puesto a la cabeza de los aspectos más detestables.

Lideramos la cifra de parados, somos los primeros en corrupción política, vamos a la cabeza del despilfarro institucional y batimos el record en impunidad judicial, pero desde ayer ocupamos un nuevo primer puesto, gozando el desacreditado deshonroso deshonor de ser el primer país europeo en tener una persona afectada por el virus ébola.

Pero que nadie se alarme, porque nos ha dicho la ministra que no hay riesgo alguno de contagio, como nos aseguró ella misma cuando ingresaron los misioneros en el hospital La Paz-Carlos III, por lo que debemos estar tranquilos después de oír las vergonzosas explicaciones de la señora Mato, llevándonos a la desconfianza absoluta.

Con el virus en casa, pido a los creyentes que unan sus oraciones a las de Báñez y Fernández pidiendo la protección de las Vírgenes correspondientes; y ruego a los descreídos, que crucen los dedos invocando la suerte para no encontrarse con fluidos corporales de la mujer afectada o de los posibles infectados por ella, en este país de charanga y pandereta.

NOSTALGIA NAVIDEÑA

NOSTALGIA NAVIDEÑA

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La felicitación de un amigo ha conmovido mi ánimo, equipando la nostalgia con botas de tachuelas y pantalones bombachos, cuando en la madurez de mi descreencia ya estaba apolillado el traje de la primera comunión, Papá Noel no había nacido todavía y el belén ocupaba todo el espacio sin hacerle sitio al árbol de Navidad.

Normalmente, los recuerdos se recuperan de la memoria, pero su entrañable carta me ha permitido recuperar nostalgias adolescentes de la desmemoria, donde habían quedado abandonadas hace tanto tiempo que ni siquiera puedo recordarlo.

Ay, amigos. Mis navidades fueron tan agridulces como las de este amigo, porque el territorio de nuestra adolescencia quedó asolado en la negrura del silencio, y me recuerdo un día como hoy pegado a la radio Invicta junto al abuelo, con un lapicero en la mano con el deseo de anotar el milagroso número que aliviara tanta deuda, cantado con la aguda voz de un niño huérfano también. Pero nunca tuvo la fortuna el detalle de pasar por casa, ni la delicadeza de saludarnos, aunque fuera con una pedrea. Tal vez nuestra bolita nunca estuvo en el bombo, haciendo imposible el milagro a pesar de las oraciones y velas que ponía la abuela junto a la imagen que pasaba de casa en casa dentro de una caja de madera, con olor a cera añeja y beaterío.

Las profesiones mendicantes aporreaban las aldabas domésticas felicitando las pascuas y pidiendo el aguinaldo para reparar las goteras que dejaba el escaso salario. Llamaba a la puerta el cartero, que entregaba las cartas en mano cada día llamando a los vecinos con un silbato. El basurero, que pasaba recogiendo los cubos que dejaban las mujeres en las puertas de las casas para echarlos a un carro tirado por caballerías. Y el entrañable sereno, vigilante nocturno de feliz memoria, que velaba nuestro sueño cantando las horas, mientras abría los portales a los rezagados. En cambio, al guardia urbano había que llevarle las botellas y los dulces a su lugar de trabajo, mientras ordenaba el tráfico en la plaza del Corrillo o Puerta de Zamora, con su casco blanco en la cabeza.

Pelaba el frío entre las rendijas del pasamontañas y los sabañones entumecían los dedos, sin que el brasero de cisco pudiera hacer otra cosa que atufarnos en torno a la camilla, hasta que alguien escarbaba sus brasas para echar una firma al rescoldo que se ocultaba bajo las cenizas, mientras el viento silbaba en las ventanas acompañando las panderetas y villancicos de los niños, que también pedíamos el aguinaldo por las casas.

Todos cantábamos, menos el pollo de corral que apuraba en el gallinero los últimos restos de comida antes de ser ajusticiado, desplumado, guisado y comido en buena noche, compartida con quienes llegaban de lejos, siempre tarde porque los trenes no tenían reloj ni paradero. Recuerdo las interminables horas de espera en la lúgubre cantina de la estación, viendo pasar a los maleteros con su gorra de plato y carretilla, llevando equipajes al autobús de Carita, que iba dejando viajeros por la ciudad.

También entonces, la llegada de otros familiares al refrigerio nocturno alteraba el orden de la casa, la posición de la mesa y la distribución de las sillas, pero no sonaban los teléfonos ni podía felicitarse a los ausentes porque siempre había al otro lado del hilo una operadora dispuesta a recordarnos que nuestra conferencia tenía una demora aproximada de tres horas.

Era inquietante el afanoso trajín de las mujeres durante toda la tarde en torno a la cocina de carbón, hasta que ponían sobre la naftalina de tela, manjares insospechados en los menús domésticos habituales. Y el taco de mazapán junto a las frutas escarchadas y polvorones. ¡Ah!, y los higos secos desposados con las nueces para formar deliciosos camanines, que empujábamos con sidra.

Después, terminaba la vigila navideña con la ceremonial misa en homenaje al gallo, tras escuchar el obligado discurso atiplado y monótono que las ondas entremetían en los hogares, apuntalando la oscilante y temblorosa mano que nos felicitaba con aburrimiento la Navidad y nos deseaba su paz.