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BUROCRACIA

BUROCRACIA

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Debía ser la burocracia una organización regulada por normas y métodos estructurados racionalmente, con división de responsabilidades entre sus miembros, especialización de funciones, sistema jerárquico y relaciones impersonales. Eso debería ser.

Pero la realidad es que la burocracia es un pulpo que atrapa el papeleo con sus tentáculos, condenándolo por tiempo indefinido a la inmovilidad, a causa del excesivo e innecesario papelorio que demanda, la rigidez de las normas que lo ordenan, la celosa inflexibilidad de muchos funcionarios y las interminables formalidades superfluas de obligado cumplimiento, que terminan por exasperar al más moderado, prudente y templado, espíritu de los contribuyentes.

Es la burocracia el desprecio al tiempo ajeno, la indiferencia devastadora, el derribo de la empatía, la impersonalidad desoladora, la rutinaria desgana de los mostradores y el anonimato numérico en antesalas de ventanillas que convierte a las personas en dígitos sin personalidad alguna.

La irracionalidad burocrática lleva a la solicitud de solicitudes, a la demanda de documentos innecesarios, a la exigencia de acreditaciones accesorias, a la reclamación de títulos reiterativos y a la aportación de papeles en instituciones que ya disponen de ellos.

De servidora nuestra, a la que pagamos generosamente su salario, ha pasado a ser señora-ama que dispone sobre la vida de los patronos, diciéndonos qué debemos hacer, cuándo hacerlo y cómo hacerlo, sin desviarnos ni un grado de la ruta, porque seremos enviados al punto de partida.

¿EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS?

¿EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS?

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Todos los viernes a mediodía nos reunimos un grupo de amigos en una taberna para charlar, mientras libamos vino de la Ribera del Duero acompañado de aperitivos. Formamos el grupo: dos inspectores de Hacienda, un mandamás de aduanas, un notario, un abogado, un asesor fiscal, ocasionalmente un constructor y tres jubilados, entre los que me encuentro.

Ayer debatimos si el fin justifica o no los medios empleados para conseguirlo, y quiero extender la discusión a este blog exponiendo los argumentos que defendí ante los amigos, convencido que si los medios empleados no son perversos y el fin es bueno, aquellos pueden y deben ser empleados, invalidándose la categórica frase de que “el fin no justifica los medios”.

La locución contraria procede de un manual de ética del siglo XVII escrito por el jesuita Busenbaum, en el que confirma la licitud de los medios cuando es lícito el fin perseguido. Pero evito el maquiavelismo que subyace en esta idea, rechazando que las guerras justifiquen fin alguno por lícito que éste sea; que el terrorismo sea aceptable por bueno que finja ser el fin que persigue; o que un golpe de Estado merezca el aplauso con el pretendido fin de librar a los ciudadanos de martillazos y golpes de hoz.

Tampoco aceptaría matar a los pobres para acabar con la pobreza, exterminar a los mendigos para erradicar la mendicidad, fumigar a los enfermos terminales para ahorrar dinero o aniquilar a los parados para terminar con los desempleados, siendo lícitos los fines perseguidos.

Por otro lado, no comparto la hipocresía social que acepta sin reparos las adhesiones y conversiones católicas obtenidas bajo la amenaza del infiernos, abusando de la ignorancia ajena, ni justifico las declaraciones de culpabilidad, delaciones y acusaciones obtenidas bajo tortura, ni aceptó la salvaje contaminación ambiental derivada de los medios empleados para el progreso.

Igualmente, hay medios detestables que la sociedad tolera complaciente considerando que el fin pretestado justifica el daño causado, como sucede con las penas capitales o las condenas carcelarias. Incluso, en menor grado, no faltan educadores y padres en las filas del conductismo, que aplican sanciones educativas para lograr conductas socialmente deseables y éticamente correctas en la cultura dominante.

Pero hay medios condenados en un contexto que merecen aprobación en otro, como es el caso del hurto para sobrevivir o la agresión en defensa propia.

Las propias normas, sean éstas cuales fueren, son coactivas y limitantes de la libertad personal, pero son el medio empleado para conseguir un fin, avalando su empleo el valor que las justifica. Así, las normas de convivencia, las de tráfico, las de disciplina, las de comportamiento, están amparadas por el valor de la convivencia, haciendo que el fin justifique los medios empleados, aunque estos sean coercitivos.

¿El fin nunca justifica los medios, como dicen quienes lo dicen?