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NOCHEMALA

NOCHEMALA

Hagamos público esta Nochebuena nuestro recuerdo a quienes vivirán otra nochemala, sin haber nada para merecerla, por culpa del azar que los trajo a la vida en pobre cuna, o por capricho del injusto destino que embridó su historia personal, encristalándola en espacio de dolor, abandono y soledad.

Apaguemos un minuto las multicolores luces artificiales que iluminan las calles, para ver la penumbra de las velas en los campos de refugiados, enlodados por lluvia mezclada con llanto de los expatriados.

Vaciemos por un minuto los presuntuosos escaparates de superfluo lujo, y pongamos sobre ellos la manta cálida del recuerdo a quienes duermen en portales, bancos municipales, andenes de estaciones o chabolas al descubierto.

Acallemos los mostradores comerciales dominados por la extravagancia del despilfarro, y pongamos sobre ellos el rostro de los sinrostro, enlagrimado de dolor y miedo a la subsistencia más allá del siguiente minuto de su vida.

Silenciemos los altavoces que jalean con zambombas y panderetas villancicos que cantamos un día con quienes se anticiparon a nosotros en el gran viaje, y saquemos de los cajones las fotos en sepia para abrazarlos.

Pongamos sordina a los brindis por la salud, y acerquémonos al silencio opaco de los hospitales donde se apiñan familiares en torno al enfermo cuyas enloquecidas células caminan sin rumbo, poniendo en entredicho su vida.

Demos, finalmente, continuidad a esta noche de fraternidad compartida, que llega a nosotros con billete urgente de vuelta a la inevitable realidad de cada día, sin renunciar a sentar en nuestra vida a quienes no tienen mesa donde sentarse, ni afanes que compartir, ni amigos para estrechar, porque el amor ha pasado de largo por su puerta negándose a habitar entre ellos.

NOCHEMALA EN HENARES

NOCHEMALA EN HENARES

Consciente de caer irremediablemente en el tópico navideño de recordar en nochebuena a los que celebrarán una nochemala más sin redención posible de su pobreza, me dejo llevar por mi sincera vocación de solidaridad con todos aquellos que pasarán mala noche, dejando en esta bitácora un recuerdo a quienes esperan el milagro de la imposible resurrección.

Esta noche de fraternidad compartida que llega a nosotros con billete urgente de vuelta a la inevitable realidad de cada día, no renuncio a sentar en mi mesa a todos aquellos que no tienen mesa donde sentarse, y abrazar a los que carecen de amigos para estrechar.

Pero, de forma especial, es mi voluntad compartir esta velada de gozoso encuentro familiar, con los treinta trabajadores sanitarios que pasarán mala noche en el vestíbulo de un hospital acompañados de padres, hermanos y amigos, dando la cara por los demás, hasta que se la partan.

Con estos celebrantes de nochemala, que humedecerán con lágrimas de impotencia el pan ácido de la rebeldía, quiero encerrarme en el Hospital de Henares para rendirles homenaje por los cincuenta días que llevan luchando por la salud de todos nosotros, dejándose la piel por conseguir una quimera que todos compartimos.

CUENTO REAL

CUENTO REAL

Érase un país muy lejano donde vivían sus habitantes  amedrentados por las espuelas de un militar, sin poder decir lo que pensaban ni hacer lo que querían, hasta que el mandamás murió en la cama a causa de tercianas por el desgaste físico de cuarenta años de vigilia, dejando en el nuevo trono real a su hijo político, tras desterrar al padre de éste a las solapas de los libros de texto.

El nuevo rey, más sonriente y campechano que cualquiera de sus vasallos, subió al trono en zapatillas de esparto porque en el monedero apenas tenía tres maravedís sueltos heredados de su tataratarabuelo el “feloncillo”, dos céntimos de su abuelo el “picador” y el anillo dinástico que le robó a su padre el día de la coronación.

Este monarca de sangre azul y camisa nueva, gozó de la ayuda inestimable de un valido mutilado que terminó en la cárcel tras recorrer las monarquías del mundo con una hucha en la mano pidiendo limosnas y oro negro para su señor.

Fue a partir de entonces cuando el “salvador” tuvo los primeros ahorrillos y comenzó a comprarse zapatos sin miramiento con el dinero recaudado, hasta llenar de botas todas las habitaciones de palacio, que usaba para diferentes fines.

Así, se calzaba botas de caucho para cazar osos transilvánicos; de plástico para esquiar; de cuero para montar a caballo; de neopreno  para navegar; y de gore-tex para viajar en moto de noche por las calles de la capital del reino con un casco en la cabeza, rumbo a lo desconocido.

No contento con la botería doméstica que inundaba las estancias palaciegas, quiso el rey comprar otras cosas de menor importancia como coches de lujo y yates afortunados, para lo que necesitó más dinero, mucho más dinero, que fue llegando a las arcas reales en “las cuatro estaciones” a través de quien era conde sin pertenecer a la aristocracia.

Y así, año tras año, el monarca se fue haciendo cada vez más y más rico, sin que los vasallos supieran de su buena fortuna porque las finanzas de palacio no deben conocerse en los patios donde las vecinas cantan coplas, para evitar que tiren agua sobre la ropa sucia tendida en las alfombras.

Tan rico, tan rico se hizo el pobre monarca que consiguió empapelar con billetes todas las rotativas de periódicos y pantallas de televisión, para que nadie supiera lo que sabía todo el mundo.

Pero hete aquí que un buen día su hija casó con un vasallo experto en lanzar balones llenos de aire contra un muñeco, sabiendo que el tirador acabaría lanzando pelotazos llenos de euros a sus cuentas corrientes.

Informado el rey de los lingotazos arrojados por el yerno a distancias kilométricas imposibles de medir con una cinta métrica, decidió sacrificarse por amor al pueblo, guardando silencio durante cinco años sobre ello, para que nadie sufriera ni sospechara de su complicidad, hasta que la mierda salpicó las paredes del palacio, sin darse cuenta que el silencio y la ocultación de hechos delictivos implica complicidad con el  delincuente.