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TONTOS, CIEGOS Y AMNÉSICOS

TONTOS, CIEGOS Y AMNÉSICOS

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Parece confirmarse cada día con más fuerza el rumor que corre por las diferentes cúpulas del poder, afirmando que los ciudadanos somos tontos, ciegos y amnésicos, pretendiendo además que seamos mudos, cojos y mancos, por fuerza de ley establecida a decretazo limpio contra nuestra capacidad de razonar, ver y recordar.

La convicción que tienen los dirigentes en nuestra tontuna crónica, ceguera congénita y endémica desmemoria, está avalada por la torpeza de las mentiras con que pretenden engañarnos, y la opacidad con que disfrazan la transparencia, sustituyendo todos los cristales institucionales por gruesos muros de hormigón, semejante a la cara de cemento que exhiben los ocultadores.

La falta de entendederas que nos atribuyen para ser incapaces de comprender lo incomprensible, nos faculta para ver claramente sus intenciones bajo las pieles de cordero que cubren sus cuerpos y recordar todo aquello que con nosotros hicieron, cuando tuvieron oportunidad hacer lo contrario de lo que hicieron.

Nuestra discapacidad mental ha sido diagnosticada por los embaucadores con gran demagogia, afirmando que las cosas están cambiando aunque los ciudadanos no seamos capaces de percibir los cambios, refiriéndose a mejoras que sólo disfrutan los favorecidos por la quiebra, y no los millones de ciudadanos que están pisando el umbral de la pobreza.

La sorpresa inicial ante las actitudes de algunos líderes políticos del bicolorín parlamentario, comienza a tornarse en espanto sólo justificado por manías obsesivas de poder, desprecio a los gobernados y ausencia de la mínima ética exigible a quienes deciden o han decidido sobre nuestras vidas, en la autocracia que han levantando ambos sobre las ruinas de la soberanía popular.

EL OFICIO DE MENTIR

EL OFICIO DE MENTIR

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Siendo la mentira inseparable compañera de viaje del ser humano en algún tramo del largo camino que en la vida recorremos, es para algunos caminantes vicio habitual ejercido con la inconsciente naturalidad que respiran, haciendo de la mentira, oficio; del cinismo, religión; de la hipocresía, rutina; del engaño, vicio; y del embuste norma.

Mentirosos profesionales por encadenar falsedades, pero también por ocultar información, manipular datos, pervertir argumentos y decir medias verdades que sanciona el refranero español con mayor castigo que sus habituales mentiras.

Manolo Kant, -que decía Carrascosa al referirse a este amigo suyo-, opinaba que la mentira era la mayor violación moral que el ser humano podía cometer contra sí mismo, negándose el filósofo a disculpar todo engaño, por pequeño que este fuera, aunque las mentiras no puedan medirse con un doble decímetro.

Siendo la mendacidad practicada por estos enemigos de la verdad algo detestable, no es posible erradicarla de sus vidas porque siempre encuentran una disculpa justificativa del engaño, en ocasiones para encubrir fechorías, otras veces para consolar a los enfermos, también para ocultar inseguridades personales o evitar sanciones si se supiera la verdad.

No faltan autoexculpaciones de sus trampas afirmando que todos mentimos alguna vez, comparando cínicamente la ocasional paja en ojo ajeno con la permanente viga que tienen en el suyo, aun reconociendo las mentiras que se cuelan de rondón en nuestras vidas para ganar la estimación de los demás, complacer al jefe, proteger a los niños, evitar ofensas, poner excusas, mejorar la imagen, postergar decisiones, fomentar la autoestima, vengar una afrenta, sortear un despido, conseguir un favor, ocultar sentimientos o conseguir objetivos.

No se dan cuenta los embusteros profesionales, que al hacer de la mentira oficio se engañan a ellos mismos sin el menor esfuerzo ni rubor, algo que les genera angustias, inseguridades, temores y vida cautiva, al verse obligados a fingir una personalidad que no les pertenece, habitando en un mundo irreal creado por ellos para sobrevivir en falsos modelos que se han fabricado con sus mentiras.

MENDICIDAD Y MENDACIDAD

MENDICIDAD Y MENDACIDAD

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Conviene distinguir a los mendigos de los mendaces, es decir, a los que piden limosna y solicitan ayuda hasta la humillación, de quienes mienten más que hablan porque temen la verdad, entremezclándose menesterosos y mentirosos cuando un vecino pobre falta a la verdad o un cínico es pobre de solemnidad.

La diferencia entre ambos es que el mendicante lo es por obligación y el mendaz por devoción. No pide limosna la persona necesitada porque en ello encuentre placer, mientras que el embustero engaña para obtener beneficio con sus fulerías, aunque algunas veces reciba el castigo que merece, traducido en el desprecio ajeno.

Mendicidad y mendacidad son estados personales descompensados socialmente por el capricho de una simple vocal que los distingue, haciendo de todos los pordioseros personas marginadas y de algunos mendaces individuos con prestigio social inmerecido y poder sobrado para aumentar a su antojo el número de mendigos con sus mentiras.

RESPETO AL CIUDADANO

RESPETO AL CIUDADANO

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Cuando hablamos de respeto al ciudadano nos referimos al miramiento que meceremos las personas por parte de quienes rigen nuestros destinos, una vez que se ha hecho el recuento de urnas, porque mientras dura la campaña electoral la consideración está garantizado, por la cuenta que le tiene a quienes luego nos pierden el respeto.

Por eso, pedimos a nuestros dirigentes de uno y otro bando, la atención que merecemos, rogándoles menos tomaduras de pelo,  en forma de mentiras, ficticia beligerancia mutua y teatro público que concluye con carcajadas en la barra del bar.

Asistimos a un preocupante crecimiento del apéndice nasal de los políticos que están haciendo de Pinocho un vulgar imitador, por el desproporcionado tamaño que están adquiriendo sus narices, aunque la degeneración de la pituitaria les impida oler el aroma desencantada y el cítrico olor de la indignación popular, harta de soportar descortesías morales y falsificación de hechos, que continúan helando el corazón del pueblo.

Estamos tan cansados de ver volar gaviotas y pétalos de rosa en dirección contraria a la veleta ciudadana, que necesitaríamos verlos planear en otro sentido durante cuatro vidas para creernos sus promesas de redención, porque se trata de una cortina de humo, de un espejismo, de oportunismo ficticio de laboratorio y de política de diseño concebida para seguir ocupando sillones municipales, autonómicos y europeos durante cinco eternidades.

REPRESENTATIVIDAD

REPRESENTATIVIDAD

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De todas las acepciones que tiene la voz “representar”, ponemos atención en la que define este verbo como la acción de sustituir a alguien, hacer sus veces o desempeñar su función en el lugar que corresponda, sea éste institucional o privado. Es así, que lo fundamental de la democracia es la representatividad, es decir, que el pueblo elige a quienes van a representarle y defender sus intereses.

Las urnas dan poder a los elegidos en las votaciones y otorgan legítima representatividad democrática, pero no conceden sabiduría a los elegidos, ni les impermeabilizan contra el error, ni garantizan la representatividad moral que exigen los electores a sus representantes, algo de mayor estima, valor y mérito que la suplantación legal.

Cuando los representantes populares pierden la legitimidad moral, quedan inhabilitados para el ejercicio de la función pública por mucho que apelen al resultado electoral, porque el pueblo no tolera el quebranto de sus intereses amparándose en la legalidad formal de las urnas, si la representatividad moral va por los despachos oficiales con la pata quebrada.

Deben saber los representantes ciudadanos que las papeletas electorales no son el antídoto universal que contrarresta el envenenamiento popular ante la injusticia social, ni el bálsamo de fierabrás que alivia el dolor por la falta de solidaridad, ni es poción mágica que consuela las mentiras institucionales, por mucho que los políticos se empeñen en apelar a la legítima representatividad de las urnas, cuando la representatividad moral ha huido por la gatera.

SOLILOQUIOS EN LA TRIBUNA

SOLILOQUIOS EN LA TRIBUNA

imagesSon tantas las mentiras que han lanzado los políticos desde las tribunas, que las arengas, discursos y mítines se han convertido en soliloquios, donde el sermonero de turno habla para sí mismo porque nadie le escucha, nadie le atiende y nadie le cree, recibiendo el abucheo silencioso del sentido común ciudadano.

Los políticos han gastado las palabras de tanto manosearlas; han puesto trampas al diccionario utilizado eufemismos inadmisibles para la razón humana; y han pervertido el lenguaje con circunloquios sin sentido que emulan con holgura la palabrería de los charlatanes de mercadillo.

Convenía recordar a estos palabreros de las tribunas la advertencia del sabio Alfonso X cuando dice que el mucho hablar envilece las palabras. Algo repetido por Bacon afirmando que la discreción en las palabras vale más que la elocuencia. Y corroborado por el refranero, advirtiendo que quien mucho habla, mucho yerra.

Pero los dirigentes de nuestra sociedad no hacen caso a tales consejos y siguen con sus largos soliloquios en las tribunas desoyendo a Gracián cuando les dice que lo bien dicho se dice presto, sin considerar que no hay razones para alargar aquello que se puede abreviar, porque lo bien dicho no necesita excesos.

Los soliloquiadores insisten en su error de falsear y mentir, creyendo que las palabras se las lleva el viento y que el paso del tiempo formatea la memoria de los ciudadanos, olvidando que sus palabras quedan registradas en la memoria externa de las hemerotecas y los archivos de imágenes, para recordarnos sus falsas promesas, engaños y trampas, aunque la desvergüenza de los falsarios les permita seguir ocupando las tribunas.

CALDERA SOCIAL

CALDERA SOCIAL

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Vivimos tiempos convulsos gobernados por mentiras institucionales, corruptelas impunes, palabras desorbitadas, insultos injustificados, desmedidos agravios y gestos histriónicos, donde los poderosos amordazan las voces críticas, criminalizan a los desahuciados, desprecian a los «preferentistas», detienen a los manifestantes, presionan a los jueces, descalifican a los médicos, condenan a los inmigrantes, abandonan a los enfermos dependientes, subestiman la justicia y postergan a los profesores.

Los amos del país rechazan las reivindicaciones del pueblo y no aceptan que los ciudadanos tengamos derecho a reclamar la devolución de todos los beneficios laborales, sanitarios, judiciales y educativos, conquistados tras largos y cruentos años de lucha, en los que pusimos mucha sangre, excesivo sudor y sobradas lágrimas.

Que nadie pretenda engañarnos con sofismas de tres al cuatro y falacias arrabaleras, porque en este país quienes han vivido por encima de sus posibilidades no han sido los ciudadanos de a pie, sino los estafadores del ladrillo, los explotadores empresariales, los especuladores financieros sin escrúpulos y los políticos cómplices de la ruina, que mantienen intactos sus privilegios.

La voz de un cura católico ha clamado en el desierto de una parroquia marginal, pidiendo la excomunión para todos ellos, mientras los prelados se ajustan las hebillas de los zapatos y levanta amenazante el báculo para dejarlo caer contra la grey católica que pretenda salirse del rebaño, mientras las mitras toman chocolate con churros en casa de los esquilmadores y mantiene en sus arcas la mayor riqueza imaginable.

Las caldera de Pedro Botero donde envían los capelos a los pecadores, se ha transformado en una caldera social, cuya explosión amenaza con ser superior a la de otras revoluciones populares, donde al pueblo no se le dio más alternativa que la lucha armada con hoces y horcas para defender la supervivencia que le habían robado los poderes políticos, aristocráticos y religiosos de la época.