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FELIZ AÑO VIEJO

FELIZ AÑO VIEJO

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No puedo complacerme en el futuro que espera a los que siempre han tenido negro futuro, ni recrearme en la superficialidad del consumismo para desear feliz año a todos, sabiendo que en 1913 las dificultades van a salpicar la desesperanza de muchos con lágrimas de dolor, más caudalosas de las que han golpeado la miseria en 2012, con la insistencia del martillo pilón.

No es pesimismo, amigos, ni propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable. Es, simplemente, pisar tierra firme, lejana de las luces que iluminan las calles, los cotillones de esta noche y los regalos que esperan la madrugada de reyes, poniendo telón de fantasía a la realidad que espera horas después, cuando descubramos que el oro, incienso y mirra, seguirán ocupando todo el año 2013 los zapatos de la casta privilegiada que no precisa redención.

Nunca en mi larga vida he visto peor el futuro de los desfavorecidos; ni más pesada la carga impositiva que va a caer sobre la clase media; ni mayor la sonrisa de los banqueros batiendo records en sueldos millonarios; ni más elevado el incremento de patrimonio de especuladores sin escrúpulos; ni más descarada la actitud de los politiqueros dedicándose a lo suyo con un cinismo que espanta.

Las previsiones para 2013 me impiden desear feliz año a quienes sobreviven al sur de la miseria, porque el nuevo año amenaza con echarlos a rodar por la cuesta de enero abajo, hasta estrellarlos contra la sima económica provocada por un ciclo kárstico lucrativo que ha derrumbado los techos hipotecados sobre las cabezas de los desahuciados, permitiendo la entrada de agua sucia a través de las agrietadas paredes, contaminadas por una especulación salvaje.

Infeliz año 2013 les espera a partir de mañana a los seis millones de parados que harán cola a las puertas de los centros sociales para obtener la caridad de un plato caliente, sin parecido alguno al pote de traidoras lentejas que han recibido los políticos por venderlos al más feroz capitalismo financiero que jamás pudo imaginarse.

Feliz año viejo deseo a indignados, dependientes, parados y desahuciados, sabiendo que la infelicidad llamará a su puerta en el año nuevo que comienza, haciendo mejores los doce meses que hoy pasan a la historia, dispuestos a emular en bondad los que esperan impacientes a tomarse las doce uvas con la tijera en una mano y la guadaña en la otra.

ABUCHEO AL APLAUSO

ABUCHEO AL APLAUSO

Fui crítico en su día con la ministra italiana de Trabajo, censurándole sus lágrimas de cocodrilo el día que saltaron de sus ojos ante las cámaras de televisión al pronunciar la palabra “sacrificio”, mientras anunciaba las medidas de ajuste que había decidido aplicar el Gobierno de Monti, en Consejo de Ministros. Incluso llegué a pedirle que supliera el llanto con la dimisión.

Creo que me equivoqué, después de ver las risas y el entusiasmo con que han aplaudido los congresistas populares, puestos en pie, los duros recortes propuestos por su jefe de filas sin mostrar el mínimo gesto de dolor.

Guardando silencio, los efectos habrían sido los mismos, evitándonos a los ciudadanos el bochornoso espectáculo de ver a nuestros representantes vitorear la ruina que acecha a muchas familias.

Elsa Fornero tuvo al menos el detalle de expresar su dolor, – real o fingido -, antes quienes más iban a sufrir las medidas que anunciaba. Sus lágrimas mostraron la solidaridad, – real o fingida -, con los más desfavorecidos. Sus palabras entrecortadas revelaban una aflicción, – real o fingida -, compartida con el tartamudeo de los vecinos que castañeaban los dientes de temor ante lo que se les venía encima.

Nada de esto vimos ayer en el Congreso, sino todo lo contrario. Por eso, quiero abuchear desde aquí aquellos aplausos, porque evidencian lo que todos sabemos: que a los diputados no les afecta el castigo, porque nadie aplaude quebrantos para él y su familia, por muy justificados que éstos sean.

PASEAR POR SALAMANCA

PASEAR POR SALAMANCA

Lo voy a decir sin reparos, de frente y por derecho: Salamanca es una ciudad hecha para pasear, por mucho que la prisa urbana y los vehículos impulsados por motores de cuatro tiempos se empeñen en demostrar lo contrario.

Caminar por Salamanca es como pasear por las arterias de un museo al aire libre, y no exagero. Deambular por las nostálgicas rúas y plazuelas salmantinas es un privilegio inestimable, no bien disfrutado por aquellos que olvidan el pálido recogimiento de la luz en los chaflanes. Esto hace que algunos no hayan gozado todavía del vagabundeo ocioso entre casonas, palacios, fachadas, blasones, templos y empinaduras, cortejadas por melancólicas farolas de mortecina candela.

Si algún amigo de este blog decide venir a Salamanca yo le esperaré en la puerta del río para llevarle a lomos de callejuelas empedradas por el antiguo casco salmantino, remanso de confidencias y acunaciones serenadas por el lento goteo de lágrimas doradas destiladas por el corazón de la piedra en el crepúsculo.

Hay mucho que compartir en esta isla de paz, con jóvenes enamorados y jubilosos turistas que intercambian tímidamente miradas al cruzar sus pasos por las solitarias rondas que circundan el perímetro inimitable de nuestro recinto universitario. Cobijo de paz, jalonado de vítores y picaresca; entre ropavejeros, nodrizas, libreros, pupilos, cortesanas y prestamistas, que recrean la centenaria tarea machadiana de caminar dialogando junto al otro que llevamos siempre al costado.

Déjadme presumir de semejante desprendimiento y os invito a compartir conmigo el generoso legado de callejas y recodos donde se reconforta el espíritu y ahuyentan los malos pensamientos. Tendidos en el silencio, alcanzaremos modestos nirvanas urbanos impensables en otras latitudes, sin necesidad de perdernos por legendarios parajes, ni participar en cursillos de relajación mental.

Abandonar el alma entre semioscuras callejuelas nocturnas es la única manera de encontrarnos con el milagro de los cinceles en el tapiz pétreo que franquea la entrada al templo plateresco de la sabiduría, de donde fue expulsada la ignorancia hace setenta y seis años por el sumo sacerdote vascocastellano. A partir de ese día, la inteligencia se hizo costumbre en el claustro y se quedó entre nosotros para ofrecer la puerta de entrada a este recinto peatonal que nos brinda, sin intereses ni comisiones, la oportunidad de recogernos en él y caminar sin miedo a convertirnos en estatuas de sal por volver la vista a las túnicas, birretes, mucetas, ceremonias y aulas renacentistas.

Os invito, amigos, a tomar esa salida conmigo para descubrir juntos un mundo de nuevas sensaciones. Y os invito sabiendo que gustáis de escondidas sendas que llevan a espacios retirados, donde sobreviven un sabio fraile agustino, un vasco ilustrado, un gramático andaluz y un dominico jurista, junto a la santa de Ávila. En ese cielo terrenal, el rumor de la piedra funde su alma con la suave caricia de la luz, para redimir al silencio del olvido. Todo descansa en tan mínimo rincón de una ciudad insomne porque, extramuros, nada duerme.

Vagabundear por ese espacio privilegiado es disponerse al asombro, pues su descaro impide al paseante sustraerse al embrujo de este remanso o esquivar su inevitable hechizo. Deambular por sus aceras es descubrir los mensajes que dejaron, a golpe de buril, los canteros sobre la piedra. Caminar sin  rumbo entre sus callejas es aprender lecciones universitarias en la erudición que destila a cada paso la memoria ilustrada de la piedra, con letras y relieves que hablan de nuestra procedencia. Pasear por sus empedradas rúas es preludio de venturosos encuentros inesperados, porque el eco acompasado de las pisadas pone el contrapunto musical que el silencio necesita para ilustrar la vida con el milagro de convertir un simple paseo en un recuerdo inolvidable.

LÁGRIMAS DE COFRADES

LÁGRIMAS DE COFRADES

La bendición del cielo que la lluvia derrama sobre los campos se torna en maldición para los cofrades que no pueden exhibir por las calles las imágenes que adoran, para hacer realidad el dicho de que nunca llueve a gusto de todos. Pero, claro, el Señor debía tener en cuenta la devoción de sus fieles y el deseo de adorar las imágenes que le representan, retrasando unos días esa agua bendita para dejar contentos a todos.

No sé si los cofrades se habrán ocupado de hacer rogativas inversas para contener los chubascos o han confiado en su Cristo más de lo debido, pensando que Él iba a hacer algo sin que nadie se lo pidiera, utilizando su poder infinito y su eterna bondad. Lo cierto es que un año más han rodado desconsoladas lágrimas por las mejillas de costaleros y devotos.

Un ignorante me ha preguntado si en las procesiones se adora la madera, porque en cierta ocasión le contaron que al robar la imagen de la Virgen de la Peña de Francia se hizo otra parecida, y al descubrirse luego en un pozo los restos de la “auténtica”, se introdujeron éstos en la nueva para que la imagen mantuviera el sobrenatural poder de la anterior. No lo sé, respondí.

Pero sí debe saber este inculto, que Salzillo, Juan de Juni, Berruguete o Benlliure basaron sus creaciones en modelos reales de la época y reprodujeron sus rasgos fielmente, con la misma fidelidad que podrían hacerlo hoy los actuales escultores con alguna meretriz, una folclórica o cualquier presidiario. Es el agua bendita que sale de la bola agujereada del hisopo la que produce el milagro de transformar la figura tallada de un ídolo mundano en venerable imagen milagrosa, capaz de enajenar y emocionar a los devotos que mantienen una fe tradicional más estable que la del entrañable lechero del violinista en el tejado.

Pidamos a don Anselmo, el párroco de Churriego, que saque a pasear sus imágenes y eleve rogativas al cielo para que el hombre del tiempo cambie las borrascas por anticiclones con el fin de que sean lágrimas devotas emocionadas de alegría las que viertan los cofrades, y no de dolor y desconsuelo al verse privados de pasear por las calles las imágenes que veneran.

SOLEDAD FINAL

SOLEDAD FINAL

Al rodearme José Antonio con sus palabras en un abrazo solidario, unido al incondicional amor filial a la madre que tantos días humedeció la almohada con lágrimas de viudedad al verlo partir hacia el Infanta, no he tenido más opción que tomar la pluma para verter el sacudimiento interno que su recuerdo puso en la orfandad que compartimos, aunque jamás paseáramos juntos por el Patio Central.

Con su pregunta ha vibrado la fibra de Ángel y volado el recuerdo de José María a lejanos recuerdos junto al río Henares, haciendo posible el hermanamiento de nobles sentimientos en la pantalla virtual. Gracias por ello a quien propició la ocasión de tal encuentro y me dio la oportunidad de parafrasear los versos del poeta recordando ¡qué solos se quedan los viejos!

La inevitable soledad de la muerte a la que nos enfrentaremos todos en solitario y sin compañía alguna, por muchos que sean los que toman nuestras manos en el andén del último viaje, no justifica el abandono en la sala de espera de la estación de quienes nos han llevado hasta donde ahora estamos.

Abandono en algunos casos familiar y siempre profesional, sin comprensión alguna, en un alarde de despilfarro social y laboral que nadie evita, muy superior al despilfarro de la megalomanía política en obras faraónicas inservibles.

Aparcar en un rincón la experiencia lúcida de quienes han ido abriendo paso a los que hemos ido detrás; despreciar la sabiduría no contenida en libros ni en aulas universitarias; subestimar sabios consejos; postergar maduras opiniones; desdeñar la pericia demostrada, y rechazar la veterana voz ilustrada, son delitos sociales sin posible redención y actitudes que sólo conducen al suicidio moral de una sociedad ciega y sorda por voluntad propia.

Pero más triste es olvidarse de abrazar cada día a quienes todo lo han dado por aquellos que los olvidan. Más ingrato es olvidarse de corresponder a todos los bienes recibidos. Y más doloroso es abandonar a quienes saborean amargamente la soledad, porque los hijos que todo han recibido de ellos le niegan el tiempo que a ellos pertenece y el cariño que merecen.

“¿Tienes padres todavía?”, preguntaba José Antonio a todos sus compañeros en el libro de caras amigas, sin esperar respuesta. Y yo aconsejo a los afortunados que pueden abrazar a sus padres todavía, que no pierdan el tiempo porque su soledad no espera y una vez pasado el rubicón de la vida no cabe el arrepentimiento.

DESIGUAL ESFUERZO

DESIGUAL ESFUERZO

La vida de los humanos es algo así como un gran paréntesis dentro del cual las injustas diferencias existentes entre seres de la misma especie es notoria, significativa y determinante de sus vidas.

A los desafortunados en el reparto, les queda el triste consuelo de que el citado paréntesis se abre y se cierra con dos acontecimientos vitales que a todos iguala, sin diferencia alguna. El nacimiento nos homologa biológicamente a los humanos porque todos nacemos de igual forma. Y la democrática muerte está inventada para igualarnos a todos por la eternidad de eternidades, en un ejemplo de justicia distributiva inimitable por las leyes jurídicas que en vida benefician descaradamente a los poderosos.

Hablar ahora de la influencia concluyente que representa la cuna en la vida de las personas, puede parecer una reflexión ociosa y a destiempo, pero no voy a quedarme con las ganas de hacerlo, porque la cuna hace a unos afortunados y desgraciados a otros, sin que los unos hayan hecho méritos para tener una vida de regalo y los otros deméritos para ir arrastrándose por el suelo durante toda su vida, salvo que hagan un esfuerzo descomunal para salir del túnel por el que no pasaron los favorecidos del azar, puesto que ambos, unos y otros, vinieron de la nada.

Quienes despiertan a la vida desprotegidos de los beneficios que concede a otros el aleatorio privilegio de la cuna, no les queda otra opción que seguir el camino empedrado de sangre, sudor y lágrimas, para alcanzar la meta donde los privilegiados llegan en limusina.

Esto ayuda a comprender que quienes viajan a lomos de los demás se nieguen a llevar en sus espaldas a los otros y pretendan mantenerse a horcajadas sobre los privilegios que han heredado sin esfuerzo alguno.